miércoles, 15 de abril de 2026

La Rata Imaginaria

A la par que la entrada anterior, curiosamente, ahora pasó algo más con otro bicho.

Estaba en el comedor de mi casa, sola. Había escuchado ruidos raros y se los atribuí a fantasmas o intrusos, pero como venían de arriba, y ese piso me genera un respeto inmediato porque es el centro de la paranormalidad, me decanté por la primera opción. Luego oí una puerta abriéndose fuerte por el viento y decidí ponerme los auriculares: porque si no veo, no existe; y, bajo el mismo principio, si no escucho, no hay fantasma.

Me tiré al sillón, mientras tomaba unas cervezas (curiosamente coincide con la entrada anterior también), mirando otra vez The Walking Dead (sí, soy bastante repetitiva).

En un momento escuché un ruido, o algo así, siquiera lo recuerdo para describirlo: algo que llamó mi atención y me obligó instintivamente a mirar a mi derecha. Vi nítidamente a una rata, durante al menos dos segundos, bajando las escaleras.

Otra vez el pánico se asentaba en mi estómago, bajo la hostilidad de tanta plaga de especies raras conviviendo conmigo en lugar de con sus pares: en sus madrigueras, en algo como la casa de Jerry, con una puertita, una mini cama y algunos mini muebles.

Dejé de observarla y me paralicé ante la idea del bicho corriendo despavorido si me veía hacer un movimiento brusco. Pero yo me quería ir con urgencia de esa habitación. Mi cuerpo no se movía, pero mi cerebro estaba esforzándose por teletransportarse afuera.

Agarré mis ojotas, con la ilusión de que si tocaba el piso estaba automáticamente en peligro: como si una sola y pequeña rata pudiera adueñarse de todo un comedor grande. Abrí la puerta del patio, acomodé mis ojotas juntas en el suelo y, casi sin bajar del sillón, logré escapar para ir a buscar refuerzos.

Entré a mi cuarto y Aiden me esperaba cerca de la entrada, mirándome con sus ojos grandes y tranquilos, queriendo hacer nuestro ritual de siempre: que yo cerrara la puerta, ella se estirara sobre la madera de la puerta como hace siempre, yo la levantara y le hiciera unos mimos. Seguido a eso, dirigirme a la mesa o a mi cama, y que ella me siguiera a cualquier lado.

Yo tenía un plan diferente: la levanté en mis brazos sin cerrar la puerta y volví al comedor. La dejé adentro y cerré conmigo afuera.

Ella no entendía nada: apenas conoce el comedor; nunca se le permitió ir ahí. Habrá pensado que yo había enloquecido, entrándola a un lugar tan raro. Lo primero que hizo fue explorar un poco y buscarme visualmente. Yo estaba a la expectativa desde la ventana. Cuando sus ojos se encontraron conmigo, se dirigió hacia mí. Se subió al sillón y yo rogaba que no se echara una siesta antes de salvarme.

Volví a entrar y, ya con el coraje de tener compañía, me puse a explorar un poco la habitación para orientar a Aiden en su cacería y…

¡No encontré a ninguna rata!

El comedor estaba completamente cerrado. Yo había dejado todas las puertas, incluida la de la cocina, cerradas. Si estaba, tenía un espacio muy específico donde encontrarse.

En un momento pasé de mirar con miedo a buscar con indignación. Ya me daba igual si me saltaba a la cara mientras husmeaba bajo los muebles: necesitaba confirmar que esa rata existía.

Mientras tanto, Aiden se me acariciaba y ronroneaba amistosa, dando vueltas por el espacio.

Cuando busqué debajo de los muebles, encontré bajo el sillón un juguete extraviado de Aiden (andá a saber cómo llegó ahí, si ella casi no conoce el comedor).

No la encontré, pero la obsesión no terminó. El resto de los días la seguí buscando: estoy convencida de lo que vi. Hasta le pregunté a la IA si las ratas, aunque fueran chicas, podían subir y bajar escaleras. Me dijo que sí.

Me arrepiento de no haberme quedado a observar con más detenimiento y me niego a creer que no existía la rata imaginaria.

Con cariño,
Celeste Torres.

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