viernes, 17 de abril de 2026

Sobre el libre albedrío

Esto es una transcripción cierta en parte y mayormente ficticia, para narrarles mis sentimientos desde otro ángulo. No representa las respuestas reales de mi terapeuta, ni mis relatos a ella.


—Me siento muy… disculpame la vulgaridad: agarrada de los huevos.

—Acá podés hablar como quieras.

—Siento que todo lo que hago está condicionado por si alguien se va a enojar por mi accionar. Incluso cuando es algo que solo debería concernirme a mí. Algo tan banal como encargarme de mi camioneta, cuya cédula verde lleva mi nombre legal como propietaria, lo que me habilita, consecuentemente, a tener libre albedrío con ella.

Recuerdo cuando recién la tuve y me daba miedo manejarla, como si fuera de alguien más. Recuerdo cuando una vez intenté arreglarle algo y se me salió una manguera que no sabía para dónde iba ni cómo encajarla. Lo intenté; terminé con las manos completamente negras, engrasadas, y tuve muchísimo miedo. No por mi camioneta, sino porque ya me sabía gritada y agredida, siendo, reitero, que es mía.

O cuando no me dejan estacionarla en la vereda, aunque no tape ningún garaje. Otro momento en el cual parezco molestar por existir, cuando no estoy haciendo nada malo ni ilegal. Y no entiendo por qué yo tendría que vivir bajo reglas estrictas que no son comunes a todos. Por qué yo tengo que perder derechos sobre mis cosas, mi persona y mi identidad porque otra persona lo decide, y si no lo hago, me gritan o amenazan con cosas, pareciendo no importarles nada: a mi parecer, locos compinchados que buscan permanentemente hacerme quedar a mí fuera de lugar, y para sembrar la semilla del miedo se meten con cosas que son importantísimas para mí, como mis animales, mis objetos preciados o incluso el lugar en que habito.

Recuerdo también una frase muy concreta: "vos no tenés derechos", u otras que aludían a "vos tenés los derechos que yo decida", que no solo queda en unas simples palabras, sino en una realidad; en su manera de comportarse siempre conmigo.

Siempre siendo yo un estorbo; un mueble mal ubicado en cualquier espacio.

Incluso con mi carrera o con búsquedas laborales. El otro día fui a una entrevista y me vestí y salí a escondidas, porque ellos no quieren que trabaje, porque creen cualquier trabajo incompatible a los estudios, sin querer permitir intentarlo jamás: si lo hago, o busco trabajo, me maltratan y amenazan, incluso inventando cosas como que, si trabajo, voy a tener que pagar gastos que aparecen mágicamente y sin registros. No me parecería mal si no fuera porque inventan el número para intentar bajar mis esperanzas al subsuelo, y no por necesitar un aporte. También crean situaciones que te encierran, del estilo: si trabajás entonces tenés que aportar la mitad de todo, tenés que poner dos millones de pesos por mes —un ejemplo, a que siempre tiran un número cualquiera, muy para arriba—, pero si no, entonces andate de la casa, porque como trabajás tenés que poder alquilar. Y la situación es solo que empezaste a trabajar ayer en un puestito de panchos de medio tiempo, y nunca se entiende de dónde sale tanta exageración.

Mi carrera, si bien yo quería estudiarla, la verdad fue decidida bajo presión familiar. Estaba entre ingeniería en electrónica, ingeniería en sistemas y licenciatura en sistemas, y me decanté por la tercera dada la baja expectativa que se generaba cuando yo espresaba entusiasmo por la primera, diciendo que iba a fracasar y a perder años de mi vida inútilmente.

Ahora siento que siempre que hablo de un proyecto, cuando lo exteriorizo con alguien, lo planteo como algo que va a fracasar, atajándome, anticipándome a las malas lenguas. Pero siento que es solo una conducta desde el miedo, y que no debería hacerlo, aunque se me termina escapando en la cotidianidad.

—Claro, además como si tuviera que fracasar. ¡Puede salir bien perfectamente!

