miércoles, 13 de mayo de 2026

Una racha de mala suerte - Me intentaron robar y también me mordió un perro

Hola, amigos del blog. Ayer me enfrenté a muchas situaciones tanto malas como buenas, en un contraste brutal.

Tengo muchas cosas que contarles, también sobre nuevas decisiones tomadas y todos mis miedos expuestos acá.

Ayer mi papá me compró una garrafa y un regulador para la misma. Ese es mi pago por haber arreglado todo un desastre eléctrico de la casa de arriba de mi casa. Lo resumo: hubo un cortocircuito y mi papá, intentando averiguar dónde estaba e intentando arreglarlo, hizo más lío. Pasaban cosas como que, si prendías la luz, funcionaba un tomacorriente y, si la apagabas, ya no; después había electricidad en algunas habitaciones y en otras no; no funcionaban algunas luces ni algunos tomas, y se había hecho todo un desastre por conectar mal las cosas.

Mi papá me pidió ayuda para arreglarlo e insistió en pagarme: le dije que le cobraba una garrafa y un regulador. Yo cumplí, él cumplió. Ahora toda la parte de arriba de mi casa funciona perfecto e incluso está mejor que antes, porque cambié varias cosas, y yo extiendo mi posibilidad de autonomía acá en mi casita del fondo. El regulador llegó hoy y la garrafa la cambio con YPF mañana, que me la traen a domicilio por la mañana. Todas las líneas temporales en un solo párrafo.

También me llegó un pedido de Shein, regalo de mi novio, pero no lo quise abrir. No sé si por mi tristeza, por mi manía de mantener la intriga sobre qué se aloja dentro de aquel paquete blanco, por pretender esperar a que llegue el resto de paquetes que faltan, o por cierta sensación de vacío y de no querer abrirlo sola, aunque lo esté.

Me siento con el corazón en pedazos y me cuesta encontrar alegría incluso en las cosas buenas.

Hay una frase de mi hermana que resuena como un eco incesante en mi cabeza. La dijo cuando un muchacho que fue amigo nuestro falleció. Aludía a que las personas pueden ser buenas o malas, pero que no podés quedarte en ese gris de la vida, en esa franja inescrupulosa de pretender no posicionarte de un lado de la línea; sobre querer verte bien con dios y con el diablo por realmente no sentir otra cosa y por no aceptar tus maldades y tus bondades de la manera en que son y conviven dentro tuyo.

La frase dejaba una reflexión final sobre que la vida te vence si no vencés a la vida y no lográs aceptar su naturaleza caótica y, hasta diría, maligna.

En la hostilidad de la vida se alberga también nuestra propia hostilidad, la que nos mantiene de pie, la que nos permite derribar aquello que desea matarnos. ¿Pero cómo podemos usar eso a nuestro favor si no lo adquirimos? Y a veces me pregunto si tengo lo necesario para vivir, porque constantemente siento la hostilidad de la vida golpearme, como si fuera un saco de boxeo de cualquier mal existente. También siento que intento ser bondadosa y vivir en paz y armonía con un entorno que parece decidir cada día lo contrario.

Sinceramente, cada día lo recuerdo y quisiera que solo hubiera sido un sueño. Me consuela pensar que, de todas formas, iba a morir, como todos lo hacemos eventualmente. No sé cuánto funciona; solo tiene que hacerlo y ya.

Hablar de “derribar a lo que intenta matarnos” me da el pie perfecto para contar sobre el título de la entrada: me quisieron robar.

Iba a ir a la casa de mi amiga, que vive a dos cuadras de la mía, de noche. Nunca resultó ser algo peligroso debido a la corta distancia que nos separa.

Tenía el pecho bastante vacío y sentí que su compañía sería ideal. Le ofrecí llevar un vino cuando volviera del trabajo para quedarnos conversando, como muchas noches hacemos. Ella me dijo que me iba a proponer exactamente lo mismo, así que ya había quedado asumido su compromiso con el plan.

Yo la iba a pasar a buscar a la parada del colectivo. Ella me había avisado que “llegó” y yo pensé que había llegado a la parada (pero al final no, había llegado a su casa), así que rápidamente vacié mi mochila, en lugar de llevar simplemente una bolsa, le puse un vino y una cerveza, nada más, y así, tal cual, salí.

Le dije a mi amiga que pasaba por el kiosco, que estaba muy cerca también, y después iba a su casa.

Casualmente yo le había grabado unos audios a Jesús, pero unas cuadras antes del incidente le dije una frase que después resultaría algo graciosa: “te grabo después, que esta parte es medio fea”, para que el siguiente mensaje, minutos más tarde, fuera: “me acaban de intentar robar”.

Cabe aclarar que yo no estaba con el celular en la mano. No estaba regalada.

