miércoles, 13 de mayo de 2026

Una racha de mala suerte - Me intentaron robar y también me mordió un perro

Hola, amigos del blog. Ayer me enfrenté a muchas situaciones tanto malas como buenas, en un contraste brutal.

Tengo muchas cosas que contarles, también sobre nuevas decisiones tomadas y todos mis miedos expuestos acá.

Ayer mi papá me compró una garrafa y un regulador para la misma. Ese es mi pago por haber arreglado todo un desastre eléctrico de la casa de arriba de mi casa. Lo resumo: hubo un cortocircuito y mi papá, intentando averiguar dónde estaba e intentando arreglarlo, hizo más lío. Pasaban cosas como que, si prendías la luz, funcionaba un tomacorriente y, si la apagabas, ya no; después había electricidad en algunas habitaciones y en otras no; no funcionaban algunas luces ni algunos tomas, y se había hecho todo un desastre por conectar mal las cosas.

Mi papá me pidió ayuda para arreglarlo e insistió en pagarme: le dije que le cobraba una garrafa y un regulador. Yo cumplí, él cumplió. Ahora toda la parte de arriba de mi casa funciona perfecto e incluso está mejor que antes, porque cambié varias cosas, y yo extiendo mi posibilidad de autonomía acá en mi casita del fondo. El regulador llegó hoy y la garrafa la cambio con YPF mañana, que me la traen a domicilio por la mañana. Todas las líneas temporales en un solo párrafo.

También me llegó un pedido de Shein, regalo de mi novio, pero no lo quise abrir. No sé si por mi tristeza, por mi manía de mantener la intriga sobre qué se aloja dentro de aquel paquete blanco, por pretender esperar a que llegue el resto de paquetes que faltan, o por cierta sensación de vacío y de no querer abrirlo sola, aunque lo esté.

Me siento con el corazón en pedazos y me cuesta encontrar alegría incluso en las cosas buenas.

Hay una frase de mi hermana que resuena como un eco incesante en mi cabeza. La dijo cuando un muchacho que fue amigo nuestro falleció. Aludía a que las personas pueden ser buenas o malas, pero que no podés quedarte en ese gris de la vida, en esa franja inescrupulosa de pretender no posicionarte de un lado de la línea; sobre querer verte bien con dios y con el diablo por realmente no sentir otra cosa y por no aceptar tus maldades y tus bondades de la manera en que son y conviven dentro tuyo.

La frase dejaba una reflexión final sobre que la vida te vence si no vencés a la vida y no lográs aceptar su naturaleza caótica y, hasta diría, maligna.

En la hostilidad de la vida se alberga también nuestra propia hostilidad, la que nos mantiene de pie, la que nos permite derribar aquello que desea matarnos. ¿Pero cómo podemos usar eso a nuestro favor si no lo adquirimos? Y a veces me pregunto si tengo lo necesario para vivir, porque constantemente siento la hostilidad de la vida golpearme, como si fuera un saco de boxeo de cualquier mal existente. También siento que intento ser bondadosa y vivir en paz y armonía con un entorno que parece decidir cada día lo contrario.

Sinceramente, cada día lo recuerdo y quisiera que solo hubiera sido un sueño. Me consuela pensar que, de todas formas, iba a morir, como todos lo hacemos eventualmente. No sé cuánto funciona; solo tiene que hacerlo y ya.

Hablar de “derribar a lo que intenta matarnos” me da el pie perfecto para contar sobre el título de la entrada: me quisieron robar.

Iba a ir a la casa de mi amiga, que vive a dos cuadras de la mía, de noche. Nunca resultó ser algo peligroso debido a la corta distancia que nos separa.

Tenía el pecho bastante vacío y sentí que su compañía sería ideal. Le ofrecí llevar un vino cuando volviera del trabajo para quedarnos conversando, como muchas noches hacemos. Ella me dijo que me iba a proponer exactamente lo mismo, así que ya había quedado asumido su compromiso con el plan.

Yo la iba a pasar a buscar a la parada del colectivo. Ella me había avisado que “llegó” y yo pensé que había llegado a la parada (pero al final no, había llegado a su casa), así que rápidamente vacié mi mochila, en lugar de llevar simplemente una bolsa, le puse un vino y una cerveza, nada más, y así, tal cual, salí.

Le dije a mi amiga que pasaba por el kiosco, que estaba muy cerca también, y después iba a su casa.

Casualmente yo le había grabado unos audios a Jesús, pero unas cuadras antes del incidente le dije una frase que después resultaría algo graciosa: “te grabo después, que esta parte es medio fea”, para que el siguiente mensaje, minutos más tarde, fuera: “me acaban de intentar robar”.

Cabe aclarar que yo no estaba con el celular en la mano. No estaba regalada.

Fui a comprar al kiosco y, ni bien salí de ahí, unos tres metros más adelante en mi trayecto, viene una moto desde la calle y me encierra el paso, frenándose justo delante de mí, en diagonal. Instintivamente retrocedo, y el señor se baja de la moto y me empieza a correr.

Sinceramente, y sin pretender cortar la seriedad del relato, fue un screamer en la vida real. Además, todo pasó muy rápido. Me ponen muy nerviosa las persecuciones. El otro día, por ejemplo, estaba en el voluntariado con niños jugando a la mancha y ya me ponía nerviosa que me corrieran para alcanzarme. Entonces, cuando otros voluntarios se detenían y se dejaban ganar, yo seguía corriendo por la ansiedad propia de la persecución, incluso terminando por caerme, lo cual fue gracioso en ese momento. Esa sensación se recreó en este otro momento y ya no tuvo diversión inmediata.

Intenté correr hacia el kiosco porque había gente y estaba la muchacha que me acababa de atender hacía menos de un minuto. Mi instinto claramente fue ir hacia donde había alguien, porque toda la calle estaba vacía, había pocos autos pasando y no había más locales abiertos. La única dirección posible y correcta parecía ser esa, pero se desentendió; no me ayudó en nada, y se escondió detrás de las rejas cual completa cobarde.

