martes, 17 de marzo de 2026

Instrucciones para preparar un mate

Ivancito me pidió pan con paté, o “panpaté”: abreviatura que le es más sencilla de utilizar para hacer fiesta por dicha comida, que le resulta tan especial.

Le dije que se lo haría y le pregunté si él conocía la tan laboriosa receta; me respondió que sí.

Yo justo estaba en proceso de hacerme el mate, entonces le pregunté amablemente si deseaba preparármelo él.

Me dijo que sí y me preguntó con qué empezar.

Le cedí mi mate color violeta y le verbalicé su primera tarea: vaciarlo. Le dije que, si necesitaba, usara la bombilla. Primero intentó hacerlo sin ella y no le fue bien. Volvió hacia mí diciendo que necesitaba “el coso ese”, y le fue entregado dicho coso.

Estuvo un rato de mucho esfuerzo mientras yo le preparaba el panpaté. Luego se me acercó pidiéndome la siguiente instrucción.

A decir verdad, yo veía en el fondo del mate bastante yerba que quedaba por sacar, pero no quería entorpecer su trabajo ni hacerlo sentir como que no lo había hecho bien; terminé por decidir, rápidamente, que no se taparían todas las cañerías por una única vez de que le entrara un poco de yerba de más.

Le abrí la canilla y le permití continuar. Mientras, yo bajaba el azúcar y la yerba “Unión” de la alacena.

Le dije que pusiera primero la yerba, y eso hizo. El mate quedó lleno por demás, pero tiré un poquito de yerba sin demasiado inconveniente. Luego, que le agregara una cucharita de azúcar.

Él puso la primera cucharita y le dije que ya estaba perfecto, pero siguió agregando otra, y otra, y otra más, y yo no podía más que sugerirle que creía que estaba bien, mas dejándole el camino libre a que creara su primer mate.

En eso vino su madre a buscarlo, porque era su cumpleaños y algunos invitados se estaban yendo. Así que supo que ya no podía echar más azúcar. Entonces dijo:

—Ahora a revolver —muy entusiasmado—, y agarró la bombilla y revolvió el mate antes de irse.

Luego limpié las cosas que se ensuciaron y me di cuenta de que la yerba alcanzó longitudes impensables por fuera de la basura, incluyendo una silla, y el rincón opuesto de la habitación. Fue muy divertido de notar.

Ahora estoy tomando su mate, sin haberle hecho ninguna modificación: está rico, sinceramente muy rico.

Con cariño, Celeste Torres.

sábado, 14 de marzo de 2026

La Odisea de la Cucaracha

Esta madrugada me encontraba leyendo mi novela en voz alta al grabador de voz, con mi micrófono dinámico, para reescucharla después con más distancia. El problema es que terminó teniendo la extensión de un libro corto, con más de noventa páginas; uno de esos que, pese a su delgadez, siguen ostentando con dignidad la palabra libro en el nombre. Una extensión así hace que cada repasada de corrección sea leer lo que podría ser un tercio de un libro común, o la mitad, o uno entero íntegramente: del calibre del libro Lo que no tiene nombre; libro que no me terminó de gustar. La escritora me pareció una pelotuda, pero, a la vez, no pude dejar de leer hasta terminarlo, y hubo frases con las que me identifiqué.

Para sobrellevar el tiempo que aún me faltaba por leer —llevaba veinte minutos e iba recién empezando por el segundo capítulo de catorce— decidí ir a buscarme una cerveza bien fría.

Me levanté, fui a la heladera más cercana y, cuando volví con mi botín, vi algo pequeño y oscuro cruzar la habitación a toda velocidad. Mi gata, Aiden, la perseguía con esa calma que tienen los felinos cuando no tienen verdadero interés, sino solo curiosidad; casi con amabilidad. Casi como si le pidiera permiso para matarla, a la señora cucaracha, que se había comprado una bombacha.

Rápidamente, con el pánico asentándose en mi estómago, saqué a mi perra guardiana, fiel compañera y soldado: Milanesa, de su cucha.

Contaba con que, pese a su tamaño minúsculo —razón por la cual, cuando hablamos, yo la apodo Pulga, porque es chiquita y saltarina— quizá triplicaba el tamaño de la cucaracha, y esa ventaja podría serle útil: si la cucaracha no la devoraba primero a ella.

