No sé qué hacer de mí.
Hola, amigos del blog. Me siento vacía. En todo sentido.
Estoy ocupando bastante espacio de mi mente en mi camioneta, pero no sé qué tan acertado sea eso o si simplemente busqué otro método más para evadir la realidad. Amo mi camioneta, aunque a veces me pregunto por qué. Sé que es bueno tener un pasatiempo; siento que va un poco más allá de eso. Siento que es solo un escape para intentar ignorar todo el malestar, las cosas malas, el entorno, el no saber qué hacer, y quizá incluso como un método predilecto para salir de respuestas que mi cerebro no quiere afrontar.
Anteayer fui al supermercado chino de la vuelta de mi casa y, al entrar, amagué a agarrar un canastito de los azules, los que simplemente portan manijas para llevar las cosas cargando. El niño, a quien llamo en la privacidad "el chinito" —sin connotaciones negativas ni raciales—, se encontraba jugando dentro de un carro rojo, de los que tienen rueditas y se llevan por detrás como una maleta.
Me dijo que no agarrara ese, que yo tenía que llevar el rojo porque ese es más difícil. Así que inmediatamente dejé el azul y acepté llevar el que el niño me sugirió, con una sonrisa.
Se pasó de un canasto a otro para permitirme agarrarlo y luego se bajó, a la par que hablábamos.
Le dije que tiene dos rueditas y él me dijo que antes tenían cuatro. Le dije que cuatro eran muchísimas rueditas, y me fue siguiendo por los pasillos muy amistosamente, mientras reseñaba mis compras. Le iba sugiriendo a qué pasillo me dirigiría y él optaba por seguirme y continuar nuestra pequeña charla. Me dijo que le gusta el limón, el jugo de limón, la fruta, las galletitas de limón: todo de limón. El niño limón.
Iba a agarrar unas galletitas y le pregunté cuáles debía elegir. Agarró las 9 de Oro de limón con chocolate, y la verdad es que le acertó con rigurosidad. Esas son buenísimas, así que le hice caso. La verdad es que tuve el pensamiento de comprarlas y compartirle en el mismo local, pero temí que sus padres no quisieran, porque ya era tarde y además porque ellos son los dueños del supermercado: ellos tienen muchas más. Sentí que quizá era inapropiado. Sumado a que, si bien me caen muy bien, no siempre les entiendo del todo sus respuestas.
Me acompañó hasta la caja a pagar e hizo la fila conmigo. Me dijo que le gustaba mi remera y mi pantalón; pero un instante después supe que le dijo lo mismo a otra señora. Todos los hombres son iguales, incluso los hombres chiquitos. Aun así, mi remera era una toda sucia, con dibujitos hechos con esmalte sintético que usé para pintar mi bicicleta, y el pantalón era el que uso para cualquier tarea, porque me da igual lo que le suceda y es muy cómodo. Era evidente que aprendió que halagar a los demás es lindo, porque yo precisamente bien vestida no estaba. Ahí también noté un fenómeno, porque cuando se lo dijo a la señora, ella le respondió que a ella le gustan sus crocs; pero no hace falta que la vida sea halago por halago. A veces es bueno recibirlo y después darlo cuando te nace, o ni siquiera hacerlo. No hace falta buscar inmediatamente lo que más te agrada del otro visualmente y correr a decirlo en el mismo momento. El niño llevaba crocs de pato; yo también casi se las halago anteriormente.
Dados los corazones blancos que tenía dibujados mi remera —porque la bicicleta la pintamos con Mariano y él la llevaba prestada, de ahí que le dibujara corazoncitos y bobadas—, el niño me dijo que le parece que los corazones deberían ser de color negro y que el uso del rojo para los mismos le parece incorrecto.
También me contó —aunque para mí quizá no le dijeron nada— que sus padres le contaron sobre qué era el local antes, y dijo que era mucha "caca" —pero él ahora está obsesionado con decir eso y reírse—. Tuve ganas de contarle de verdad qué había antes: un almacén. La verdad no extraño a la gente del almacén. Recuerdo que eran buena gente, pero no siempre eran muy educados. Una vez compré papas que ellos vendían ya embolsadas por algunos kilos y estaban podridas. Cuando volví a devolverlas, por orden de mis padres, la señora del local se enojó muchísimo conmigo, diciendo que era responsabilidad mía por "elegir mal la bolsa"; como si fuera que tengo yo que creer que venden verduras podridas —porque además, reitero, ya estaban embolsadas, no las elegí yo, aunque como sea no debían vender verduras podridas en primer lugar—. Fue incomodísimo, porque me retaba y hablaba mal mientras buscaba papas en buen estado una a una. La verdad, Luis, el chino, nunca haría eso. Quizá es verdad que había caca antes.