—Ayer, cuando me dijo lo de mi camioneta, le dije que es un espacio público, donde cualquier persona puede estacionar, y que no me place moverla. Así que no la moví. No deseé seguir bajo ese mandato, pero siempre todo tiene una consecuencia muy agresiva y desmedida.

Incluso yo estoy haciendo un trabajo de restauración de los asientos originales, los que venían de fábrica. Mi papá ahora dice que no los voy a poder usar, que no los voy a poder tapizar, que me va a salir más de un millón de pesos, y que mejor me compre otro asiento enterizo y tire a la basura el mío (el original, de fábrica). ¿En qué tiene que molestarle a él mi restauración si no le pedí ayuda, ni opinión, ni plata, ni nada? En ese momento de complicidad entre mis padres, mi mamá dijo: “tu camioneta nunca va a ser de colección”, comentario absolutamente venenoso e innecesario.

Le dije que no me interesaba que fuera de colección, pero que quiero mi asiento enterizo, y que no tengo por qué dar más esplicaciones de algo que es mío. Genuinamente, no entiendo por qué se meten tanto.

¿En qué momento todo escaló a un lugar en el que me convierto en plastilina? A veces me siento una amalgama de cosas sin sentido ni forma que empiezan a pertenecerles a los demás. Porque, si no, termino tirada en el asfalto más sucio, para que cualquiera pase por arriba.

—Creo que toda esta situación tan endogámica; donde no se admite que las cosas salgan del control familiar porque entonces se consideran “malas”, casi imperdonables, y todo lo que recibís en ese entorno, tiene un precio simbólico altísimo a pagar, se vuelve una situación casi violenta… —dijo, dudando un poco sobre su elección de palabras—.

—Sí.

—…Son factores que terminan destruyendo la autoestima. Hacen que siempre creas que no sos capaz de hacer las cosas, porque esa es la respuesta que recibís una y otra vez.

Como tu mamá cuando te dijo esta frase… —revisó su cuaderno—:

Tu camioneta nunca va a ser de colección.

O tu papá diciendo:

No la podés soldar vos —dijo, leyendo—, porque la vas a arruinar y ya no va a servir para nada.


Pensé en él cuando, haciéndose el bueno, me prestó su soldadora, seguido de: “te la presto, pero no te dejo soldar”.

Pensé en el chasis de la camioneta.

En las piezas desarmadas que esperan ser terminadas, sin interrupciones violentas que me dejen encerrada llorando, y sintiendo que no voy a poder.

En los momentos en que, cuando estoy sola y puedo trabajar sin gritos, tengo un pánico profundo a que lleguen, vean que hice algo por mi cuenta y se enojen, con la profundidad con que lo hacen: con el nulo control con el que se enojan.

En las partes que todavía no sé cómo arreglar.

Pensé: si lo arruino, lo arruino yo. Es mío. A mí tiene que importarme más que a nadie.

Si me arruinan ellos cada día, si han arruinado mi camioneta… entonces me importa mucho menos que a ellos consumir lentamente cada gota de mi sangre que todavía se esfuerza por seguir.

Me resulta curioso cómo las frases que yo le menciono, casi como comentarios casuales, normales, azarosos, ella las expone en tinta como las frases dañinas y malintencionadas que son: como la navaja afilada que pretende rebanar con exactitud todas mis esperanzas y mi confianza para someterme.

Siempre convirtiendo las frases de ese estilo en moneda corriente, para seguir haciéndolo sin levantar sospechas sobre las malas intenciones detrás.

Una moneda que, sin inocencia ni escrúpulos, pretende, de a poco, convertirme en una marioneta de mi propia vida.

Frases que pretenden entrenar a antojo. Para mantener bajo control.

Sálvese quien pueda de convertirse en quien siempre fue el enemigo, que constantemente se disfraza de oveja entre nosotros.

Quizá son otras las personas que deberían preguntarse:

¿Por qué querés tener el control?

Con cariño, Celeste Torres.

miércoles, 15 de abril de 2026

La Rata Imaginaria

A la par que la entrada anterior, curiosamente, ahora pasó algo más con otro bicho.