Casi llegando al kiosco, a como mucho medio metro, mis piernas se paralizaron, como en esos malos sueños donde no podés correr o no podés gritar. Tengo un poco un borrón de recuerdos por la adrenalina del momento, pero antes de caer (que tampoco recuerdo bien cómo fue) recuerdo haber forcejeado más con él mientras me decía que le diera mi mochila.

Dado que yo lo estaba empujando, evalué la posibilidad de que tuviera un arma y de que me fuera más conveniente darle las cosas. Lo escaneé rápidamente con la mirada y, viendo que tenía las dos manos libres y que no se le veía nada en la ropa, seguí defendiéndome. También pensé, todo en un microsegundo: “si todavía no me pegó un tiro es porque no tiene nada”, porque, como digo, ya estábamos en una etapa bastante violenta del robo como para que siguiera utilizando solo sus manos si hubiera tenido algo más.

Me caí al piso y empecé a pegarle muchas patadas mientras gritaba por ayuda lo más fuerte que podía. Él me agarró del pelo muy fuerte y me arrastró por el suelo mientras yo lo seguía golpeando como podía, desde mi incómoda posición, y estaba aferrada a mi mochila que, si bien no tenía nada de valor, no iba a permitir que me quitaran.

El celular había salido disparado de mi bolsillo. Creo que él, en medio de toda esta situación, ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta. Yo además traía un camperón de mi papá, así que seguramente alguna parte de la vasta tela estaba tapándolo de su vista.

En medio de todo esto aparece un auto que se salta el semáforo en rojo al ver la situación, y desde arriba del auto empiezan a gritarle que me suelte. Él seguía arrastrándome de la cabeza y tironeándome de la mochila para intentar concretar el robo. Yo seguía golpeándolo desde el suelo, y empujándolo con las piernas para que mantenga una distancia con mi mochila. El señor del auto se bajó, aunque nunca se acercó, y continuó gritándole desde la calle.

El ladrón finalmente desistió del plan, se subió a la moto y escapó. Creo que también influyó el hecho de que, independientemente de que yo lo estuviera golpeando y alejando, o de las otras personas, no había la más mínima posibilidad de que me quitara la mochila. No sé bien cómo explicarlo, pero nunca estuvo cerca de lograrlo. Sí, me habré caído al piso, pero nunca dejé de pelear por el vino.

¿Se imaginan que me mataban por la mochila y solo tenía un vino barato y una cerveza en envase de plástico adentro? Incluso si me robaba el celular: es malísimo, no abre ninguna aplicación sin batallar, el otro día quise poner música en Spotify y se tildó tanto por esa acción tan sencilla que se apagó solo, y tardó muchísimo en prenderse otra vez. Creo que si me lo robaba me hacía un favor.

En mi vida voy a volver a intentar correr en una situación así, claramente no me destaco en eso. Y la del kiosco tiene la personalidad de Aiden y Nicholas en The Walking Dead (si no entienden la referencia cuestiónense qué están haciendo de sus vidas y vayan a mirar twd).

Es un absoluto gesto de complicidad el silencio y fingirse ausente.

Entiendo que te pueda dar miedo, pero podés al menos gritar desde las rejas. La gente del auto intervino sin acercarse y sinceramente no sé si realmente fueron efectivos, porque no estoy en la mente del ladrón para saber exactamente por qué desistió, pero algo hicieron. ¡Hacele saber que vas a llamar a la policía, aunque sea mentira, y después escondete, pero hacé algo!

Me levanto del piso y agarro mi celular. La gente del auto me pregunta si me habían llegado a robar algo y si estaba bien. Como cualquier persona que todavía no hace acuse de recibo de la situación, les dije “sí, todo bien” con una sonrisa, aunque agitada, y quise retomar mi camino como si nada.

Me dijeron que no fuera hasta la esquina y se ofrecieron a llevarme. Me dio un poco de inseguridad: me acababan de intentar robar y me iba a subir al auto de unos desconocidos. Pero claramente me estaban ayudando, así que solo me subí, y ahí me comentaron lo del semáforo en rojo y que esperaban no terminar con una multa por aquello.

Mi amiga sale de su casa y me dice: “¿es tu familia?”. Le dije que no y, por lo bajo, le dije que ahora le contaba.

“Amiga, no sabés lo que pasó”, le dije mientras le daba un abrazo y me reía: “¡tengo chisme fresco!”.

Cuando entré estaba también el hermano, y les conté la situación con el sentimiento de lo recién vivido, haciendo además una representación lúdica de lo acontecido mientras nos reíamos, la madre me dice: “¿te fijaste la patente?”. Y le respondí: “no, estaba ocupada siendo arrastrada por la vereda”. Ella me felicitó por haber defendido el "escabio", y nos reímos bastante de la situación. También surgieron anécdotas graciosas de robos. El novio de mi amiga, vecino también, al enterarse de lo acontecido vino a "chismear" con nosotras.

Mi amiga me dijo que mi mochila es buenísima por haber soportado todo eso, pero, de la misma manera, yo me pregunto cómo hizo el vino para resistir semejante situación y no romperse en mil pedazos.

También le comenté que me preocupaba haber ido a su casa muy despeinada, pero que me dio vagancia peinarme, así que salí así nomás. Ahora tenía una excusa para estar despeinada, y menos mal que no me peiné porque hubiera sido vano.

El plan del vino de mi parte falló bastante. No tomé nada, porque cuando se me pasó la adrenalina me empezó a doler muchísimo la cabeza y me agarró mucho sueño. Ella me ofreció quedarme a dormir, pero le dije que quería ir a mi casa, así que me acompañaron.

Cuando llegué tenía la cabeza reventada y solo quería acostarme a dormir, pero quise aplazar un poco el momento, así que decidí irme a bañar.

