sábado, 29 de noviembre de 2025

Vivir

Hola, amigos míos. Voy a hacer una entrada lo más descontracturada posible; no como mi espalda, que está acabando conmigo.

Hoy he hecho muchas cosas, aunque no sé si podría describirles con claridad todas ellas. Ha sido un día agradable: fue como esos días en los que te levantás temprano, hacés un montón de cosas y decís “Wow, y recién son las 12 del mediodía”; algo así, con la diferencia de que me levanté tarde. Pero sí, mi pensamiento fue por esa línea, al sorprenderme de que eran las 16 y ya había hecho tanto.

Estos días fueron de esta manera. Creo que finalmente estoy encontrando más tranquilidad en mi corazón.

He pensado mucho, y hay cosas que aquí no se admiten escribir; mas será suficiente con decir que quitar o ignorar cosas de mi vida me ha ayudado a vivir en la misma realidad que todos.

Aun así, sigo siendo esa persona de naturaleza melancólica, que no me favorece en este desarrollo que tanto estoy peleando.

Y eso me duele decirlo. Como hoy, que fui a comprar al mercado, y no necesitan entenderlo. A veces no escribo mal, escribo para mí, y mis desencuentros fortuitos con la mala carta diez. Hay cosas que no puedo dejar atrás, y decir una frase alusiva a luchar por estar mejor me corrompe, como mi mente cada día, como un fuerte día de tormenta a una pobre florcita.

Siempre tengo el mismo pensamiento, de todas maneras: sentir que todo lo que sube baja, y que si estoy feliz no demorará mucho en aparecer la tristeza profunda otra vez; como la noche y el día, inevitables la una de la otra.

Estoy enojada también. Muy enojada. La re puta madre que los parió a todos, y acá sigo, escribiendo.

Siento en la boca sed, pero no tengo ganas de tomar agua; y tengo las manos ocupadas en el teclado que aquí escribe, sin intención alguna de interrumpirlo, incluso si, aquí, manifiesto esas ganas de tomar de la botella de jugo rellenada con agua de la canilla.

Tengo sueño, y pienso que tengo tanto para contar que no tengo ganas de contarlo. Por suerte lo documenté en un vlog, o quizá muchos vlogs con un final inconcluso.

Contar, contar, contar.

Voy a contar ovejas saltando cercos (o imaginar escenarios trágicos) con los ojos cerrados.

Con el cariño que me queda,

Celeste Torres.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Amigos de Mierda - GP (una encriptación casi poética)

Hola, amigos.

Les voy a contar de mi amigo, ese que conocí en el bar. No sé si lo recuerdan: fue mencionado en una entrada del año pasado. El chabón que había juzgado mi deseo por no ser conocida en un canal de YouTube. ¿Quién era él, en primer lugar, para cuestionar eso? Es una persona muy vacía y superficial, que piensa que lo sabe todo. Justamente, ese día me discutió que, en realidad, yo sí quería la viralidad, por el simple hecho de subir videos públicos. Esa fue la primera bandera roja que ignoré, por mi mala costumbre de creer que el resto sabe más que yo, incluso de mí misma.

Este último tiempo lo estuve visitando en su local, y cada vez que hablábamos de electrónica o electricidad fingía esquemas en el aire que no tenían ningún sentido. Siempre terminaba diciendo que sabe más que yo, o que resolvería los problemas más rápido, incluso si ambos llegáramos a la misma conclusión. Solo pretendía decir algo coherente con palabras existentes —que se habrá aprendido el día anterior—, y no hacía más que balbucear incoherencias: “Imaginá que tenés un transistor BC558 conectado a un diodo, que a la vez está conectado con una resistencia, y de ahí va a un potenciómetro…”. Y terminaba con: “¿Vos cómo lo resolverías?”. Diagramalo o traeme la placa, pedazo de fantasma.

Sumado a eso, generalmente decía cosas que no me hacían sentido electrónicamente. Aunque a veces era innegable e indefendible, quería tener confianza y pensar que quizá solo era por el enredo que hacía con las palabras, sumado a que no modula ni una sola letra. Y simplemente le decía: “No te puedo responder así”.