Estaba en el comedor de mi casa, sola. Había escuchado ruidos raros y se los atribuí a fantasmas o intrusos, pero como venían de arriba, y ese piso me genera un respeto inmediato porque es el centro de la paranormalidad, me decanté por la primera opción. Luego oí una puerta abriéndose fuerte por el viento y decidí ponerme los auriculares: porque si no veo, no existe; y, bajo el mismo principio, si no escucho, no hay fantasma.

Me tiré al sillón, mientras tomaba unas cervezas (curiosamente coincide con la entrada anterior también), mirando otra vez The Walking Dead (sí, soy bastante repetitiva).

En un momento escuché un ruido, o algo así, siquiera lo recuerdo para describirlo: algo que llamó mi atención y me obligó instintivamente a mirar a mi derecha. Vi nítidamente a una rata, durante al menos dos segundos, bajando las escaleras.

Otra vez el pánico se asentaba en mi estómago, bajo la hostilidad de tanta plaga de especies raras conviviendo conmigo en lugar de con sus pares: en sus madrigueras, en algo como la casa de Jerry, con una puertita, una mini cama y algunos mini muebles.

Dejé de observarla y me paralicé ante la idea del bicho corriendo despavorido si me veía hacer un movimiento brusco. Pero yo me quería ir con urgencia de esa habitación. Mi cuerpo no se movía, pero mi cerebro estaba esforzándose por teletransportarse afuera.

Agarré mis ojotas, con la ilusión de que si tocaba el piso estaba automáticamente en peligro: como si una sola y pequeña rata pudiera adueñarse de todo un comedor grande. Abrí la puerta del patio, acomodé mis ojotas juntas en el suelo y, casi sin bajar del sillón, logré escapar para ir a buscar refuerzos.

Entré a mi cuarto y Aiden me esperaba cerca de la entrada, mirándome con sus ojos grandes y tranquilos, queriendo hacer nuestro ritual de siempre: que yo cerrara la puerta, ella se estirara sobre la madera de la puerta como hace siempre, yo la levantara y le hiciera unos mimos. Seguido a eso, dirigirme a la mesa o a mi cama, y que ella me siguiera a cualquier lado.

Yo tenía un plan diferente: la levanté en mis brazos sin cerrar la puerta y volví al comedor. La dejé adentro y cerré conmigo afuera.

Ella no entendía nada: apenas conoce el comedor; nunca se le permitió ir ahí. Habrá pensado que yo había enloquecido, entrándola a un lugar tan raro. Lo primero que hizo fue explorar un poco y buscarme visualmente. Yo estaba a la expectativa desde la ventana. Cuando sus ojos se encontraron conmigo, se dirigió hacia mí. Se subió al sillón y yo rogaba que no se echara una siesta antes de salvarme.

Volví a entrar y, ya con el coraje de tener compañía, me puse a explorar un poco la habitación para orientar a Aiden en su cacería y…

¡No encontré a ninguna rata!

El comedor estaba completamente cerrado. Yo había dejado todas las puertas, incluida la de la cocina, cerradas. Si estaba, tenía un espacio muy específico donde encontrarse.

En un momento pasé de mirar con miedo a buscar con indignación. Ya me daba igual si me saltaba a la cara mientras husmeaba bajo los muebles: necesitaba confirmar que esa rata existía.

Mientras tanto, Aiden se me acariciaba y ronroneaba amistosa, dando vueltas por el espacio.

Cuando busqué debajo de los muebles, encontré bajo el sillón un juguete extraviado de Aiden (andá a saber cómo llegó ahí, si ella casi no conoce el comedor).

No la encontré, pero la obsesión no terminó. El resto de los días la seguí buscando: estoy convencida de lo que vi. Hasta le pregunté a la IA si las ratas, aunque fueran chicas, podían subir y bajar escaleras. Me dijo que sí.

Me arrepiento de no haberme quedado a observar con más detenimiento y me niego a creer que no existía la rata imaginaria.

Con cariño,
Celeste Torres.