Esto es una transcripción cierta en parte y mayormente ficticia, para narrarles mis sentimientos desde otro ángulo. No representa las respuestas reales de mi terapeuta, ni mis relatos a ella.
—Me siento muy… disculpame la vulgaridad: agarrada de los huevos.
—Acá podés hablar como quieras.
—Siento que todo lo que hago está condicionado por si alguien se va a enojar por mi accionar. Incluso cuando es algo que solo debería concernirme a mí. Algo tan banal como encargarme de mi camioneta, cuya cédula verde lleva mi nombre legal como propietaria, lo que me habilita, consecuentemente, a tener libre albedrío con ella.
Recuerdo cuando recién la tuve y me daba miedo manejarla, como si fuera de alguien más. Recuerdo cuando una vez intenté arreglarle algo y se me salió una manguera que no sabía para dónde iba ni cómo encajarla. Lo intenté; terminé con las manos completamente negras, engrasadas, y tuve muchísimo miedo. No por mi camioneta, sino porque ya me sabía gritada y agredida, siendo, reitero, que es mía.
O cuando no me dejan estacionarla en la vereda, aunque no tape ningún garaje. Otro momento en el cual parezco molestar por existir, cuando no estoy haciendo nada malo ni ilegal. Y no entiendo por qué yo tendría que vivir bajo reglas estrictas que no son comunes a todos. Por qué yo tengo que perder derechos sobre mis cosas, mi persona y mi identidad porque otra persona lo decide, y si no lo hago, me gritan o amenazan con cosas, pareciendo no importarles nada: a mi parecer, locos compinchados que buscan permanentemente hacerme quedar a mí fuera de lugar, y para sembrar la semilla del miedo se meten con cosas que son importantísimas para mí, como mis animales, mis objetos preciados o incluso el lugar en que habito.
Recuerdo también una frase muy concreta: "vos no tenés derechos", u otras que aludían a "vos tenés los derechos que yo decida", que no solo queda en unas simples palabras, sino en una realidad; en su manera de comportarse siempre conmigo.
Siempre siendo yo un estorbo; un mueble mal ubicado en cualquier espacio.
Incluso con mi carrera o con búsquedas laborales. El otro día fui a una entrevista y me vestí y salí a escondidas, porque ellos no quieren que trabaje, porque creen cualquier trabajo incompatible a los estudios, sin querer permitir intentarlo jamás: si lo hago, o busco trabajo, me maltratan y amenazan, incluso inventando cosas como que, si trabajo, voy a tener que pagar gastos que aparecen mágicamente y sin registros. No me parecería mal si no fuera porque inventan el número para intentar bajar mis esperanzas al subsuelo, y no por necesitar un aporte. También crean situaciones que te encierran, del estilo: si trabajás entonces tenés que aportar la mitad de todo, tenés que poner dos millones de pesos por mes —un ejemplo, a que siempre tiran un número cualquiera, muy para arriba—, pero si no, entonces andate de la casa, porque como trabajás tenés que poder alquilar. Y la situación es solo que empezaste a trabajar ayer en un puestito de panchos de medio tiempo, y nunca se entiende de dónde sale tanta exageración.
Mi carrera, si bien yo quería estudiarla, la verdad fue decidida bajo presión familiar. Estaba entre ingeniería en electrónica, ingeniería en sistemas y licenciatura en sistemas, y me decanté por la tercera dada la baja expectativa que se generaba cuando yo espresaba entusiasmo por la primera, diciendo que iba a fracasar y a perder años de mi vida inútilmente.
Ahora siento que siempre que hablo de un proyecto, cuando lo exteriorizo con alguien, lo planteo como algo que va a fracasar, atajándome, anticipándome a las malas lenguas. Pero siento que es solo una conducta desde el miedo, y que no debería hacerlo, aunque se me termina escapando en la cotidianidad.
—Claro, además como si tuviera que fracasar. ¡Puede salir bien perfectamente!
