sábado, 6 de diciembre de 2025

El Albañil Emilio

Hoy no sé muy bien de qué hablarle a mi psicóloga. Últimamente me siento más animada, pero sigo con muchos mambos en la cabeza y con esa impaciencia por estar bien que ya es tan mía en este último tiempo.

Moví todo mi taller de lugar, y estoy haciendo una instalación eléctrica desde cero para mi hermana, que está construyendo un segundo piso en su vivienda.

Ayer, después de subir a su techo para marcar todo lo eléctrico, la escalera de aluminio se trabó y, cuando la quise destrabar, se cerró con toda su brutalidad sobre mi pie. Me dolió muchísimo. Ahora está hinchado y no puedo pisar bien.

Hoy mientras tomaba mis mates de la mañana, ella me dijo: “Comprá las cosas eléctricas que los albañiles dicen que las necesitan”, y también que le habían pedido el caño corrugado. (Ella no hizo nada mal: no sabe lo que es un caño corrugado; para ella es un socotroco de plástico de función indefinida, una oruguita gris enrollada).

Escuché eso y casi me da un patatús.

—No, ellos no necesitan nada eléctrico. Eso lo hago yo. Y que no toquen el caño corrugado tampoco.

Mi hermana me dijo que fuera yo a hablar con los albañiles porque ella no entiende, y así nos poníamos de acuerdo. Después de todo, tenemos que trabajar en conjunto simbólicamente. Dejé el mate y fui a conversar con ellos.

—¡Emilio! —grita mi cuñado con la cabeza dirigida al techo, como quien reza a un santo—. ¡Emilio!

—¿Qué pasa? —asoma el obrero la cabeza desde el techo, frenando su trabajo tras el llamado. Lo saludo y empezamos a conversar.

—Necesito que rompan la pared donde está marcado. No pasen el corrugado: no saben la medida.

—¿Hay distintas medidas? —responde Emilio con confusión. Yo ya estaba molesta, porque se metieron con mi trabajo, cuidadosamente calculado y normativo, para intentar resolver todo “por instinto”, como hacen siempre los hombres. No, señor: si no sabés, no tocás. Como yo no me meto en su laburo de albañilería.

—Ya lo pasamos por afuera…

—Bueno, no importa —dije, masticándome la bronca—. ¿Entendieron bien lo que marqué en la pared?

Emilio mira a su compañero y le pregunta, textual: “¿Entendí bien?”, buscando su aprobación antes de contestarme, como haría un niño con su madre. Responden que sí, y empezamos a debatir.

—El caño que va torcido no lo podemos hacer.

—No importa, hacelo en L, pero poné una boca más en la unión.

Mientras acordábamos cómo íbamos a trabajar —gritando de arriba y de abajo del techo—, me comenta que hoy revocaban la parte de afuera, y que el martes rompían adentro para que yo trabaje. Me pareció mal, mucho tiempo desaprovechado, pero le dije que estaba bien y volví a mi casa dudosa.

Pensé, pensé y pensé. Cuando recordé que hoy es viernes, que ellos no trabajan el fin de semana y que el lunes es feriado, decidí intentar que lo rompieran hoy para no perder tres días.

Yo soy una electricista que sí trabaja los fines de semana. Que no cobre mano de obra a la familia no me quita el oficio.

Volví a interrumpir el mate, que se enfriaba cada vez más en la mesa del comedor. Salí rápido, como si no pudiera esperar a decirles, pero me daba inseguridad interrumpir su estructura de trabajo sobre revocar afuera.

Fui a la casa de mi hermana y, con mi cuñado, decidimos subir al techo. No quería hacerlo en vano —tengo el pie reventado—, pero no vi otra. Fui a ponerme las alpargatas y, en el pie derecho, el calzado se resistía a entrar de la hinchazón, pero lo logré.

Subimos, y le sugerí si podía terminar adentro hoy para permitirme trabajar estos tres días. Me explicó cómo hacerlo y me dijo que él iba a cortar con la amoladora todas las partes que iban hacia arriba y las diagonales, que al final sí podían hacer (yo nunca entendí por qué no), y que yo rompiera lo que necesitara.

Contenta y victoriosa, pude volver a mi casa.

Fuera de eso, otra cosa que me molestó fue que lo tomaban más en serio a mi cuñado con lo eléctrico que a mí, que soy la electricista. Mi cuñado no es electricista: solo es hombre. Y mi hermana dijo esta observación antes de que yo emitiera palabra. Es una paja que no te tomen en serio injustificadamente.

Luego de eso, horas más tarde, compramos ropa con mi novio. Comimos fideos con bolognesa que preparé, y fuimos a dormir.

