Siento que actualmente me resultan un bodrio todas las tareas que no tengan que ver con lo artístico.
Si bien tengo un superpoder para transformar lo cotidiano en una escena digna de todo mi entusiasmo, hay cosas que se oponen a eso, como una madera ejerciendo resistencia al paso de la corriente.
La electricidad me parece muy compañera de la magia; las computadoras, ni hablar.
Hace un rato estaba teniendo un pensamiento: ¿cómo habría sido el proceso de composición de una computadora si hubiera dependido de una sola persona? ¿En qué momento la electricidad se convirtió en una pantalla de imágenes cercanas y accesibles al usuario? ¿A quién se le ocurrió eso, si antes no existía en lo absoluto algo similar con lo que relacionarlo?
Hoy en día las personas pueden fantasear con hologramas futuristas que imiten lo que es una computadora, que se manejen con un chip cerebral, cualquier cosa volada que puedan imaginar; pero no es verdaderamente inventivo, porque toda esa idea tiene como base la computadora, es decir, lo conocido. ¿Quién tuvo la idea de la computadora sin tener una como referencia? ¿Puede existir una idea radicalmente nueva si no tenemos ninguna experiencia con la cual compararla?
Lo que puedo imaginar es desear, como ingeniero, algo individual en principio: por ejemplo, poder hablar con alguien que reside a kilómetros de distancia, crear un canal de difusión como este medio por el que les escribo, disponer de un mapa de cualquier parte del mundo. Pero de ahí a convertirlo en una imagen tan moldeable, a considerar posible diseñar una electrónica tan visual, y programar primero el microcontrolador que contenga otro programa que, a su vez, le permita al usuario hacer su propio programa, ya en ejercicio de libre albedrío, para luego venderlo, como puede ser una página web.
O como los parámetros que le modifiqué al CSS de este blog, pero con posibilidad de mayor escala. Como alguien que hizo el Chrome que estoy usando, o la voz narradora del Microsoft Edge que usa Anoncito Burgués para escuchar mis entradas sin leer.
A la vez, esas cosas individuales, ya existentes, escalaron demasiado como para terminar teniendo esta forma física y ser tantas a la vez. Dos latas con un hilo desembocaron, con los años, en lo que es hoy; y a la vez, eso nació de la acción más básica: hablar frente a frente con otra persona.
Siento que me fui de tema, no quería expresar lo raro de creer la utilidad de la computadora sino de en sí que fuera una pantalla y toda la parte electrónica. Un desastre de narrativa que no tengo ganas de corregir, nacido de tantas ideas juntas brotando de mi cabeza a la vez.
En realidad, lo mismo pasa con casi todo lo tecnológico. Siento que lo más cercano a la magia hoy en día es la electrónica y, si bien se estudia, se utiliza, se calcula y se dimensiona, es un fenómeno que demuestra mucho la capacidad de inventiva humana, y tiene muchas posibilidades preciosas, admirables y útiles.
Fuera de esto, y a la vez en sintonía: en las redes sociales, como siempre, me atacan sin ningún fundamento. A mí y al mundo virtual entero. Estoy en la lucha interna sobre si responder o no, porque evidentemente ellos no hubieran descubierto la computadora… si se entiende lo que quiero decir.
Me atacan por haber hecho una extensión de tomacorrientes cerca de un caño de gas, uno quizá a veinte centímetros y el otro más cerca, a unos cinco; pero yo sostengo que quienes instalaron el caño de gas lo pusieron atravesando no solo toda la casa externamente, sino también pasándole por al lado a todos los circuitos del hogar. Incluso, una de las extensiones que realicé tenía como consecuencia alejar más ese tomacorriente del caño de gas, porque esos trabajadores pusieron el codo del caño a unos dos centímetros del tomacorriente original, y el principal objetivo (por pedido de la cliente) era no entorpecer el empujar la heladera más para atrás, ya que quedaba muy sobresaliente. Me atacaron también por eso: dijeron que estuvo muy mal mi accionar, porque la heladera “nunca tiene que ir pegada contra la pared”. ¿Yo qué tengo que ver con cómo mueve la heladera mi cliente? Me pidió una extensión más alta; definitivamente no es una normativa tener un tomacorriente externo a cierta altura detrás de la heladera para impedir que la muevan hacia atrás. ¿Dónde leyeron que las normas IRAM para electricidad domiciliaria indicaban eso? O la propia marca de heladeras, que por algo tienen la rejilla trasera, y sino la harían del doble de extensión pienso yo (o quizá deberían).