Me dio mucha ternura pensar en todo lo que pasó y que, al recurrir tanto al mismo supermercado, nos vimos todos crecer mutuamente: conozco ese local desde que el niño no existía; luego a su madre embarazada de él; el niño en el cochecito meciéndose; cuando recién emitía sonidos y se sentaba cerca de la entrada con muchos juguetes, que muchos involucraban cosas de vocabulario; cuando jugaba con mi sobrino en cuanto iba a comprar con él y tenía que cuidar que no hiciera un desastre; y ahora, que me acompaña por los pasillos. El otro día vi un gatito por el local, con una cuchita y un rascador hecho de cartón.
De alguna manera, para mí es mi sobrino. Si cierran o lo mandan a China no lo voy a ver más, pero le guardo aprecio.
Aunque últimamente estuve muy nostálgica en general.
De por sí me siento con el corazón bastante averiado, pero me está ocurriendo que se rompe el espacio y el tiempo de a momentos. Las calles que se ven iguales, la casa, los muebles...
Hoy me preparaba el mate y miraba la mesa redonda de la cocina como si me encontrara en cualquier momento, casi pudiendo echarle una mirada al pasado. Si alguien que lee el blog forma parte de mi pasado, seguro sepa exactamente de qué estoy hablando; y si forman parte del pasado virtual y veían mis videos, también. Es exactamente igual a como fue siempre. Incluso las cosas que fueron pintadas fueron pintadas tan vagamente que se deja ver exactamente lo que llevaba antes.
Me hizo sentir bastante mal; vacía, insulsa.
Recién estaba jugando con mis sobrinos. Les intento dar todo el tiempo que quieran, incluso aunque yo no tenga ganas de nada, ni siquiera de jugar. No quiero negarme; por ellos no podría molestarme hacer ese sacrificio. Con el corazón roto y todo, me puse a bailar como el muñequito que tienen; nos pusimos a saltar en la cama todos juntos, como generalmente los adultos no admiten hacer —no puedo creer que ahora yo estoy en la posición de adulto responsable—. El ruido de los tres haciendo lío y riendo llamó la atención de la abuela —mi mamá—, que vino a ver que todo estuviera bien, y busqué un par de juguetes para entretenernos. Por eso también suelen venir a buscarme a mí, porque saben que no les digo que no. Mi sobrina hoy encima se partió la cabeza y la tuvieron que coser, pero ya lo olvidó: "me punieron una curita", me dijo. Le tuvieron que coser la frente, pero casi todos los días le terminan teniendo que coser la frente a alguno de los dos.
Ella hoy me dijo: "tía, te dibujé un corazón porque te amo". Me destrozaste, pequeña niña.
Estas dos últimas escenas aparecen dos veces en dos entradas (esta y la siguiente): es como las prendas de ropa; si las tengo, las debo poder vestir las veces que quiera, y eso hice, porque lo escribí con un solo día de diferencia.
Hace un rato, cuando boludéabamos en la cama, los vi jugar y me sentí bastante mal: me sentí rota. Pensaba en mis hermanas y yo de chicas. Todo el desastre que surgió de eso. Los vi y pensé: "qué bajón ser chico". Qué bajón vivir con locos de mierda —porque sus padres me parecen dos desastres— y tener que esperar tanto. Un poco mi pensamiento fue: "quizá consigo pegarla y que ellos puedan tener un lugar seguro; no como yo toda mi vida, que no tengo un lugar al que ir en cualquier momento cuando todo se va a la mierda", pero bastante desanimada me tiene.
Nunca en la vida volvería años atrás.
Son tiernos los niños y es feo ser niño: atrapante, asfixiante, y solo dependés de qué tan bueno haya sido el azar con vos, tanto con tu entorno como en tu posición económica.
La verdad no ando con ganas de nada.
Con cariño, Celeste Torres.