Necesitaba a mi ejército dispuesto para la guerra.

Acto seguido, me alejé estratégicamente hacia el otro lado de la puerta de la habitación, desde donde podía supervisar las operaciones sin arriesgar mi integridad física ni mi salud mental —como todos los que organizan guerras, que obvio nunca van a pelear ellos, se quedan en la medida que pueden al margen de las masacres que acontecen en dichas disputas—.

La cucaracha se escondió entre mis dos zapatillas, que reposaban al lado de mi cama, en el suelo. Milanesa corría de un lado a otro, meneando la cola con ese entusiasmo desorientado que la caracteriza, y Aiden miraba al bicho con vago estudio. Lo molestó un poco con la pata y este salió disparado hacia la puerta. Aiden lo persiguió un trecho, hasta el umbral, y yo creí que lo echaría: contra mi expectativa, la cucaracha quedó justo en la puerta, de cara a la salida, pero sin terminar de salir.

—¡Ataque! ¡Milanesa, ataque!

Al escuchar su nombre, Milanesa vino corriendo hacia mí, feliz, agitando la cola, sin mirar siquiera en dirección al enemigo.

—¡Aiden, dale, vení!

Aiden se aburrió y se acostó en el piso. Milanesa iba y volvía, y en algún momento parecía que la gata tenía más entusiasmo por jugar con la perra, escondiéndose atrás del par de zapatillas y meneando la cola, con la cabeza gacha, anticipando el salto característico que surge como consecuencia de esta maniobra, antes que cazar a su objetivo real.

¡Y yo no iba a sacar a mi última soldada, Betillín, porque está retirada! Pero empezaba a dudar si no hubiera sido más efectiva, y si no había cometido un error grave de gestión del grupo de guerra al no convocarla. Al tener tres mascotas, ceder una tarea así comenzaba a parecerse a elegir a uno de tus pokémon para una batalla pokémon.

Intenté, con cuidado, hacer que la cucaracha se moviera para despertar el instinto de mi ejército de inútiles. No funcionó ni una cosa ni la otra. Mi temor era demasiado grande para intentarlo con más esmero, porque si arrancaba a correr hacia afuera vendría directamente hacia mí, y eso no podía suceder.

Finalmente me rendí. Mi grupo había desistido de la pelea desde antes de empezar: fui a buscar el veneno.

Se lo tiré y salió corriendo despavorida hacia adentro, hacia mi cuarto, mientras yo corría también, pero en dirección contraria. Aiden quiso retomar la caza, pero, contra toda mi fobia, entré y la agarré: el bicho ya había sido envenenado.

Así fue el fallecimiento de la señora cucaracha.

Con cariño,
Celeste Torres.

martes, 3 de marzo de 2026

Tía, te hice un dibujo

Esta es mi mamá, este es mi papá. Esta es Sofi, tiene sangre y una curita porque se lastimó —ayer se reventó la cabeza y la tuvieron que coser, él estaba muy asustado y se quedó conmigo—. Este soy yo —ayer me pidió a mí que lo dibujara; me dijo que no podía dibujarse a él mismo porque no se podía ver como para plasmarse en el papel—. Este es el abuelo, tiene tetas porque el otro día estaba desnudo —sin remera—, y esta es la abuela.

Acá están las tías —mitad superior de la hoja—. Esta es la tía Dani, la tía Giuli y esta sos vos. Acá está Benja, la tía Laura, Cristian y el abuelo Alberto.

—Ah, lo dibujaste con el andador.

—Sí, con el coso ese para caminar. Acá —arriba de Benja y Laura— están el tío Enzo y Bety. Esta es la abuela Bety y su novio Miguel. Y acá está la tía Marta.

—Pero la dibujaste sola.

—Sí, porque no tiene a nadie. Para que ella vea.


Me da gracia que ordene por sectores en el papel: después tendría que mostrar otro dibujo que hicimos juntos con él.


Mientras escribía la entrada, me fue arrebatado el dibujo, pero lo tendré inmortalizado en el blog.


Ayer, mientras mi sobrina estaba en la guardia, fui con él a comprar medialunas y masilla para la camioneta. Le dije que, según cuánto saliera la masilla, compraríamos medialunas y, cuando mi respuesta fue afirmativa a la merienda esperada, se puso a saltar y hacer fiesta.