Mi papá no me permite bañarme de noche. Yo le conté eso a la psicóloga y le pareció rarísimo, detalle de color. Así que el plan era bañarme rápido y que él ni lo notara.

Mientras agarraba ropa del armario, él baja de su habitación dirigiéndose al baño y me pregunta qué estaba haciendo. Le dije que estaba ordenando ropa, aunque era mentira: estaba agarrando ropa limpia para bañarme. No le dije nada, porque tampoco le había contado que había salido, ni que había vuelto, ni que le había robado las llaves para salir porque olvidé las mías en la casa de mi hermana.

Aproveché el momento perfecto, porque acababa de ir al baño, lo cual significaba que podía bañarme apenas él se fuera sin tener que estar tan pendiente de si despertaba.

Cuando me empiezo a lavar el pelo, cae tanto pelo que se tapa el desagüe de la ducha. Yo lo había limpiado hacía poco; o sea, todo el tapón de pelo que se hizo era únicamente mío, por el hecho narrado. Fue sorprendente la cantidad de pelo que perdí en ese desvirtuado encuentro con el señor ladrón.

Mi leonindad me hace odiarlo por atentar contra mi salud capilar.

Y hoy me mordió un perro, me rompió el buzo y también me mordió la pierna. Ando con una suerte espléndida.

No creo que el perro haya querido ser malo, pero era extremadamente invasivo. ¿Vieron esos gatos que te piden mimos y después se vuelven completamente locos? Bueno, algo así, pero en versión perro mediano-grande.

Me agarró del buzo; yo me quise ir y me mordió fuerte la mano para retenerme. Mientras intentaba soltarme, apretaba cada vez más. Para que se den una idea, me costó sacarle mi mano de la boca y hasta me quedó un moretón en la muñeca. Cuando finalmente me solté, me agarró de la pierna.

Así estuvimos un rato, hasta que terminé hablándole mal porque me estaba rompiendo toda la ropa y lastimando. Incluso escuchaba la tela crujir mientras tironeaba, pero no dejaba de seguirme.

En un momento sí me dio un poco de miedo que realmente fuera malo y decidiera morderme en serio, porque ya estaba siendo demasiado pesado y yo no sabía cómo sacármelo de encima. Además, no parecía tener dueño, o al menos no uno responsable.

No es por estigmatizar, pero soy obligada por la realidad de los hechos: el ladrón era negro.

Con cariño, Celeste Torres.

viernes, 17 de abril de 2026

Sobre el libre albedrío

Esto es una transcripción cierta en parte y mayormente ficticia, para narrarles mis sentimientos desde otro ángulo. No representa las respuestas reales de mi terapeuta, ni mis relatos a ella.


—Me siento muy… disculpame la vulgaridad: agarrada de los huevos.

—Acá podés hablar como quieras.

—Siento que todo lo que hago está condicionado por si alguien se va a enojar por mi accionar. Incluso cuando es algo que solo debería concernirme a mí. Algo tan banal como encargarme de mi camioneta, cuya cédula verde lleva mi nombre legal como propietaria, lo que me habilita, consecuentemente, a tener libre albedrío con ella.

Recuerdo cuando recién la tuve y me daba miedo manejarla, como si fuera de alguien más. Recuerdo cuando una vez intenté arreglarle algo y se me salió una manguera que no sabía para dónde iba ni cómo encajarla. Lo intenté; terminé con las manos completamente negras, engrasadas, y tuve muchísimo miedo. No por mi camioneta, sino porque ya me sabía gritada y agredida, siendo, reitero, que es mía.

O cuando no me dejan estacionarla en la vereda, aunque no tape ningún garaje. Otro momento en el cual parezco molestar por existir, cuando no estoy haciendo nada malo ni ilegal. Y no entiendo por qué yo tendría que vivir bajo reglas estrictas que no son comunes a todos. Por qué yo tengo que perder derechos sobre mis cosas, mi persona y mi identidad porque otra persona lo decide, y si no lo hago, me gritan o amenazan con cosas, pareciendo no importarles nada: a mi parecer, locos compinchados que buscan permanentemente hacerme quedar a mí fuera de lugar, y para sembrar la semilla del miedo se meten con cosas que son importantísimas para mí, como mis animales, mis objetos preciados o incluso el lugar en que habito.

Recuerdo también una frase muy concreta: "vos no tenés derechos", u otras que aludían a "vos tenés los derechos que yo decida", que no solo queda en unas simples palabras, sino en una realidad; en su manera de comportarse siempre conmigo.

Siempre siendo yo un estorbo; un mueble mal ubicado en cualquier espacio.

Incluso con mi carrera o con búsquedas laborales. El otro día fui a una entrevista y me vestí y salí a escondidas, porque ellos no quieren que trabaje, porque creen cualquier trabajo incompatible a los estudios, sin querer permitir intentarlo jamás: si lo hago, o busco trabajo, me maltratan y amenazan, incluso inventando cosas como que, si trabajo, voy a tener que pagar gastos que aparecen mágicamente y sin registros. No me parecería mal si no fuera porque inventan el número para intentar bajar mis esperanzas al subsuelo, y no por necesitar un aporte. También crean situaciones que te encierran, del estilo: si trabajás entonces tenés que aportar la mitad de todo, tenés que poner dos millones de pesos por mes —un ejemplo, a que siempre tiran un número cualquiera, muy para arriba—, pero si no, entonces andate de la casa, porque como trabajás tenés que poder alquilar. Y la situación es solo que empezaste a trabajar ayer en un puestito de panchos de medio tiempo, y nunca se entiende de dónde sale tanta exageración.

Mi carrera, si bien yo quería estudiarla, la verdad fue decidida bajo presión familiar. Estaba entre ingeniería en electrónica, ingeniería en sistemas y licenciatura en sistemas, y me decanté por la tercera dada la baja expectativa que se generaba cuando yo espresaba entusiasmo por la primera, diciendo que iba a fracasar y a perder años de mi vida inútilmente.