Algunos decían: “Tiene que ir a 50 centímetros mínimo del caño de gas por normativa”; otros sostenían: “¡No! A un metro mínimo”; otros juraban que a 30 centímetros. Parecía que en realidad estaban apostando.
Otra gente hacía comentarios despectivos que ni siquiera fundamentaban, porque evidentemente no sabían; solo querían sumarse al ataque, como una manada: “Pasame tu número, así sé a dónde nunca llamar”, “Está todo mal”, “Te recomiendo hacer un cursito de electricidad antes de arrancar…”. En el medio me atacaban, y alguien intentó defenderme en los comentarios; le preguntaron a una señora —que me ha faltado el respeto— a qué se dedicaba, porque su perfil era de pastelería, y ella decía que vendiendo tortas sabía más de electricidad que yo. Pienso que ella debería tener cuidado de jugar a la electricista, que es peligroso andar tocando solo por orgullo.
Y todavía peores, en esta escala humana imaginaria, son las personas que leen eso y, como ven que alguien está atacando, asumen que en verdad estoy comprometiendo la seguridad de alguien de una manera gravísima, escribiendo comentarios del tipo: “No tengo idea de nada de electricidad, pero tenés que escuchar las críticas que te hacen porque es muy peligroso lo que estás haciendo”. En la vida no son malas las sugerencias, pero las críticas sin sustento, casi animales, que solo pretenden dañar, no tienen espacio para ser oídas porque no transmiten información valiosa.
Otra cosa para agregar es que la normativa, de la cual tengo constancia, no siempre es aplicable tal cual la citan. En hogares que ya fueron toqueteados miles de veces, y con años encima, no pueden ser aplicables todas las normas actuales que son más bien para el diseño de instalaciones nuevas. Y además exageran demasiado cuestiones como haber puesto, acomodada contra la pared, una zapatilla. Las zapatillas se venden, están aprobadas por IRAM, y yo solo la dispuse de una manera prolija con cablecanal a la pared, porque la cliente ya usaba esa zapatilla ahí, pero tirada en el piso; y si la sacaba, aún la hubiera usado pero en otro lado. Obviamente tengo más decoro con los trabajos hechos por dentro de la pared, pero las extensiones por fuera son exactamente eso: extensiones, alargues. No pondría un cable bipolar por dentro de la pared, pero eso no significa que no lo puedas usar para otras funcionalidades. No está prohibido; no es un cable que de existir se incendia, ni que represente automáticamente mala calidad. Hay que tener criterio. Esa gente nunca ha trabajado en su vida, de ser por haberlo hecho sabrían las condiciones reales a las que te enfrentás, donde solo tenés que hacer lo mejor posible.
De ahí mi dilema sobre si responder o no: tengo con qué hacerlo, ¿pero conviene o es tirarle perlas a los cerdos?
Otra decía algo como: “Ténganle más piedad, seguro no tiene clientes y estos videos son arreglos a familiares, porque recién está empezando”, muy pasivo-agresivo. Y encima, ¿por qué la gente cree que es lo mismo empezar una cuenta en una red social que empezar a saber o empezar a trabajar?
Como sea, volviendo al caso: hay muchos más comentarios que criticaría, pero así como intento no leerlos, a este punto prefiero omitirlos.
Me harté bastante de esta situación. A veces también los mismos clientes te tratan mal y es algo difícil de manejar. A mí me produce mucha ansiedad y me parece completamente innecesario. Yo soy muy justa y comprensiva con la gente sin necesidad de malos tratos, no soy ninguna estafadora.
Me puse a planificar qué podría hacer para que todo sea más ameno, porque obviamente da igual lo que haga: siempre va a haber una persona que critique, por un motivo o por el otro. Y dentro de las ideas que pensé, la primera fue propuesta por mi hermana Romi: hacer y vender lámparas, como complemento.
Sé que eso no me dejaría mucho capital, pero tiene mucho arte de por medio, y he pensado tantas ideas que sería muy difícil rechazar esa posibilidad. Tengo tantas ganas de hacer lámparas, y pensé cientos de modelos artesanales que, de llevarse a cabo, serían hermosos y originales.
También pensé en ampliarme y, a la vez, limitarme: sumar un servicio de puesta de luces LED profesional, con muchos componentes artísticos, colocando el transformador en una caja de PVC (donde naturalmente reposarían las termomagnéticas individuales) y pintándola con diseños, dibujos o colores lisos; agregando enredaderas, quizá maripositas falsas de tela, y otras cosas que fui imaginando y que me generan entusiasmo. Lo único que no me agrada es que las tiras LED son muy caras y las canaletas también. La gracia del servicio es que quede de una manera en que una persona común no podría instalarlo: prolijo y completamente cubritivo de la superficie; además, bien fijo y sin posibilidad alguna de caerse. Tiene muchísimas diferencias respecto a comprar la tira de cinco metros en el bazar. Que se maneje con el celular, que no ocupe un tomacorriente; hasta podría tener un vúmetro.