En el camino me crucé a un ex alumno universitario llamado Agustín; alto, pelo colorado, y no recordaba su apellido. Por algún motivo me molestaba ese detalle, así que me forcé a recordarlo, a completar la imagen en mi mente de cuando di una clase virtual por Zoom y estaba su nombre y su apellido, que mi cerebro difuminaba.

No lo saludé; me daba vergüenza mi apariencia y, de cualquier manera, me lo había cruzado varias veces. Se ve que vive cerca. Yo tenía puesto un pantalón clarito muy sucio, de haberme sentado en el piso de mi vehículo, que me dejó el culo de la prenda negro, y una remera sucia, acorde, de los Rolling Stones.

Lo vi y sonrió; supongo que me habrá reconocido. Fingí demencia y seguí hablando con el niño que llevaba de la mano, mientras saltaba a la espera de las medialunas. Yo también le prometí una chocolatada.

Cuando llegamos, Sofi también había llegado.

—Me punieron una curita —me dijo con la cabeza recién cosida y un algodón que por encima llevaba una cinta de tela; las de doctor.

Hice la merienda y los niños me preguntaron dónde quería comer yo, porque ellos querían comer conmigo. Les dije que en la cocina y nos quedamos todos ahí.

Luego fui a buscar dos espátulas y una tabla de madera para masillar la camioneta, y ellos vinieron conmigo. Mi sobrina me dijo:

—Tía, te dibujé un corazón porque te amo.

Si serán tiernos.

Le dije a Iván en secreto que mañana era el cumpleaños de la abuela y que le preparemos un dibujo sorpresa; él me dijo que sí y, poco después, quiso que compartiéramos el secreto con Sofi, así que hicimos una ronda en el patio —como los jugadores de fútbol planificando la jugada— y susurramos el plan.

A la noche, él se puso a hacer el dibujo y Sofi —que, como es más chiquita, no sabe guardar un secreto— lo buchoneaba y le decía a la abuela que lo que estaba dibujando Iván era su regalo de cumpleaños. Él se frustraba y comenzaba de nuevo, convergiendo así en que ella otra vez lo delatara.

Vino conmigo muy frustrado, diciendo que tenía que empezar de nuevo, y que al final ese dibujo tendría que ser para mí, porque ella no dejaba de decirle; yo le dije que no importaba, que a la abuela le iba a gustar igual, así que lo continuó.

Aun así, un poco he de admitir que pensaba: ¿cómo le vas a hacer el regalo sorpresa a la abuela enfrente de ella misma y esperar que no lo note?, pero obviamente son chiquitos, sobre todo muy tiernos, y estas situaciones no les parecen incompatibles.

En ese mismo momento, un rato después, me dijo:

—¿Te acordás cuando la tía Dani vivía? —Me dio muchísima gracia, lo dijo como que hubiera muerto: simplemente se mudó.


El otro día también charlaba con Iván y me contó de una pesadilla que tuvo, diciéndome: tía, soñé algo que no te va a gustar nada.

Me narró que a Sofi la perseguía la policía por usar chupete y se le reventó la cabeza: se quedó sin cabeza completamente. Al final del sueño venía una ulancia —como mencionó él— para colocarle una cabeza nueva; un transplante de cabeza. Estaban en taekwondo, el salón donde hacemos, y se despertó antes de que la curen.

Imagino que será a raíz de que ella sea tan kamikaze. Él tiene pesadillas recurrentemente con situaciones violentas y cada dos días viene asustado porque ella se la re dio.


Una vez lo culparon a él y le gritaron mucho; no se lo merecía para nada. Él quiso abrirle la cuna para que salga y así jugar con ella, pero no contó con que ella estaba parada contra la barandilla de madera que él estaba bajando. El resultado fue evidente: se cayó con todo, otra vez no paraba de sangrar y directamente la llevaron a ver si no tenía ninguna fractura en el cráneo.

Cuando llegué a mi casa y lo vi, él fue corriendo a esconderse atrás de las piernas de Giuli porque tenía miedo de que yo lo retara también.



Con cariño, Celeste Torres.

lunes, 2 de marzo de 2026

Nostalgia - 1

No sé qué hacer de mí.