Ahora siento que siempre que hablo de un proyecto, cuando lo exteriorizo con alguien, lo planteo como algo que va a fracasar, atajándome, anticipándome a las malas lenguas. Pero siento que es solo una conducta desde el miedo, y que no debería hacerlo, aunque se me termina escapando en la cotidianidad.

—Claro, además como si tuviera que fracasar. ¡Puede salir bien perfectamente!

—Ayer, cuando me dijo lo de mi camioneta, le dije que es un espacio público, donde cualquier persona puede estacionar, y que no me place moverla. Así que no la moví. No deseé seguir bajo ese mandato, pero siempre todo tiene una consecuencia muy agresiva y desmedida.

Incluso yo estoy haciendo un trabajo de restauración de los asientos originales, los que venían de fábrica. Mi papá ahora dice que no los voy a poder usar, que no los voy a poder tapizar, que me va a salir más de un millón de pesos, y que mejor me compre otro asiento enterizo y tire a la basura el mío (el original, de fábrica). ¿En qué tiene que molestarle a él mi restauración si no le pedí ayuda, ni opinión, ni plata, ni nada? En ese momento de complicidad entre mis padres, mi mamá dijo: “tu camioneta nunca va a ser de colección”, comentario absolutamente venenoso e innecesario.

Le dije que no me interesaba que fuera de colección, pero que quiero mi asiento enterizo, y que no tengo por qué dar más esplicaciones de algo que es mío. Genuinamente, no entiendo por qué se meten tanto.

¿En qué momento todo escaló a un lugar en el que me convierto en plastilina? A veces me siento una amalgama de cosas sin sentido ni forma que empiezan a pertenecerles a los demás. Porque, si no, termino tirada en el asfalto más sucio, para que cualquiera pase por arriba.

—Creo que toda esta situación tan endogámica; donde no se admite que las cosas salgan del control familiar porque entonces se consideran “malas”, casi imperdonables, y todo lo que recibís en ese entorno, tiene un precio simbólico altísimo a pagar, se vuelve una situación casi violenta… —dijo, dudando un poco sobre su elección de palabras—.

—Sí.

—…Son factores que terminan destruyendo la autoestima. Hacen que siempre creas que no sos capaz de hacer las cosas, porque esa es la respuesta que recibís una y otra vez.

Como tu mamá cuando te dijo esta frase… —revisó su cuaderno—:

Tu camioneta nunca va a ser de colección.

O tu papá diciendo:

No la podés soldar vos —dijo, leyendo—, porque la vas a arruinar y ya no va a servir para nada.


Pensé en él cuando, haciéndose el bueno, me prestó su soldadora, seguido de: “te la presto, pero no te dejo soldar”.

Pensé en el chasis de la camioneta.

En las piezas desarmadas que esperan ser terminadas, sin interrupciones violentas que me dejen encerrada llorando, y sintiendo que no voy a poder.

En los momentos en que, cuando estoy sola y puedo trabajar sin gritos, tengo un pánico profundo a que lleguen, vean que hice algo por mi cuenta y se enojen, con la profundidad con que lo hacen: con el nulo control con el que se enojan.

En las partes que todavía no sé cómo arreglar.

Pensé: si lo arruino, lo arruino yo. Es mío. A mí tiene que importarme más que a nadie.

Si me arruinan ellos cada día, si han arruinado mi camioneta… entonces me importa mucho menos que a ellos consumir lentamente cada gota de mi sangre que todavía se esfuerza por seguir.

Me resulta curioso cómo las frases que yo le menciono, casi como comentarios casuales, normales, azarosos, ella las expone en tinta como las frases dañinas y malintencionadas que son: como la navaja afilada que pretende rebanar con exactitud todas mis esperanzas y mi confianza para someterme.

Siempre convirtiendo las frases de ese estilo en moneda corriente, para seguir haciéndolo sin levantar sospechas sobre las malas intenciones detrás.

Una moneda que, sin inocencia ni escrúpulos, pretende, de a poco, convertirme en una marioneta de mi propia vida.

Frases que pretenden entrenar a antojo. Para mantener bajo control.

Sálvese quien pueda de convertirse en quien siempre fue el enemigo, que constantemente se disfraza de oveja entre nosotros.

Quizá son otras las personas que deberían preguntarse:

¿Por qué querés tener el control?

Con cariño, Celeste Torres.

miércoles, 15 de abril de 2026

La Rata Imaginaria

A la par que la entrada anterior, curiosamente, ahora pasó algo más con otro bicho.

Estaba en el comedor de mi casa, sola. Había escuchado ruidos raros y se los atribuí a fantasmas o intrusos, pero como venían de arriba, y ese piso me genera un respeto inmediato porque es el centro de la paranormalidad, me decanté por la primera opción. Luego oí una puerta abriéndose fuerte por el viento y decidí ponerme los auriculares: porque si no veo, no existe; y, bajo el mismo principio, si no escucho, no hay fantasma.

Me tiré al sillón, mientras tomaba unas cervezas (curiosamente coincide con la entrada anterior también), mirando otra vez The Walking Dead (sí, soy bastante repetitiva).

En un momento escuché un ruido, o algo así, siquiera lo recuerdo para describirlo: algo que llamó mi atención y me obligó instintivamente a mirar a mi derecha. Vi nítidamente a una rata, durante al menos dos segundos, bajando las escaleras.

Otra vez el pánico se asentaba en mi estómago, bajo la hostilidad de tanta plaga de especies raras conviviendo conmigo en lugar de con sus pares: en sus madrigueras, en algo como la casa de Jerry, con una puertita, una mini cama y algunos mini muebles.

Dejé de observarla y me paralicé ante la idea del bicho corriendo despavorido si me veía hacer un movimiento brusco. Pero yo me quería ir con urgencia de esa habitación. Mi cuerpo no se movía, pero mi cerebro estaba esforzándose por teletransportarse afuera.