Fuera de eso, me dispuse a empezar a rechazar trabajos que no quiera hacer. No quiero dispersarme más; decidí que ahora “electricidad domiciliaria” comprende exactamente eso: extensiones, luces, ventiladores, tomacorrientes, llaves de luz, termomagnéticas, etcétera. No miro más cosas distintas a eso: ni el extractor, ni una heladera, ni un lavarropas, nada ajeno a la electricidad propia del hogar.
Olvidé contarles del señor llamado Martín. Va a ser un personaje recurrente, creo.
Empecé a hablar con un señor que tiene una constructora y necesita electricista. Él es el tipo de jefe que jura que tiene más gente para contratar, pero se delata en la misma frase diciendo que en realidad no la tiene, y afirma que no le gusta mencionarse como jefe; él es un jefe copaaadooo.
Cuando me habló para hacer una entrevista virtual, acordamos para el mismo día a las cinco de la tarde, un viernes. Muchas veces, después de la psicóloga, me junto con Jesús, porque vive a un par de cuadras del consultorio, y generalmente está también su novia, que me cayó excelente desde el principio, y ya le conservo mucho aprecio. Entonces él me preguntó si ese día nos juntábamos también o no, y primero le dije que sí, pero que me iría pronto; luego me di cuenta de que podía hacer la entrevista en su propia casa, sin ruidos incómodos que hicieran eco en la llamada y con un fondo más estético. Le propuse esa idea y aceptó sin problema, así que me dirigí hacia allí.
Di un par de vueltas hasta acomodarme y le dije a Martín que me esperara un minuto. Él me escribía cosas como: “¿Ya estás listo?” y después: “No te veo conectado”.
Al ver el morfema masculino en la primera palabra, creí que se trataba de un error de tipeo o del autocorrector, pero a la segunda ya temí no ser lo que él esperaba y enfrentarme a una situación desagradable. Aun así, me arriesgué.
Se rió levemente en la videollamada y dijo que efectivamente pensaba que yo era hombre; después me habló de un empleado que tenía que era transgénero, pero que no se esforzaba en parecer varón: parecía mujer y se vestía como mujer, con pollera, pelo largo y escote, y que le enfurecía que se confundieran. Me contó que eso generaba tensión en la oficina porque las personas normalmente se confundían. Sinceramente, no me pareció transfóbico; comparto parte del planteo: hay personas trans que quieren establecerse en un género determinado y, al mismo tiempo, desligarse de ciertos códigos asociados a ese género. Si el objetivo fuera no encasillarse, simplemente se vestirían como quisieran y ya; pero cuando se busca reconocimiento dentro de una categoría, también entran en juego sus convenciones. Es un tema complejo.
Para mi sorpresa, no me cortó la llamada ni nada; simplemente seguimos hablando. Me habló de su oficina, de su electricista: amigo suyo, que se atiene a las normas según le conviene, por informalidad del vínculo no comprende a su amigo como su jefe, y no resulta confiable para algunos trabajos porque cancela cuando quiere o se olvida cosas importantes, como cablear alguna parte del mismo trabajo. También me contó de sus proyecciones a futuro.
En un momento fue pensando en voz alta sobre cómo contratarme: si pagarme por trabajo realizado o un sueldo fijo por determinada cantidad de días, independientemente del trabajo que fuera. Me habló de que yo fuera a conocer la oficina y le ofrecí ir inmediatamente al día siguiente, porque luego me iba de vacaciones. Aceptó y quedamos en que estaría ahí a las diez de la mañana, pero después recordé que tenía un turno de control con mi perrita y lo postergué para la una de la tarde.
Ese mismo viernes por la noche, mientras yo cenaba en un restaurante con Mariano, me ofreció ir a hacer un trabajo a una señora que necesitaba arreglar su ventilador, y que de paso, él debía arreglarle una puerta. Él me pidió primero que yo pusiera mi precio: ochenta mil pesos, y sugerí cambiarlo entero, explicando las posibles complicaciones que podíamos tener. Me dijo que siempre le parece mejor cambiar las cosas integralmente para después no tener problemas.