—Ayer, cuando me dijo lo de mi camioneta, le dije que es un espacio público, donde cualquier persona puede estacionar, y que no me place moverla. Así que no la moví. No deseé seguir bajo ese mandato, pero siempre todo tiene una consecuencia muy agresiva y desmedida.
Incluso yo estoy haciendo un trabajo de restauración de los asientos originales, los que venían de fábrica. Mi papá ahora dice que no los voy a poder usar, que no los voy a poder tapizar, que me va a salir más de un millón de pesos, y que mejor me compre otro asiento enterizo y tire a la basura el mío (el original, de fábrica). ¿En qué tiene que molestarle a él mi restauración si no le pedí ayuda, ni opinión, ni plata, ni nada? En ese momento de complicidad entre mis padres, mi mamá dijo: “tu camioneta nunca va a ser de colección”, comentario absolutamente venenoso e innecesario.
Le dije que no me interesaba que fuera de colección, pero que quiero mi asiento enterizo, y que no tengo por qué dar más esplicaciones de algo que es mío. Genuinamente, no entiendo por qué se meten tanto.
¿En qué momento todo escaló a un lugar en el que me convierto en plastilina? A veces me siento una amalgama de cosas sin sentido ni forma que empiezan a pertenecerles a los demás. Porque, si no, termino tirada en el asfalto más sucio, para que cualquiera pase por arriba.
—Creo que toda esta situación tan endogámica; donde no se admite que las cosas salgan del control familiar porque entonces se consideran “malas”, casi imperdonables, y todo lo que recibís en ese entorno, tiene un precio simbólico altísimo a pagar, se vuelve una situación casi violenta… —dijo, dudando un poco sobre su elección de palabras—.
—Sí.
—…Son factores que terminan destruyendo la autoestima. Hacen que siempre creas que no sos capaz de hacer las cosas, porque esa es la respuesta que recibís una y otra vez.
Como tu mamá cuando te dijo esta frase… —revisó su cuaderno—:
Tu camioneta nunca va a ser de colección.
O tu papá diciendo:
No la podés soldar vos —dijo, leyendo—, porque la vas a arruinar y ya no va a servir para nada.
Pensé en él cuando, haciéndose el bueno, me prestó su soldadora, seguido de: “te la presto, pero no te dejo soldar”.
Pensé en el chasis de la camioneta.
En las piezas desarmadas que esperan ser terminadas, sin interrupciones violentas que me dejen encerrada llorando, y sintiendo que no voy a poder.
En los momentos en que, cuando estoy sola y puedo trabajar sin gritos, tengo un pánico profundo a que lleguen, vean que hice algo por mi cuenta y se enojen, con la profundidad con que lo hacen: con el nulo control con el que se enojan.
En las partes que todavía no sé cómo arreglar.
Pensé: si lo arruino, lo arruino yo. Es mío. A mí tiene que importarme más que a nadie.
Si me arruinan ellos cada día, si han arruinado mi camioneta… entonces me importa mucho menos que a ellos consumir lentamente cada gota de mi sangre que todavía se esfuerza por seguir.
Me resulta curioso cómo las frases que yo le menciono, casi como comentarios casuales, normales, azarosos, ella las expone en tinta como las frases dañinas y malintencionadas que son: como la navaja afilada que pretende rebanar con exactitud todas mis esperanzas y mi confianza para someterme.
Siempre convirtiendo las frases de ese estilo en moneda corriente, para seguir haciéndolo sin levantar sospechas sobre las malas intenciones detrás.
Una moneda que, sin inocencia ni escrúpulos, pretende, de a poco, convertirme en una marioneta de mi propia vida.
Frases que pretenden entrenar a antojo. Para mantener bajo control.
Sálvese quien pueda de convertirse en quien siempre fue el enemigo, que constantemente se disfraza de oveja entre nosotros.
Quizá son otras las personas que deberían preguntarse:¿Por qué querés tener el control?
Con cariño, Celeste Torres.