Hola, amigos del blog. Me siento vacía. En todo sentido.

Estoy ocupando bastante espacio de mi mente en mi camioneta, pero no sé qué tan acertado sea eso o si simplemente busqué otro método más para evadir la realidad. Amo mi camioneta, aunque a veces me pregunto por qué. Sé que es bueno tener un pasatiempo; siento que va un poco más allá de eso. Siento que es solo un escape para intentar ignorar todo el malestar, las cosas malas, el entorno, el no saber qué hacer, y quizá incluso como un método predilecto para salir de respuestas que mi cerebro no quiere afrontar.

Anteayer fui al supermercado chino de la vuelta de mi casa y, al entrar, amagué a agarrar un canastito de los azules, los que simplemente portan manijas para llevar las cosas cargando. El niño, a quien llamo en la privacidad "el chinito" —sin connotaciones negativas ni raciales—, se encontraba jugando dentro de un carro rojo, de los que tienen rueditas y se llevan por detrás como una maleta.

Me dijo que no agarrara ese, que yo tenía que llevar el rojo porque ese es más difícil. Así que inmediatamente dejé el azul y acepté llevar el que el niño me sugirió, con una sonrisa.

Se pasó de un canasto a otro para permitirme agarrarlo y luego se bajó, a la par que hablábamos.

Le dije que tiene dos rueditas y él me dijo que antes tenían cuatro. Le dije que cuatro eran muchísimas rueditas, y me fue siguiendo por los pasillos muy amistosamente, mientras reseñaba mis compras. Le iba sugiriendo a qué pasillo me dirigiría y él optaba por seguirme y continuar nuestra pequeña charla. Me dijo que le gusta el limón, el jugo de limón, la fruta, las galletitas de limón: todo de limón. El niño limón.

Iba a agarrar unas galletitas y le pregunté cuáles debía elegir. Agarró las 9 de Oro de limón con chocolate, y la verdad es que le acertó con rigurosidad. Esas son buenísimas, así que le hice caso. La verdad es que tuve el pensamiento de comprarlas y compartirle en el mismo local, pero temí que sus padres no quisieran, porque ya era tarde y además porque ellos son los dueños del supermercado: ellos tienen muchas más. Sentí que quizá era inapropiado. Sumado a que, si bien me caen muy bien, no siempre les entiendo del todo sus respuestas.

Me acompañó hasta la caja a pagar e hizo la fila conmigo. Me dijo que le gustaba mi remera y mi pantalón; pero un instante después supe que le dijo lo mismo a otra señora. Todos los hombres son iguales, incluso los hombres chiquitos. Aun así, mi remera era una toda sucia, con dibujitos hechos con esmalte sintético que usé para pintar mi bicicleta, y el pantalón era el que uso para cualquier tarea, porque me da igual lo que le suceda y es muy cómodo. Era evidente que aprendió que halagar a los demás es lindo, porque yo precisamente bien vestida no estaba. Ahí también noté un fenómeno, porque cuando se lo dijo a la señora, ella le respondió que a ella le gustan sus crocs; pero no hace falta que la vida sea halago por halago. A veces es bueno recibirlo y después darlo cuando te nace, o ni siquiera hacerlo. No hace falta buscar inmediatamente lo que más te agrada del otro visualmente y correr a decirlo en el mismo momento. El niño llevaba crocs de pato; yo también casi se las halago anteriormente.

Dados los corazones blancos que tenía dibujados mi remera —porque la bicicleta la pintamos con Mariano y él la llevaba prestada, de ahí que le dibujara corazoncitos y bobadas—, el niño me dijo que le parece que los corazones deberían ser de color negro y que el uso del rojo para los mismos le parece incorrecto.

También me contó —aunque para mí quizá no le dijeron nada— que sus padres le contaron sobre qué era el local antes, y dijo que era mucha "caca" —pero él ahora está obsesionado con decir eso y reírse—. Tuve ganas de contarle de verdad qué había antes: un almacén. La verdad no extraño a la gente del almacén. Recuerdo que eran buena gente, pero no siempre eran muy educados. Una vez compré papas que ellos vendían ya embolsadas por algunos kilos y estaban podridas. Cuando volví a devolverlas, por orden de mis padres, la señora del local se enojó muchísimo conmigo, diciendo que era responsabilidad mía por "elegir mal la bolsa"; como si fuera que tengo yo que creer que venden verduras podridas —porque además, reitero, ya estaban embolsadas, no las elegí yo, aunque como sea no debían vender verduras podridas en primer lugar—. Fue incomodísimo, porque me retaba y hablaba mal mientras buscaba papas en buen estado una a una. La verdad, Luis, el chino, nunca haría eso. Quizá es verdad que había caca antes.