Al día siguiente hice un viaje bastante extenso, con mi ropa de trabajo y mi caja de herramientas cerrada con un alambre para que no se abriera en la vía pública cayéndose todo el contenido en el piso. Llegué puntual a la oficina, y la señora, irrespetuosa como ya se acostumbra a ver en la gente hoy en día, al mediodía se enojó diciendo que la hicimos esperar todo el día, cuando ni siquiera tenía aún el ventilador de techo en su posesión, y habló en ese tono pasivo-agresivo tan característico de cierta edad mal gestionada. La situación, al menos, me sirvió para demostrar compromiso cuando él me recibió y vio que estaba completamente equipada para el trabajo.
Como sea, todo salió bien. Me escribió con el tiempo para otras cosas y me va haciendo consultas, seguimos en contacto seguido pasado ya más de un mes de nuestra reunión, pero se nota que la gente que tiene contratada no es muy responsable y le hace perder trabajos. Yo ahora debería ir a un domicilio con un plomero, pero esa persona nunca volvió a confirmar, y eso traba todo. Sinceramente, ni siquiera creo que la cliente haya esperado: me mandaron un video de su problema y el termotanque estaba tan roto que regaba agua por todos lados, y parte de esa agua caía en el tomacorriente que me correspondía reparar. Pienso que ese trabajo no puede esperar y que yo, en su lugar, ya estaría buscando a alguien que lo resolviera más rápido. Una pena.
Eso también demuestra que entonces mucha gente para contratar no tiene, porque sino Martín lo resolvería con otro plomero.
En estos días estuve repartiendo folletos por las casas; caminé bastante. Esperaba que alguien me llamara, y sucedió, pero el resultado no fue el esperado.
Atendí y se oía una voz anciana del otro lado del teléfono. Cuando respondí, al escuchar mi tono de voz, me preguntó:
—¿Sos la esposa de Nico?
—No, señora, yo soy Nico, de Nicole.
Ella, sin cerrar aún la idea de que una persona llamada “Nicole” pudiera ser electricista, insistió:
—¿Nico el padre de Claudio?
—No, señora.
Y procedió a disculparse, diciendo que se había equivocado de número, porque evidentemente no contemplaba la posibilidad de que yo fuera la del folleto. Fue desilusionante, aunque no devastador.
También, la chica de la controversia del caño de gas y la zapatilla me escribió nuevamente para contratarme otra vez. Me hizo estúpidamente feliz que una clienta me llamara por segunda vez.
Ahora tengo el objetivo de darles souvenirs a mis clientes para que estén más contentos y se sientan tenidos en cuenta; es un detalle que ningún electricista tendría, o yo no lo he visto. Pienso darles un imancito lindo y un peluchito o algo simbólico y tierno. Ya anoté muchas cosas baratas que cumplen ese objetivo y esta chica definitivamente merece ser la primera en recibir ese pequeño detalle.
Algo que me gustó fueron unos peluchitos en forma de banana con carita feliz, aunque vi muchas cosas de este estilo en muchos lugares, muy adorables.
También planificaba rendir materias libres, pero hablé con el profesor y tengo una teoría bastante contundente de que me odia, es el profesor mencionado en entradas anteriores, porque abandoné su materia después de todo el bardeo que me comí, y decidí que quizá no conviene arriesgar el promedio por ese pseudo-pelado resentido... porque si hay algo peor que un pelado es un hombre casi pelado. Pero, a la vez, algo en mí está deseoso de intentarlo.
En caso de que no lo haga, o que en su defecto desapruebe, ya estuve planificando anotarme a la materia con facuamigos para hacerlo más llevadero. Es una materia que ya cursé (y abandoné) dos veces y a la que me anoté para rendir libre una vez, antes de salir volando del aula previo a que pasaran lista o iniciaran el examen, aterrada de desaprobar. Esta sería la 4ta vez que le doy revancha, porque odio esa materia y a los profesores, y si bien al principio iba todo bien después me sucedió una pésima experiencia que me alejó del contacto sano con esa materia, ahora me provoca evadirla.
También me anoté a otra que veo más posible; les estaré comentando, pero no quiero arriesgarme demasiado con finales si no estoy muy segura de ellos.
Con cariño,
Celeste Torres.
¡Es una idea excelente! Te entiendo perfectamente: quieres que Microsoft Edge deje de sonar como un asistente estándar y empiece a sonar como esa persona específica que te gusta cómo narra.
ResponderEliminarLa respuesta corta es: Sí, es posible, pero no es una función que Microsoft Edge permita hacer con un simple botón de "subir audio". Requiere un proceso externo de Clonación de Voz (Voice Cloning).
Aquí te explico cómo funciona el "detrás de escena" y qué opciones tienes: