Esta es mi mamá, este es mi papá. Esta es Sofi, tiene sangre y una curita porque se lastimó —ayer se reventó la cabeza y la tuvieron que coser, él estaba muy asustado y se quedó conmigo—. Este soy yo —ayer me pidió a mí que lo dibujara; me dijo que no podía dibujarse a él mismo porque no se podía ver como para plasmarse en el papel—. Este es el abuelo, tiene tetas porque el otro día estaba desnudo —sin remera—, y esta es la abuela.
Acá están las tías —mitad superior de la hoja—. Esta es la tía Dani, la tía Giuli y esta sos vos. Acá está Benja, la tía Laura, Cristian y el abuelo Alberto.
—Ah, lo dibujaste con el andador.
—Sí, con el coso ese para caminar. Acá —arriba de Benja y Laura— están el tío Enzo y Bety. Esta es la abuela Bety y su novio Miguel. Y acá está la tía Marta.
—Pero la dibujaste sola.
—Sí, porque no tiene a nadie. Para que ella vea.
Me da gracia que ordene por sectores en el papel: después tendría que mostrar otro dibujo que hicimos juntos con él.
Mientras escribía la entrada, me fue arrebatado el dibujo, pero lo tendré inmortalizado en el blog.
Ayer, mientras mi sobrina estaba en la guardia, fui con él a comprar medialunas y masilla para la camioneta. Le dije que, según cuánto saliera la masilla, compraríamos medialunas y, cuando mi respuesta fue afirmativa a la merienda esperada, se puso a saltar y hacer fiesta.
En el camino me crucé a un ex alumno universitario llamado Agustín; alto, pelo colorado, y no recordaba su apellido. Por algún motivo me molestaba ese detalle, así que me forcé a recordarlo, a completar la imagen en mi mente de cuando di una clase virtual por Zoom y estaba su nombre y su apellido, que mi cerebro difuminaba.
No lo saludé; me daba vergüenza mi apariencia y, de cualquier manera, me lo había cruzado varias veces. Se ve que vive cerca. Yo tenía puesto un pantalón clarito muy sucio, de haberme sentado en el piso de mi vehículo, que me dejó el culo de la prenda negro, y una remera sucia, acorde, de los Rolling Stones.
Lo vi y sonrió; supongo que me habrá reconocido. Fingí demencia y seguí hablando con el niño que llevaba de la mano, mientras saltaba a la espera de las medialunas. Yo también le prometí una chocolatada.
Cuando llegamos, Sofi también había llegado.
—Me punieron una curita —me dijo con la cabeza recién cosida y un algodón que por encima llevaba una cinta de tela; las de doctor.
Hice la merienda y los niños me preguntaron dónde quería comer yo, porque ellos querían comer conmigo. Les dije que en la cocina y nos quedamos todos ahí.
Luego fui a buscar dos espátulas y una tabla de madera para masillar la camioneta, y ellos vinieron conmigo. Mi sobrina me dijo:
—Tía, te dibujé un corazón porque te amo.
Si serán tiernos.
Le dije a Iván en secreto que mañana era el cumpleaños de la abuela y que le preparemos un dibujo sorpresa; él me dijo que sí y, poco después, quiso que compartiéramos el secreto con Sofi, así que hicimos una ronda en el patio —como los jugadores de fútbol planificando la jugada— y susurramos el plan.
A la noche, él se puso a hacer el dibujo y Sofi —que, como es más chiquita, no sabe guardar un secreto— lo buchoneaba y le decía a la abuela que lo que estaba dibujando Iván era su regalo de cumpleaños. Él se frustraba y comenzaba de nuevo, convergiendo así en que ella otra vez lo delatara.
Vino conmigo muy frustrado, diciendo que tenía que empezar de nuevo, y que al final ese dibujo tendría que ser para mí, porque ella no dejaba de decirle; yo le dije que no importaba, que a la abuela le iba a gustar igual, así que lo continuó.
Aun así, un poco he de admitir que pensaba: ¿cómo le vas a hacer el regalo sorpresa a la abuela enfrente de ella misma y esperar que no lo note?, pero obviamente son chiquitos, sobre todo muy tiernos, y estas situaciones no les parecen incompatibles.
En ese mismo momento, un rato después, me dijo:
—¿Te acordás cuando la tía Dani vivía? —Me dio muchísima gracia, lo dijo como que hubiera muerto: simplemente se mudó.
El otro día también charlaba con Iván y me contó de una pesadilla que tuvo, diciéndome: tía, soñé algo que no te va a gustar nada.
Me narró que a Sofi la perseguía la policía por usar chupete y se le reventó la cabeza: se quedó sin cabeza completamente. Al final del sueño venía una ulancia —como mencionó él— para colocarle una cabeza nueva; un transplante de cabeza. Estaban en taekwondo, el salón donde hacemos, y se despertó antes de que la curen.
Imagino que será a raíz de que ella sea tan kamikaze. Él tiene pesadillas recurrentemente con situaciones violentas y cada dos días viene asustado porque ella se la re dio.
Una vez lo culparon a él y le gritaron mucho; no se lo merecía para nada. Él quiso abrirle la cuna para que salga y así jugar con ella, pero no contó con que ella estaba parada contra la barandilla de madera que él estaba bajando. El resultado fue evidente: se cayó con todo, otra vez no paraba de sangrar y directamente la llevaron a ver si no tenía ninguna fractura en el cráneo.
Cuando llegué a mi casa y lo vi, él fue corriendo a esconderse atrás de las piernas de Giuli porque tenía miedo de que yo lo retara también.
Con cariño, Celeste Torres.

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