Siempre era igual; cada vez lo aguantaba menos. Hasta que un día hablamos más profundamente de su vida y, poco a poco, todo se tornó más molesto.

En un momento juzgó mi relación y me dijo que yo era tóxica. Yo con mi novio estoy bien. Y también creo que todos los vínculos tienen sus propias dinámicas como para encasillarlos con tanta ligereza. También alegaba que no lo podía llamar “marido” porque no lo es legalmente. Y yo le dije: “Hablame cuando te vaya bien en una relación”. Me replicó que por eso no tenía una (aunque, en realidad, se hace el malo, pero hace poco tenía una, y la mina lo dejó por intenso o algo así, porque tampoco le creí mucho lo que me dijo).

Convengamos que todo lo encasilla con ligereza: él siempre se cree por delante de todo el mundo. Y esto también lo digo por muchas otras cosas. Ante la más mínima actitud o cosa de alguien él decía saberlo todo. Como también asumió cosas de mi estado mental. Y asumió cosas que ni siquiera quiero contarles a ustedes, como varias otras que omití, porque se metía con temas delicados como si no importara, como si estuviera diciendo verdades, cuando solo estaba molestando, cruzando límites y, en varias oportunidades, metiendo el dedo en la llaga.

Luego volví a juntarme con él. Me contó que necesitaba una mano: su local, al cual le estaba yendo mal, se había quedado sin ninguna cocinera, en ningún turno. La paga era una miseria. Le dije que lo iba a segundear unos días por ser mi amigo, pero que no iba a trabajar para él. Gano más en servicio técnico como para someterme a la vasta explotación laboral del mundo gastronómico por trescientas míseras lucas al mes.

Me quedé hablando con él y le conté de un “enigma eléctrico” que estaba atravesando, con la diferencia de que yo le diagramé este asunto. Él hacía garabatos que nada tenían que ver con el diagrama: inventaba cables y situaciones totalmente inexistentes. Además, sus diagramas estaban muy mal hechos. Con demasiada frecuencia dejaba de escribir para intentar seguir tirando soluciones al aire, y yo le decía: “No lo digas, diagramalo, que para eso está el papel”. Y me empecé a enojar. “Sacá este cable, ¿no ves que no existe en la pared?”. Él juraba un montón de cables que no había. Incluso me discutió uno que le dije que no existía, y me dijo con total certeza que sí. Ya les adelanto que regresé a la casa y yo tenía razón: no era más que un pedazo de cinta aisladora.

Me molesté, le dije que lo dejara así, me puse a idear soluciones sola y aislé el sonido para mis adentros.

“Hombres”, pensaba.

Cada vez que hablábamos de algo electrónico y él decía que podía ayudarme —porque al principio le deposité mi confianza—, nunca salí de la charla con una solución. Nunca me dijo algo revelador; más bien decía cosas confusas, incongruentes e innecesarias. Solo me ayudó en ese sentido cuando me recomendó comprarme un buscapolos digital y una grasa de litio para engrasar las partes móviles de los ventiladores, pero eso es una recomendación de compra, no una ayuda concreta en un arreglo particular, como él tanto prometía.

Luego me hizo un planteo por cuánto cobré los materiales del arreglo de una notebook: un disco sólido y una RAM. (Los cobré a precio mercado; ni siquiera sumé un extra, porque era para mi hermana, así que tampoco le cobré mano de obra). Al finalizar esa discusión me dijo: “Espero que uses esa plata para reinvertir en herramientas”. ¿Qué te metés en mi plata? En otro momento también me dijo: “Vos no tenés tantos gastos como para no tener plata”. ¿QUÉ SABÉS QUÉ GASTOS TENGO Y CUÁNTA PLATA TENGO? ¿Qué le pasaba? (Por las dudas: yo no le había dicho nada de no tener plata; siempre ahorro lo mío).

¡También decía que yo tuve suerte con mi trabajo y que la estoy desperdiciando! ¿Cuál suerte? En mi barrio se llama esfuerzo propio. ¿Hace falta desmeritar todo? ¿Y por qué dice que lo desperdicio? Dios mío.

Ni me estoy adentrando en detalles, porque no termino más.