Agarré mis ojotas, con la ilusión de que si tocaba el piso estaba automáticamente en peligro: como si una sola y pequeña rata pudiera adueñarse de todo un comedor grande. Abrí la puerta del patio, acomodé mis ojotas juntas en el suelo y, casi sin bajar del sillón, logré escapar para ir a buscar refuerzos.

Entré a mi cuarto y Aiden me esperaba cerca de la entrada, mirándome con sus ojos grandes y tranquilos, queriendo hacer nuestro ritual de siempre: que yo cerrara la puerta, ella se estirara sobre la madera de la puerta como hace siempre, yo la levantara y le hiciera unos mimos. Seguido a eso, dirigirme a la mesa o a mi cama, y que ella me siguiera a cualquier lado.

Yo tenía un plan diferente: la levanté en mis brazos sin cerrar la puerta y volví al comedor. La dejé adentro y cerré conmigo afuera.

Ella no entendía nada: apenas conoce el comedor; nunca se le permitió ir ahí. Habrá pensado que yo había enloquecido, entrándola a un lugar tan raro. Lo primero que hizo fue explorar un poco y buscarme visualmente. Yo estaba a la expectativa desde la ventana. Cuando sus ojos se encontraron conmigo, se dirigió hacia mí. Se subió al sillón y yo rogaba que no se echara una siesta antes de salvarme.

Volví a entrar y, ya con el coraje de tener compañía, me puse a explorar un poco la habitación para orientar a Aiden en su cacería y…

¡No encontré a ninguna rata!

El comedor estaba completamente cerrado. Yo había dejado todas las puertas, incluida la de la cocina, cerradas. Si estaba, tenía un espacio muy específico donde encontrarse.

En un momento pasé de mirar con miedo a buscar con indignación. Ya me daba igual si me saltaba a la cara mientras husmeaba bajo los muebles: necesitaba confirmar que esa rata existía.

Mientras tanto, Aiden se me acariciaba y ronroneaba amistosa, dando vueltas por el espacio.

Cuando busqué debajo de los muebles, encontré bajo el sillón un juguete extraviado de Aiden (andá a saber cómo llegó ahí, si ella casi no conoce el comedor).

No la encontré, pero la obsesión no terminó. El resto de los días la seguí buscando: estoy convencida de lo que vi. Hasta le pregunté a la IA si las ratas, aunque fueran chicas, podían subir y bajar escaleras. Me dijo que sí.

Me arrepiento de no haberme quedado a observar con más detenimiento y me niego a creer que no existía la rata imaginaria.

Con cariño,
Celeste Torres.

martes, 17 de marzo de 2026

Instrucciones para preparar un mate

Ivancito me pidió pan con paté, o “panpaté”: abreviatura que le es más sencilla de utilizar para hacer fiesta por dicha comida, que le resulta tan especial.

Le dije que se lo haría y le pregunté si él conocía la tan laboriosa receta; me respondió que sí.

Yo justo estaba en proceso de hacerme el mate, entonces le pregunté amablemente si deseaba preparármelo él.

Me dijo que sí y me preguntó con qué empezar.

Le cedí mi mate color violeta y le verbalicé su primera tarea: vaciarlo. Le dije que, si necesitaba, usara la bombilla. Primero intentó hacerlo sin ella y no le fue bien. Volvió hacia mí diciendo que necesitaba “el coso ese”, y le fue entregado dicho coso.

Estuvo un rato de mucho esfuerzo mientras yo le preparaba el panpaté. Luego se me acercó pidiéndome la siguiente instrucción.

A decir verdad, yo veía en el fondo del mate bastante yerba que quedaba por sacar, pero no quería entorpecer su trabajo ni hacerlo sentir como que no lo había hecho bien; terminé por decidir, rápidamente, que no se taparían todas las cañerías por una única vez de que le entrara un poco de yerba de más.

Le abrí la canilla y le permití continuar. Mientras, yo bajaba el azúcar y la yerba “Unión” de la alacena.

Le dije que pusiera primero la yerba, y eso hizo. El mate quedó lleno por demás, pero tiré un poquito de yerba sin demasiado inconveniente. Luego, que le agregara una cucharita de azúcar.

Él puso la primera cucharita y le dije que ya estaba perfecto, pero siguió agregando otra, y otra, y otra más, y yo no podía más que sugerirle que creía que estaba bien, mas dejándole el camino libre a que creara su primer mate.

En eso vino su madre a buscarlo, porque era su cumpleaños y algunos invitados se estaban yendo. Así que supo que ya no podía echar más azúcar. Entonces dijo:

—Ahora a revolver —muy entusiasmado—, y agarró la bombilla y revolvió el mate antes de irse.

Luego limpié las cosas que se ensuciaron y me di cuenta de que la yerba alcanzó longitudes impensables por fuera de la basura, incluyendo una silla, y el rincón opuesto de la habitación. Fue muy divertido de notar.

Ahora estoy tomando su mate, sin haberle hecho ninguna modificación: está rico, sinceramente muy rico.

Con cariño, Celeste Torres.

sábado, 14 de marzo de 2026

La Odisea de la Cucaracha

Esta madrugada me encontraba leyendo mi novela en voz alta al grabador de voz, con mi micrófono dinámico, para reescucharla después con más distancia. El problema es que terminó teniendo la extensión de un libro corto, con más de noventa páginas; uno de esos que, pese a su delgadez, siguen ostentando con dignidad la palabra libro en el nombre. Una extensión así hace que cada repasada de corrección sea leer lo que podría ser un tercio de un libro común, o la mitad, o uno entero íntegramente: del calibre del libro Lo que no tiene nombre; libro que no me terminó de gustar. La escritora me pareció una pelotuda, pero, a la vez, no pude dejar de leer hasta terminarlo, y hubo frases con las que me identifiqué.

Para sobrellevar el tiempo que aún me faltaba por leer —llevaba veinte minutos e iba recién empezando por el segundo capítulo de catorce— decidí ir a buscarme una cerveza bien fría.

Me levanté, fui a la heladera más cercana y, cuando volví con mi botín, vi algo pequeño y oscuro cruzar la habitación a toda velocidad. Mi gata, Aiden, la perseguía con esa calma que tienen los felinos cuando no tienen verdadero interés, sino solo curiosidad; casi con amabilidad. Casi como si le pidiera permiso para matarla, a la señora cucaracha, que se había comprado una bombacha.

Rápidamente, con el pánico asentándose en mi estómago, saqué a mi perra guardiana, fiel compañera y soldado: Milanesa, de su cucha.

Contaba con que, pese a su tamaño minúsculo —razón por la cual, cuando hablamos, yo la apodo Pulga, porque es chiquita y saltarina— quizá triplicaba el tamaño de la cucaracha, y esa ventaja podría serle útil: si la cucaracha no la devoraba primero a ella.

Necesitaba a mi ejército dispuesto para la guerra.

Acto seguido, me alejé estratégicamente hacia el otro lado de la puerta de la habitación, desde donde podía supervisar las operaciones sin arriesgar mi integridad física ni mi salud mental —como todos los que organizan guerras, que obvio nunca van a pelear ellos, se quedan en la medida que pueden al margen de las masacres que acontecen en dichas disputas—.

La cucaracha se escondió entre mis dos zapatillas, que reposaban al lado de mi cama, en el suelo. Milanesa corría de un lado a otro, meneando la cola con ese entusiasmo desorientado que la caracteriza, y Aiden miraba al bicho con vago estudio. Lo molestó un poco con la pata y este salió disparado hacia la puerta. Aiden lo persiguió un trecho, hasta el umbral, y yo creí que lo echaría: contra mi expectativa, la cucaracha quedó justo en la puerta, de cara a la salida, pero sin terminar de salir.

—¡Ataque! ¡Milanesa, ataque!

Al escuchar su nombre, Milanesa vino corriendo hacia mí, feliz, agitando la cola, sin mirar siquiera en dirección al enemigo.

—¡Aiden, dale, vení!

Aiden se aburrió y se acostó en el piso. Milanesa iba y volvía, y en algún momento parecía que la gata tenía más entusiasmo por jugar con la perra, escondiéndose atrás del par de zapatillas y meneando la cola, con la cabeza gacha, anticipando el salto característico que surge como consecuencia de esta maniobra, antes que cazar a su objetivo real.

¡Y yo no iba a sacar a mi última soldada, Betillín, porque está retirada! Pero empezaba a dudar si no hubiera sido más efectiva, y si no había cometido un error grave de gestión del grupo de guerra al no convocarla. Al tener tres mascotas, ceder una tarea así comenzaba a parecerse a elegir a uno de tus pokémon para una batalla pokémon.

Intenté, con cuidado, hacer que la cucaracha se moviera para despertar el instinto de mi ejército de inútiles. No funcionó ni una cosa ni la otra. Mi temor era demasiado grande para intentarlo con más esmero, porque si arrancaba a correr hacia afuera vendría directamente hacia mí, y eso no podía suceder.

Finalmente me rendí. Mi grupo había desistido de la pelea desde antes de empezar: fui a buscar el veneno.

Se lo tiré y salió corriendo despavorida hacia adentro, hacia mi cuarto, mientras yo corría también, pero en dirección contraria. Aiden quiso retomar la caza, pero, contra toda mi fobia, entré y la agarré: el bicho ya había sido envenenado.

Así fue el fallecimiento de la señora cucaracha.

Con cariño,
Celeste Torres.

martes, 3 de marzo de 2026

Tía, te hice un dibujo

Esta es mi mamá, este es mi papá. Esta es Sofi, tiene sangre y una curita porque se lastimó —ayer se reventó la cabeza y la tuvieron que coser, él estaba muy asustado y se quedó conmigo—. Este soy yo —ayer me pidió a mí que lo dibujara; me dijo que no podía dibujarse a él mismo porque no se podía ver como para plasmarse en el papel—. Este es el abuelo, tiene tetas porque el otro día estaba desnudo —sin remera—, y esta es la abuela.

Acá están las tías —mitad superior de la hoja—. Esta es la tía Dani, la tía Giuli y esta sos vos. Acá está Benja, la tía Laura, Cristian y el abuelo Alberto.

—Ah, lo dibujaste con el andador.

—Sí, con el coso ese para caminar. Acá —arriba de Benja y Laura— están el tío Enzo y Bety. Esta es la abuela Bety y su novio Miguel. Y acá está la tía Marta.

—Pero la dibujaste sola.

—Sí, porque no tiene a nadie. Para que ella vea.


Me da gracia que ordene por sectores en el papel: después tendría que mostrar otro dibujo que hicimos juntos con él.


Mientras escribía la entrada, me fue arrebatado el dibujo, pero lo tendré inmortalizado en el blog.


Ayer, mientras mi sobrina estaba en la guardia, fui con él a comprar medialunas y masilla para la camioneta. Le dije que, según cuánto saliera la masilla, compraríamos medialunas y, cuando mi respuesta fue afirmativa a la merienda esperada, se puso a saltar y hacer fiesta.

En el camino me crucé a un ex alumno universitario llamado Agustín; alto, pelo colorado, y no recordaba su apellido. Por algún motivo me molestaba ese detalle, así que me forcé a recordarlo, a completar la imagen en mi mente de cuando di una clase virtual por Zoom y estaba su nombre y su apellido, que mi cerebro difuminaba.

No lo saludé; me daba vergüenza mi apariencia y, de cualquier manera, me lo había cruzado varias veces. Se ve que vive cerca. Yo tenía puesto un pantalón clarito muy sucio, de haberme sentado en el piso de mi vehículo, que me dejó el culo de la prenda negro, y una remera sucia, acorde, de los Rolling Stones.

Lo vi y sonrió; supongo que me habrá reconocido. Fingí demencia y seguí hablando con el niño que llevaba de la mano, mientras saltaba a la espera de las medialunas. Yo también le prometí una chocolatada.

Cuando llegamos, Sofi también había llegado.

—Me punieron una curita —me dijo con la cabeza recién cosida y un algodón que por encima llevaba una cinta de tela; las de doctor.

Hice la merienda y los niños me preguntaron dónde quería comer yo, porque ellos querían comer conmigo. Les dije que en la cocina y nos quedamos todos ahí.

Luego fui a buscar dos espátulas y una tabla de madera para masillar la camioneta, y ellos vinieron conmigo. Mi sobrina me dijo:

—Tía, te dibujé un corazón porque te amo.

Si serán tiernos.

Le dije a Iván en secreto que mañana era el cumpleaños de la abuela y que le preparemos un dibujo sorpresa; él me dijo que sí y, poco después, quiso que compartiéramos el secreto con Sofi, así que hicimos una ronda en el patio —como los jugadores de fútbol planificando la jugada— y susurramos el plan.

A la noche, él se puso a hacer el dibujo y Sofi —que, como es más chiquita, no sabe guardar un secreto— lo buchoneaba y le decía a la abuela que lo que estaba dibujando Iván era su regalo de cumpleaños. Él se frustraba y comenzaba de nuevo, convergiendo así en que ella otra vez lo delatara.

Vino conmigo muy frustrado, diciendo que tenía que empezar de nuevo, y que al final ese dibujo tendría que ser para mí, porque ella no dejaba de decirle; yo le dije que no importaba, que a la abuela le iba a gustar igual, así que lo continuó.

Aun así, un poco he de admitir que pensaba: ¿cómo le vas a hacer el regalo sorpresa a la abuela enfrente de ella misma y esperar que no lo note?, pero obviamente son chiquitos, sobre todo muy tiernos, y estas situaciones no les parecen incompatibles.

En ese mismo momento, un rato después, me dijo:

—¿Te acordás cuando la tía Dani vivía? —Me dio muchísima gracia, lo dijo como que hubiera muerto: simplemente se mudó.


El otro día también charlaba con Iván y me contó de una pesadilla que tuvo, diciéndome: tía, soñé algo que no te va a gustar nada.

Me narró que a Sofi la perseguía la policía por usar chupete y se le reventó la cabeza: se quedó sin cabeza completamente. Al final del sueño venía una ulancia —como mencionó él— para colocarle una cabeza nueva; un transplante de cabeza. Estaban en taekwondo, el salón donde hacemos, y se despertó antes de que la curen.

Imagino que será a raíz de que ella sea tan kamikaze. Él tiene pesadillas recurrentemente con situaciones violentas y cada dos días viene asustado porque ella se la re dio.


Una vez lo culparon a él y le gritaron mucho; no se lo merecía para nada. Él quiso abrirle la cuna para que salga y así jugar con ella, pero no contó con que ella estaba parada contra la barandilla de madera que él estaba bajando. El resultado fue evidente: se cayó con todo, otra vez no paraba de sangrar y directamente la llevaron a ver si no tenía ninguna fractura en el cráneo.

Cuando llegué a mi casa y lo vi, él fue corriendo a esconderse atrás de las piernas de Giuli porque tenía miedo de que yo lo retara también.



Con cariño, Celeste Torres.

lunes, 2 de marzo de 2026

Nostalgia - 1

No sé qué hacer de mí.

Hola, amigos del blog. Me siento vacía. En todo sentido.

Estoy ocupando bastante espacio de mi mente en mi camioneta, pero no sé qué tan acertado sea eso o si simplemente busqué otro método más para evadir la realidad. Amo mi camioneta, aunque a veces me pregunto por qué. Sé que es bueno tener un pasatiempo; siento que va un poco más allá de eso. Siento que es solo un escape para intentar ignorar todo el malestar, las cosas malas, el entorno, el no saber qué hacer, y quizá incluso como un método predilecto para salir de respuestas que mi cerebro no quiere afrontar.

Anteayer fui al supermercado chino de la vuelta de mi casa y, al entrar, amagué a agarrar un canastito de los azules, los que simplemente portan manijas para llevar las cosas cargando. El niño, a quien llamo en la privacidad "el chinito" —sin connotaciones negativas ni raciales—, se encontraba jugando dentro de un carro rojo, de los que tienen rueditas y se llevan por detrás como una maleta.

Me dijo que no agarrara ese, que yo tenía que llevar el rojo porque ese es más difícil. Así que inmediatamente dejé el azul y acepté llevar el que el niño me sugirió, con una sonrisa.

Se pasó de un canasto a otro para permitirme agarrarlo y luego se bajó, a la par que hablábamos.

Le dije que tiene dos rueditas y él me dijo que antes tenían cuatro. Le dije que cuatro eran muchísimas rueditas, y me fue siguiendo por los pasillos muy amistosamente, mientras reseñaba mis compras. Le iba sugiriendo a qué pasillo me dirigiría y él optaba por seguirme y continuar nuestra pequeña charla. Me dijo que le gusta el limón, el jugo de limón, la fruta, las galletitas de limón: todo de limón. El niño limón.

Iba a agarrar unas galletitas y le pregunté cuáles debía elegir. Agarró las 9 de Oro de limón con chocolate, y la verdad es que le acertó con rigurosidad. Esas son buenísimas, así que le hice caso. La verdad es que tuve el pensamiento de comprarlas y compartirle en el mismo local, pero temí que sus padres no quisieran, porque ya era tarde y además porque ellos son los dueños del supermercado: ellos tienen muchas más. Sentí que quizá era inapropiado. Sumado a que, si bien me caen muy bien, no siempre les entiendo del todo sus respuestas.