Con cariño,

Celeste torres

viernes, 5 de diciembre de 2025

Daiquiri de Durazno

Esta noche no quiero dormir, como tantas otras. No ansío el momento de despertarme, así que evito provocarlo hasta que mis pobres y cansados ojos pesan demasiado, y conciliar el sueño se vuelve un acto inevitable.

A las tres y media —quizá cuatro, no tengo la menor idea— de la mañana me dirigí a la cocina. Tomé una milanesa de berenjena, le unté mayonesa y me la comí. Como si no bastara, inspeccioné la heladera y encontré media lata de duraznos en almíbar que me había sobrado de la otra vez.

“Podría hacer un daiquiri”, me dije, incómoda con la idea de encender la licuadora a semejantes horas, cuando todos yacían plácidamente en sus lechos; especialmente mi madre, que tiene un sueño tan ligero que podría despertarse con la caída de una pluma.

Tenía todo preparado. Saqué lo que quedaba de la lata, acomodé la licuadora y me escabullí —sigilosa como quien comete un delito— hacia el comedor para buscar el vodka, que descansaba sobre el modular de la televisión.

Cuando vuelvo hacia la cocina, con las luces encendidas, delatoras crueles de mi conspiración, me encuentro de frente con mi mamá, que con semejante mala suerte había bajado del piso de arriba para ir al baño.

La escena era evidente: la noche en absoluta calma, yo frente a ella congelada con un vodka incriminante en la mano y la licuadora estratégicamente ubicada sobre la mesada.

La saludé incómodamente, asumiendo mi culpa con la mirada, como si el acto de decir "hola" evadiera el panorama que, delator, se presentaba frente a sus retinas, y si eso pudiera evitar que se diera cuenta de lo que estaba por hacer, antes de que lo haga.

—Yo también quiero —exclamó ella, contenta. Como si hubiera al fin encontrado su salvación para esta noche tan larga.

—¿Vos tampoco te podés dormir? —le pregunté, ya tranquila de saberme excenta de las consecuencias que esperaba, con una sonrisa de complicidad. Me dijo que no.

Así que, ya convertida en cómplice de esta fechoría, le conté mi plan de licuar el daiquiri en la casa del fondo para no hacer ruido. Estuvo de acuerdo. Eso hicimos: ella me abrió la puerta al patio, y yo trasladé todo lo necesario.

Me quedó muy bueno el daiquiri de durazno.

Quizá no fue una charla muy ideal, no sé qué imaginaran ustedes: nosotras bardeamos a medio mundo. Pero estuvo bien, fue divertida la noche de chicas.

Con cariño,

Celeste Torres

martes, 2 de diciembre de 2025

Imaginando

Estoy imaginando, y les voy a contar lo que visualiza mi mente: los cuentos que vivo por instantes que parecen eternos y me evaden del momento presente.
Aunque primero les describiré mi estado real. Me encuentro casi desnuda, en remera y bombacha, acostada en la cama, con mi querida Aiden durmiendo arriba mío. Escribo en el celular, aunque mis dedos torpes lo consideren el peor de los teclados. Mi remera dice “New York City”; casualmente, es la misma que llevaba puesta cuando adopté a Aiden. Y mi cofia lila de satén, que me hace lucir como la abuela de Caperucita Roja, descansa en mi cabeza.

Durante esta pequeña escritura, mis escenarios se desviaron hacia situaciones que me matan de celos, y no era eso lo que planeaba escribir.
Voy a intentar que sea otra cosa, algo que no me haga sentir ese vacío profundo en el pecho (metáfora tan recurrida entre seres humanos que debería considerarse ya un sentimiento común, más profundo que la tristeza o la angustia).

Vamos con calma a un lugar ficticio y placentero:

Me encuentro arriba de mi camioneta, aún sin verificación técnica vehicular ni seguro, sin terminar de pintar y a medio lijar. Exactamente como está ahora, como descansa esta noche en el garage. Manejo por la calle, doblando con fuerza y precisión, viajando sin cinturón (porque no los tiene tampoco), realizando un pequeño flete cobrado por una sonrisa o por la gratificación propia de querer que mi camioneta sea querida y aceptada para su labor por quienes no aprecian el arte del automóvil clásico y nacional.

Generalmente visualizo eso. Es así de corto como se lee.

También —aunque ya no se me permite viajar en el Renault Logan (ambiguo si realmente no puedo)— me imagino reproduciendo un CD arriba del auto mientras conduzco. Algo así como Palito Ortega, Los Auténticos Decadentes, Sui Generis, El Cuarteto de Nos.

Ansío mucho un auto con todos sus papeles en orden y en el que pueda reproducir música; no para disociar, sino para disfrutar.
Me gusta mucho manejar. Me gustaría tener un Falcon celeste o un Torino.

Con cariño,
Celeste Torres.