Una de las cosas que pensé es: o está saboteando cuánto cobro, o él cobra una miseria. Y creo que es la primera opción. Porque siempre me tiró precios muy injustos. Él me “ayudó” a hacer mis precios y me había dicho: “Cambio de componente, cualquiera —sea tomacorrientes, lámpara o componente electrónico— 10k pesos”. ¿EN QUÉ MUNDO? Por su culpa casi cobro colocar un ventilador 10k pesos, porque no tenía idea de cuánto cobrar.

Ahora tengo mucha más idea. Lo fui modificando en el camino y ahora tengo precios coherentes.

Hablé con él y le dije que no quiero que me hable más, porque en un momento no le hablé como dos semanas —o una, no sé exactamente— y me escribía casi a diario aunque yo no le respondiera, lo cual me resultaba muy invasivo.

Quiere hacerse el bueno y me escribió ayer mismo, preguntándome cómo estoy. Pero no pienso hablarle ni ser su amiga. Es insoportable. Te dije que no te quiero hablar más.

Si sigue, lo tendré que bloquear, pero no era la idea. Prefiero no andar bloqueando sin ton ni son.

Y si estás leyendo esto (no creo, porque vos solo mirás espejos), no estoy diciendo tu nombre, así que no hagas drama.

martes, 11 de noviembre de 2025

Sombrero de Plomo

Hola, amiguitos del blog.

Hoy me siento mal. Me siento tonta, ingenua, inútil. El último peldaño en la escala de la supervivencia.

A la mañana quise acabar con mi vida, como tantas otras veces. No se confunda con intentar, solo deseé, porque así de inútil soy. Como pensando; "si hubiera un botón que apretar y acabar con todo ya tendría mi dedo arriba". Y, al seguir viva, lo único que sentí fue decepción: ni siquiera soy capaz de terminar con esta tortura. Solo pienso en cómo hacerlo, temiendo quedar disfuncional, y, con mi suerte, todavía viva.

Entre lágrimas, no pude escuchar la música que siempre me distrae de mis pensamientos. Tampoco logré perderme en los videos que suelo ver para callar las voces internas. No podía dormir: era temprano, recién me había despertado. Y no podía hacer ninguna de mis actividades predilectas fáciles o pasajeras como para dejar de pensar. Todas ellas eran vacías, y no eran tan fuertes como para lograr su cometido.

Así que seguí llorando, acostada, sufriendo. Quería abrazar a mi marido, que me hablaba del otro lado del teléfono, pero no podía traspasar la pantalla para ser mi consuelo. Él estaba, como le corresponde, trabajando. Y yo, dios mío, tengo que hacer aún cosas. No entiendo cómo, aunque no las busque, siempre hay algo que debo hacer.

Mis pensamientos son como un sombrero de plomo de doscientos kilos que me pesan la mirada y me desploman el cuello. Se aferran a mí como una garrapata negada a soltarme.

Estoy tan angustiada. ¿Podré ocultarme del mundo algún día? ¿Fundirme en su oscuridad hasta que nadie vuelva a pronunciar mi nombre? Mi nombre, ese que el viento arrastra en sus letras.

Eso es algo equivalente a algo que Jesús me dijo una vez. Tengo muchos nombres, y ya no sé si realmente me significo en alguno de ellos.

Hablé con mi psicóloga. Le pregunté si podía escribirle cuando la necesitara. Está de vacaciones, y esta semana no tendré sesión. Pero no tengo la estabilidad más mínima para afrontar estos días hasta el próximo viernes. Me dijo que sí, que podía escribirle, y le conté todo esto mientras iba a comprar algo.

Me dijo que era bueno que hubiera salido a comprar, que busque estar acompañada, que intentara escribir (porque le conté que me gusta hacerlo). Y eso es, precisamente, lo que estoy haciendo ahora. Solo escribir, porque nadie estuvo disponible para mí en ningún momento del día.

Soy un pedazo de basura. Y me molesta ser aplaudida por ir a comprar, me molesta ser tan inútil y tener que aceptarlo de esa manera. Me molesta ser tan inestable, y no poder, ni por un minuto, dejar de llorar.

Quisiera ser normal.