Me acompañó hasta la caja a pagar e hizo la fila conmigo. Me dijo que le gustaba mi remera y mi pantalón; pero un instante después supe que le dijo lo mismo a otra señora. Todos los hombres son iguales, incluso los hombres chiquitos. Aun así, mi remera era una toda sucia, con dibujitos hechos con esmalte sintético que usé para pintar mi bicicleta, y el pantalón era el que uso para cualquier tarea, porque me da igual lo que le suceda y es muy cómodo. Era evidente que aprendió que halagar a los demás es lindo, porque yo precisamente bien vestida no estaba. Ahí también noté un fenómeno, porque cuando se lo dijo a la señora, ella le respondió que a ella le gustan sus crocs; pero no hace falta que la vida sea halago por halago. A veces es bueno recibirlo y después darlo cuando te nace, o ni siquiera hacerlo. No hace falta buscar inmediatamente lo que más te agrada del otro visualmente y correr a decirlo en el mismo momento. El niño llevaba crocs de pato; yo también casi se las halago anteriormente.

Dados los corazones blancos que tenía dibujados mi remera —porque la bicicleta la pintamos con Mariano y él la llevaba prestada, de ahí que le dibujara corazoncitos y bobadas—, el niño me dijo que le parece que los corazones deberían ser de color negro y que el uso del rojo para los mismos le parece incorrecto.

También me contó —aunque para mí quizá no le dijeron nada— que sus padres le contaron sobre qué era el local antes, y dijo que era mucha "caca" —pero él ahora está obsesionado con decir eso y reírse—. Tuve ganas de contarle de verdad qué había antes: un almacén. La verdad no extraño a la gente del almacén. Recuerdo que eran buena gente, pero no siempre eran muy educados. Una vez compré papas que ellos vendían ya embolsadas por algunos kilos y estaban podridas. Cuando volví a devolverlas, por orden de mis padres, la señora del local se enojó muchísimo conmigo, diciendo que era responsabilidad mía por "elegir mal la bolsa"; como si fuera que tengo yo que creer que venden verduras podridas —porque además, reitero, ya estaban embolsadas, no las elegí yo, aunque como sea no debían vender verduras podridas en primer lugar—. Fue incomodísimo, porque me retaba y hablaba mal mientras buscaba papas en buen estado una a una. La verdad, Luis, el chino, nunca haría eso. Quizá es verdad que había caca antes.

Me dio mucha ternura pensar en todo lo que pasó y que, al recurrir tanto al mismo supermercado, nos vimos todos crecer mutuamente: conozco ese local desde que el niño no existía; luego a su madre embarazada de él; el niño en el cochecito meciéndose; cuando recién emitía sonidos y se sentaba cerca de la entrada con muchos juguetes, que muchos involucraban cosas de vocabulario; cuando jugaba con mi sobrino en cuanto iba a comprar con él y tenía que cuidar que no hiciera un desastre; y ahora, que me acompaña por los pasillos. El otro día vi un gatito por el local, con una cuchita y un rascador hecho de cartón.

De alguna manera, para mí es mi sobrino. Si cierran o lo mandan a China no lo voy a ver más, pero le guardo aprecio.

Aunque últimamente estuve muy nostálgica en general.

De por sí me siento con el corazón bastante averiado, pero me está ocurriendo que se rompe el espacio y el tiempo de a momentos. Las calles que se ven iguales, la casa, los muebles...

Hoy me preparaba el mate y miraba la mesa redonda de la cocina como si me encontrara en cualquier momento, casi pudiendo echarle una mirada al pasado. Si alguien que lee el blog forma parte de mi pasado, seguro sepa exactamente de qué estoy hablando; y si forman parte del pasado virtual y veían mis videos, también. Es exactamente igual a como fue siempre. Incluso las cosas que fueron pintadas fueron pintadas tan vagamente que se deja ver exactamente lo que llevaba antes.

Me hizo sentir bastante mal; vacía, insulsa.

Recién estaba jugando con mis sobrinos. Les intento dar todo el tiempo que quieran, incluso aunque yo no tenga ganas de nada, ni siquiera de jugar. No quiero negarme; por ellos no podría molestarme hacer ese sacrificio. Con el corazón roto y todo, me puse a bailar como el muñequito que tienen; nos pusimos a saltar en la cama todos juntos, como generalmente los adultos no admiten hacer —no puedo creer que ahora yo estoy en la posición de adulto responsable—. El ruido de los tres haciendo lío y riendo llamó la atención de la abuela —mi mamá—, que vino a ver que todo estuviera bien, y busqué un par de juguetes para entretenernos. Por eso también suelen venir a buscarme a mí, porque saben que no les digo que no. Mi sobrina hoy encima se partió la cabeza y la tuvieron que coser, pero ya lo olvidó: "me punieron una curita", me dijo. Le tuvieron que coser la frente, pero casi todos los días le terminan teniendo que coser la frente a alguno de los dos.

Ella hoy me dijo: "tía, te dibujé un corazón porque te amo". Me destrozaste, pequeña niña.

Estas dos últimas escenas aparecen dos veces en dos entradas (esta y la siguiente): es como las prendas de ropa; si las tengo, las debo poder vestir las veces que quiera, y eso hice, porque lo escribí con un solo día de diferencia.

Hace un rato, cuando boludéabamos en la cama, los vi jugar y me sentí bastante mal: me sentí rota. Pensaba en mis hermanas y yo de chicas. Todo el desastre que surgió de eso. Los vi y pensé: "qué bajón ser chico". Qué bajón vivir con locos de mierda —porque sus padres me parecen dos desastres— y tener que esperar tanto. Un poco mi pensamiento fue: "quizá consigo pegarla y que ellos puedan tener un lugar seguro; no como yo toda mi vida, que no tengo un lugar al que ir en cualquier momento cuando todo se va a la mierda", pero bastante desanimada me tiene.

Nunca en la vida volvería años atrás.

Son tiernos los niños y es feo ser niño: atrapante, asfixiante, y solo dependés de qué tan bueno haya sido el azar con vos, tanto con tu entorno como en tu posición económica.

La verdad no ando con ganas de nada.

Con cariño, Celeste Torres.