Fui a comprar al kiosco y, ni bien salí de ahí, unos tres metros más adelante en mi trayecto, viene una moto desde la calle y me encierra el paso, frenándose justo delante de mí, en diagonal. Instintivamente retrocedo, y el señor se baja de la moto y me empieza a correr.

Sinceramente, y sin pretender cortar la seriedad del relato, fue un screamer en la vida real. Además, todo pasó muy rápido. Me ponen muy nerviosa las persecuciones. El otro día, por ejemplo, estaba en el voluntariado con niños jugando a la mancha y ya me ponía nerviosa que me corrieran para alcanzarme. Entonces, cuando otros voluntarios se detenían y se dejaban ganar, yo seguía corriendo por la ansiedad propia de la persecución, incluso terminando por caerme, lo cual fue gracioso en ese momento. Esa sensación se recreó en este otro momento y ya no tuvo diversión inmediata.

Intenté correr hacia el kiosco porque había gente y estaba la muchacha que me acababa de atender hacía menos de un minuto. Mi instinto claramente fue ir hacia donde había alguien, porque toda la calle estaba vacía, había pocos autos pasando y no había más locales abiertos. La única dirección posible y correcta parecía ser esa, pero se desentendió; no me ayudó en nada, y se escondió detrás de las rejas cual completa cobarde.

Casi llegando al kiosco, a como mucho medio metro, mis piernas se paralizaron, como en esos malos sueños donde no podés correr o no podés gritar. Tengo un poco un borrón de recuerdos por la adrenalina del momento, pero antes de caer (que tampoco recuerdo bien cómo fue) recuerdo haber forcejeado más con él mientras me decía que le diera mi mochila.

Dado que yo lo estaba empujando, evalué la posibilidad de que tuviera un arma y de que me fuera más conveniente darle las cosas. Lo escaneé rápidamente con la mirada y, viendo que tenía las dos manos libres y que no se le veía nada en la ropa, seguí defendiéndome. También pensé, todo en un microsegundo: “si todavía no me pegó un tiro es porque no tiene nada”, porque, como digo, ya estábamos en una etapa bastante violenta del robo como para que siguiera utilizando solo sus manos si hubiera tenido algo más.

Me caí al piso y empecé a pegarle muchas patadas mientras gritaba por ayuda lo más fuerte que podía. Él me agarró del pelo muy fuerte y me arrastró por el suelo mientras yo lo seguía golpeando como podía, desde mi incómoda posición, y estaba aferrada a mi mochila que, si bien no tenía nada de valor, no iba a permitir que me quitaran.

El celular había salido disparado de mi bolsillo. Creo que él, en medio de toda esta situación, ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta. Yo además traía un camperón de mi papá, así que seguramente alguna parte de la vasta tela estaba tapándolo de su vista.

En medio de todo esto aparece un auto que se salta el semáforo en rojo al ver la situación, y desde arriba del auto empiezan a gritarle que me suelte. Él seguía arrastrándome de la cabeza y tironeándome de la mochila para intentar concretar el robo. Yo seguía golpeándolo desde el suelo, y empujándolo con las piernas para que mantenga una distancia con mi mochila. El señor del auto se bajó, aunque nunca se acercó, y continuó gritándole desde la calle.

El ladrón finalmente desistió del plan, se subió a la moto y escapó. Creo que también influyó el hecho de que, independientemente de que yo lo estuviera golpeando y alejando, o de las otras personas, no había la más mínima posibilidad de que me quitara la mochila. No sé bien cómo explicarlo, pero nunca estuvo cerca de lograrlo. Sí, me habré caído al piso, pero nunca dejé de pelear por el vino.

¿Se imaginan que me mataban por la mochila y solo tenía un vino barato y una cerveza en envase de plástico adentro? Incluso si me robaba el celular: es malísimo, no abre ninguna aplicación sin batallar, el otro día quise poner música en Spotify y se tildó tanto por esa acción tan sencilla que se apagó solo, y tardó muchísimo en prenderse otra vez. Creo que si me lo robaba me hacía un favor.

En mi vida voy a volver a intentar correr en una situación así, claramente no me destaco en eso. Y la del kiosco tiene la personalidad de Aiden y Nicholas en The Walking Dead (si no entienden la referencia cuestiónense qué están haciendo de sus vidas y vayan a mirar twd).

Es un absoluto gesto de complicidad el silencio y fingirse ausente.

Entiendo que te pueda dar miedo, pero podés al menos gritar desde las rejas. La gente del auto intervino sin acercarse y sinceramente no sé si realmente fueron efectivos, porque no estoy en la mente del ladrón para saber exactamente por qué desistió, pero algo hicieron. ¡Hacele saber que vas a llamar a la policía, aunque sea mentira, y después escondete, pero hacé algo!

Me levanto del piso y agarro mi celular. La gente del auto me pregunta si me habían llegado a robar algo y si estaba bien. Como cualquier persona que todavía no hace acuse de recibo de la situación, les dije “sí, todo bien” con una sonrisa, aunque agitada, y quise retomar mi camino como si nada.

Me dijeron que no fuera hasta la esquina y se ofrecieron a llevarme. Me dio un poco de inseguridad: me acababan de intentar robar y me iba a subir al auto de unos desconocidos. Pero claramente me estaban ayudando, así que solo me subí, y ahí me comentaron lo del semáforo en rojo y que esperaban no terminar con una multa por aquello.

Mi amiga sale de su casa y me dice: “¿es tu familia?”. Le dije que no y, por lo bajo, le dije que ahora le contaba.

“Amiga, no sabés lo que pasó”, le dije mientras le daba un abrazo y me reía: “¡tengo chisme fresco!”.

Cuando entré estaba también el hermano, y les conté la situación con el sentimiento de lo recién vivido, haciendo además una representación lúdica de lo acontecido mientras nos reíamos, la madre me dice: “¿te fijaste la patente?”. Y le respondí: “no, estaba ocupada siendo arrastrada por la vereda”. Ella me felicitó por haber defendido el "escabio", y nos reímos bastante de la situación. También surgieron anécdotas graciosas de robos. El novio de mi amiga, vecino también, al enterarse de lo acontecido vino a "chismear" con nosotras.

Mi amiga me dijo que mi mochila es buenísima por haber soportado todo eso, pero, de la misma manera, yo me pregunto cómo hizo el vino para resistir semejante situación y no romperse en mil pedazos.

También le comenté que me preocupaba haber ido a su casa muy despeinada, pero que me dio vagancia peinarme, así que salí así nomás. Ahora tenía una excusa para estar despeinada, y menos mal que no me peiné porque hubiera sido vano.

El plan del vino de mi parte falló bastante. No tomé nada, porque cuando se me pasó la adrenalina me empezó a doler muchísimo la cabeza y me agarró mucho sueño. Ella me ofreció quedarme a dormir, pero le dije que quería ir a mi casa, así que me acompañaron.

Cuando llegué tenía la cabeza reventada y solo quería acostarme a dormir, pero quise aplazar un poco el momento, así que decidí irme a bañar.

Mi papá no me permite bañarme de noche. Yo le conté eso a la psicóloga y le pareció rarísimo, detalle de color. Así que el plan era bañarme rápido y que él ni lo notara.

Mientras agarraba ropa del armario, él baja de su habitación dirigiéndose al baño y me pregunta qué estaba haciendo. Le dije que estaba ordenando ropa, aunque era mentira: estaba agarrando ropa limpia para bañarme. No le dije nada, porque tampoco le había contado que había salido, ni que había vuelto, ni que le había robado las llaves para salir porque olvidé las mías en la casa de mi hermana.

Aproveché el momento perfecto, porque acababa de ir al baño, lo cual significaba que podía bañarme apenas él se fuera sin tener que estar tan pendiente de si despertaba.

Cuando me empiezo a lavar el pelo, cae tanto pelo que se tapa el desagüe de la ducha. Yo lo había limpiado hacía poco; o sea, todo el tapón de pelo que se hizo era únicamente mío, por el hecho narrado. Fue sorprendente la cantidad de pelo que perdí en ese desvirtuado encuentro con el señor ladrón.

Mi leonindad me hace odiarlo por atentar contra mi salud capilar.

Y hoy me mordió un perro, me rompió el buzo y también me mordió la pierna. Ando con una suerte espléndida.

No creo que el perro haya querido ser malo, pero era extremadamente invasivo. ¿Vieron esos gatos que te piden mimos y después se vuelven completamente locos? Bueno, algo así, pero en versión perro mediano-grande.

Me agarró del buzo; yo me quise ir y me mordió fuerte la mano para retenerme. Mientras intentaba soltarme, apretaba cada vez más. Para que se den una idea, me costó sacarle mi mano de la boca y hasta me quedó un moretón en la muñeca. Cuando finalmente me solté, me agarró de la pierna.

Así estuvimos un rato, hasta que terminé hablándole mal porque me estaba rompiendo toda la ropa y lastimando. Incluso escuchaba la tela crujir mientras tironeaba, pero no dejaba de seguirme.

En un momento sí me dio un poco de miedo que realmente fuera malo y decidiera morderme en serio, porque ya estaba siendo demasiado pesado y yo no sabía cómo sacármelo de encima. Además, no parecía tener dueño, o al menos no uno responsable.

No es por estigmatizar, pero soy obligada por la realidad de los hechos: el ladrón era negro.

Con cariño, Celeste Torres.