Hola, amigos.
Les voy a contar de mi amigo, ese que conocí en el bar. No sé si lo recuerdan: fue mencionado en una entrada del año pasado. El chabón que había juzgado mi deseo por no ser conocida en un canal de YouTube. ¿Quién era él, en primer lugar, para cuestionar eso? Es una persona muy vacía y superficial, que piensa que lo sabe todo. Justamente, ese día me discutió que, en realidad, yo sí quería la viralidad, por el simple hecho de subir videos públicos. Esa fue la primera bandera roja que ignoré, por mi mala costumbre de creer que el resto sabe más que yo, incluso de mí misma.
Este último tiempo lo estuve visitando en su local, y cada vez que hablábamos de electrónica o electricidad fingía esquemas en el aire que no tenían ningún sentido. Siempre terminaba diciendo que sabe más que yo, o que resolvería los problemas más rápido, incluso si ambos llegáramos a la misma conclusión. Solo pretendía decir algo coherente con palabras existentes —que se habrá aprendido el día anterior—, y no hacía más que balbucear incoherencias: “Imaginá que tenés un transistor BC558 conectado a un diodo, que a la vez está conectado con una resistencia, y de ahí va a un potenciómetro…”. Y terminaba con: “¿Vos cómo lo resolverías?”. Diagramalo o traeme la placa, pedazo de fantasma.
Sumado a eso, generalmente decía cosas que no me hacían sentido electrónicamente. Aunque a veces era innegable e indefendible, quería tener confianza y pensar que quizá solo era por el enredo que hacía con las palabras, sumado a que no modula ni una sola letra. Y simplemente le decía: “No te puedo responder así”.
Siempre era igual; cada vez lo aguantaba menos. Hasta que un día hablamos más profundamente de su vida y, poco a poco, todo se tornó más molesto.
En un momento juzgó mi relación y me dijo que yo era tóxica. Yo con mi novio estoy bien. Y también creo que todos los vínculos tienen sus propias dinámicas como para encasillarlos con tanta ligereza. También alegaba que no lo podía llamar “marido” porque no lo es legalmente. Y yo le dije: “Hablame cuando te vaya bien en una relación”. Me replicó que por eso no tenía una (aunque, en realidad, se hace el malo, pero hace poco tenía una, y la mina lo dejó por intenso o algo así, porque tampoco le creí mucho lo que me dijo).
Convengamos que todo lo encasilla con ligereza: él siempre se cree por delante de todo el mundo. Y esto también lo digo por muchas otras cosas. Ante la más mínima actitud o cosa de alguien él decía saberlo todo. Como también asumió cosas de mi estado mental. Y asumió cosas que ni siquiera quiero contarles a ustedes, como varias otras que omití, porque se metía con temas delicados como si no importara, como si estuviera diciendo verdades, cuando solo estaba molestando, cruzando límites y, en varias oportunidades, metiendo el dedo en la llaga.
Luego volví a juntarme con él. Me contó que necesitaba una mano: su local, al cual le estaba yendo mal, se había quedado sin ninguna cocinera, en ningún turno. La paga era una miseria. Le dije que lo iba a segundear unos días por ser mi amigo, pero que no iba a trabajar para él. Gano más en servicio técnico como para someterme a la vasta explotación laboral del mundo gastronómico por trescientas míseras lucas al mes.
Me quedé hablando con él y le conté de un “enigma eléctrico” que estaba atravesando, con la diferencia de que yo le diagramé este asunto. Él hacía garabatos que nada tenían que ver con el diagrama: inventaba cables y situaciones totalmente inexistentes. Además, sus diagramas estaban muy mal hechos. Con demasiada frecuencia dejaba de escribir para intentar seguir tirando soluciones al aire, y yo le decía: “No lo digas, diagramalo, que para eso está el papel”. Y me empecé a enojar. “Sacá este cable, ¿no ves que no existe en la pared?”. Él juraba un montón de cables que no había. Incluso me discutió uno que le dije que no existía, y me dijo con total certeza que sí. Ya les adelanto que regresé a la casa y yo tenía razón: no era más que un pedazo de cinta aisladora.
Me molesté, le dije que lo dejara así, me puse a idear soluciones sola y aislé el sonido para mis adentros.
“Hombres”, pensaba.
Cada vez que hablábamos de algo electrónico y él decía que podía ayudarme —porque al principio le deposité mi confianza—, nunca salí de la charla con una solución. Nunca me dijo algo revelador; más bien decía cosas confusas, incongruentes e innecesarias. Solo me ayudó en ese sentido cuando me recomendó comprarme un buscapolos digital y una grasa de litio para engrasar las partes móviles de los ventiladores, pero eso es una recomendación de compra, no una ayuda concreta en un arreglo particular, como él tanto prometía.
Luego me hizo un planteo por cuánto cobré los materiales del arreglo de una notebook: un disco sólido y una RAM. (Los cobré a precio mercado; ni siquiera sumé un extra, porque era para mi hermana, así que tampoco le cobré mano de obra). Al finalizar esa discusión me dijo: “Espero que uses esa plata para reinvertir en herramientas”. ¿Qué te metés en mi plata? En otro momento también me dijo: “Vos no tenés tantos gastos como para no tener plata”. ¿QUÉ SABÉS QUÉ GASTOS TENGO Y CUÁNTA PLATA TENGO? ¿Qué le pasaba? (Por las dudas: yo no le había dicho nada de no tener plata; siempre ahorro lo mío).
¡También decía que yo tuve suerte con mi trabajo y que la estoy desperdiciando! ¿Cuál suerte? En mi barrio se llama esfuerzo propio. ¿Hace falta desmeritar todo? ¿Y por qué dice que lo desperdicio? Dios mío.
Ni me estoy adentrando en detalles, porque no termino más.
Una de las cosas que pensé es: o está saboteando cuánto cobro, o él cobra una miseria. Y creo que es la primera opción. Porque siempre me tiró precios muy injustos. Él me “ayudó” a hacer mis precios y me había dicho: “Cambio de componente, cualquiera —sea tomacorrientes, lámpara o componente electrónico— 10k pesos”. ¿EN QUÉ MUNDO? Por su culpa casi cobro colocar un ventilador 10k pesos, porque no tenía idea de cuánto cobrar.
Ahora tengo mucha más idea. Lo fui modificando en el camino y ahora tengo precios coherentes.
Hablé con él y le dije que no quiero que me hable más, porque en un momento no le hablé como dos semanas —o una, no sé exactamente— y me escribía casi a diario aunque yo no le respondiera, lo cual me resultaba muy invasivo.
Quiere hacerse el bueno y me escribió ayer mismo, preguntándome cómo estoy. Pero no pienso hablarle ni ser su amiga. Es insoportable. Te dije que no te quiero hablar más.
Si sigue, lo tendré que bloquear, pero no era la idea. Prefiero no andar bloqueando sin ton ni son.
Y si estás leyendo esto (no creo, porque vos solo mirás espejos), no estoy diciendo tu nombre, así que no hagas drama.
pero metele una piña que lo que tanto
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