Me dio mucha ternura pensar en todo lo que pasó y que, al recurrir tanto al mismo supermercado, nos vimos todos crecer mutuamente: conozco ese local desde que el niño no existía; luego a su madre embarazada de él; el niño en el cochecito meciéndose; cuando recién emitía sonidos y se sentaba cerca de la entrada con muchos juguetes, que muchos involucraban cosas de vocabulario; cuando jugaba con mi sobrino en cuanto iba a comprar con él y tenía que cuidar que no hiciera un desastre; y ahora, que me acompaña por los pasillos. El otro día vi un gatito por el local, con una cuchita y un rascador hecho de cartón.

De alguna manera, para mí es mi sobrino. Si cierran o lo mandan a China no lo voy a ver más, pero le guardo aprecio.

Aunque últimamente estuve muy nostálgica en general.

De por sí me siento con el corazón bastante averiado, pero me está ocurriendo que se rompe el espacio y el tiempo de a momentos. Las calles que se ven iguales, la casa, los muebles...

Hoy me preparaba el mate y miraba la mesa redonda de la cocina como si me encontrara en cualquier momento, casi pudiendo echarle una mirada al pasado. Si alguien que lee el blog forma parte de mi pasado, seguro sepa exactamente de qué estoy hablando; y si forman parte del pasado virtual y veían mis videos, también. Es exactamente igual a como fue siempre. Incluso las cosas que fueron pintadas fueron pintadas tan vagamente que se deja ver exactamente lo que llevaba antes.

Me hizo sentir bastante mal; vacía, insulsa.

Recién estaba jugando con mis sobrinos. Les intento dar todo el tiempo que quieran, incluso aunque yo no tenga ganas de nada, ni siquiera de jugar. No quiero negarme; por ellos no podría molestarme hacer ese sacrificio. Con el corazón roto y todo, me puse a bailar como el muñequito que tienen; nos pusimos a saltar en la cama todos juntos, como generalmente los adultos no admiten hacer —no puedo creer que ahora yo estoy en la posición de adulto responsable—. El ruido de los tres haciendo lío y riendo llamó la atención de la abuela —mi mamá—, que vino a ver que todo estuviera bien, y busqué un par de juguetes para entretenernos. Por eso también suelen venir a buscarme a mí, porque saben que no les digo que no. Mi sobrina hoy encima se partió la cabeza y la tuvieron que coser, pero ya lo olvidó: "me punieron una curita", me dijo. Le tuvieron que coser la frente, pero casi todos los días le terminan teniendo que coser la frente a alguno de los dos.

Ella hoy me dijo: "tía, te dibujé un corazón porque te amo". Me destrozaste, pequeña niña.

Estas dos últimas escenas aparecen dos veces en dos entradas (esta y la siguiente): es como las prendas de ropa; si las tengo, las debo poder vestir las veces que quiera, y eso hice, porque lo escribí con un solo día de diferencia.

Hace un rato, cuando boludéabamos en la cama, los vi jugar y me sentí bastante mal: me sentí rota. Pensaba en mis hermanas y yo de chicas. Todo el desastre que surgió de eso. Los vi y pensé: "qué bajón ser chico". Qué bajón vivir con locos de mierda —porque sus padres me parecen dos desastres— y tener que esperar tanto. Un poco mi pensamiento fue: "quizá consigo pegarla y que ellos puedan tener un lugar seguro; no como yo toda mi vida, que no tengo un lugar al que ir en cualquier momento cuando todo se va a la mierda", pero bastante desanimada me tiene.

Nunca en la vida volvería años atrás.

Son tiernos los niños y es feo ser niño: atrapante, asfixiante, y solo dependés de qué tan bueno haya sido el azar con vos, tanto con tu entorno como en tu posición económica.

La verdad no ando con ganas de nada.

Con cariño, Celeste Torres.