Con cariño, Celeste Torres.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Celeste

Hola, amigos, aunque temo que dejen de serlo. Poco a poco menos personas (de las pocas que ya eran) revisan mi blog, y tiene sentido, porque es difícil esperar encontrar en este lugar, que tanto me acompaña, regularmente algo, y no es algo que pueda prometer.

A pesar de mantener cierta constancia —otorgada por el deber o por una inclinación personal— que tarde o temprano me trae de vuelta aquí, o a alguna otra plataforma audiovisual, no siempre es frecuente este suceso. Últimamente, simplemente, no he tenido ganas de pensar.

He estado reflexionando sobre mis charlas con la psicóloga, especialmente sobre la última visita que nos reunió.

Viajé: el primer tramo en colectivo, el segundo caminando. La música me mantenía dispersa, estimulada y absorbida a la vez, cumpliendo su efecto deseado: volver todo pasajero.

Pero una preocupación me acompañaba; no sabía de qué hablar, porque no podía pensar.

—¿Qué sucedió ayer? ¿Qué suceció en la semana? ¿Qué día es? ¿Cómo me he sentido? —intentaba recordar, pero mi mente no retornaba. Tampoco estaba en el momento presente: solo imaginaba.

Entonces llegué. La esperé mientras contemplaba el espacio. Las decoraciones habían cambiado de lugar: algunas habían desaparecido, otras eran nuevas. Una radio sonaba despacio, y no pude recordar si antes se encontraba ahí. Pensaba en la habitación que me ampararía los cuarenta minutos siguientes, y deseaba que fuera la habitación blanca, la que tiene vista a un pequeño patio.

Solemos rotar de habitación; no sé por qué. Supongo que por organización. Pero esa es mi favorita.

No me gusta la que tiene espejo: no distingo que soy yo quien habla, y siento perder seriedad y firmeza si veo y recuerdo mi cara, porque siento que no tiene voto. La otra, la color café claro, tiene las paredes desalineadas que atrapan mi mirada, y un techo con caída en lluvia que impide que sean rectangulares, que tengan el centro donde mi mente lo desea.

En cambio, la habitación blanca no me recuerda que existo, no me hace perder tanto la concentración. Sus ladrillos falsos, con uniones visibles pero simétricas, apaciguan el pequeño ruido visual. El patio exterior es pequeño y sencillo.

En medio de este pensamiento sonó el timbre, con Celeste detrás de la puerta. Siempre llego primero, y ella, sobre la hora. Al entrar, discutió en voz baja con las otras profesionales que habitan el consultorio, para decidir qué sala usar, porque habían ocupado la que pensaba tomar, arriba, junto a la escalera. Finalmente se determinó desocupada la habitación blanca, y me gustó oírlo.

Comencé hablándole sobre mi estado disociativo, y ella me dijo que notaba muchas contradicciones en lo que decía.

Y sinceramente sí, porque no sé qué es lo que me pasa.

Solo quiero ser feliz.

Me ha dicho que soy muy dura conmigo misma.

Pero si soy inútil, ¿dónde se esconde la dureza? ¿No es acaso sinceridad?

Me preguntó qué escenarios imaginaba. Fue sencillo de responder: en mi camioneta. Le hablé de mi Gladiator, mi camioneta amarilla. Le dije que solo tengo pensamientos fáciles. Ella dijo que no consideraba que eso fuera algo, por definición, fácil. Creo que solo es gratificante.

Ahora estoy lijándola.

Solo aprobé una materia este cuatrimestre. Estuve trabajando, pero no mucho; ya terminé de dar clases. Tendré bastante tiempo para lijarla.

Me siento tan inútil.

Tengo ganas de volver a ver The Walking Dead porque al menos me hace feliz sentir que vivo en un apocalipsis zombie, y jugar a que me preparo para ella. Soñar que mi camioneta me acompaña.

No sé distinguir cómo me siento, pero este rato que me saqué los auriculares para poder pensar y ya comienzo a sentirme mal otra vez. Es más, tengo mucho más que contar, incluso solo de este día, y no tengo ganas.

Voy a intentar contarles más de otros días- No dejen de ser mis amigos, por favor.

Los quiero mucho. Tomen agua.

Con Cariño, Celeste Torres.