miércoles, 13 de mayo de 2026

Una racha de mala suerte - Me intentaron robar y también me mordió un perro

Hola, amigos del blog. Ayer me enfrenté a muchas situaciones tanto malas como buenas, en un contraste brutal.

Tengo muchas cosas que contarles, también sobre nuevas decisiones tomadas y todos mis miedos expuestos acá.

Ayer mi papá me compró una garrafa y un regulador para la misma. Ese es mi pago por haber arreglado todo un desastre eléctrico de la casa de arriba de mi casa. Lo resumo: hubo un cortocircuito y mi papá, intentando averiguar dónde estaba e intentando arreglarlo, hizo más lío. Pasaban cosas como que, si prendías la luz, funcionaba un tomacorriente y, si la apagabas, ya no; después había electricidad en algunas habitaciones y en otras no; no funcionaban algunas luces ni algunos tomas, y se había hecho todo un desastre por conectar mal las cosas.

Mi papá me pidió ayuda para arreglarlo e insistió en pagarme: le dije que le cobraba una garrafa y un regulador. Yo cumplí, él cumplió. Ahora toda la parte de arriba de mi casa funciona perfecto e incluso está mejor que antes, porque cambié varias cosas, y yo extiendo mi posibilidad de autonomía acá en mi casita del fondo. El regulador llegó hoy y la garrafa la cambio con YPF mañana, que me la traen a domicilio por la mañana. Todas las líneas temporales en un solo párrafo.

También me llegó un pedido de Shein, regalo de mi novio, pero no lo quise abrir. No sé si por mi tristeza, por mi manía de mantener la intriga sobre qué se aloja dentro de aquel paquete blanco, por pretender esperar a que llegue el resto de paquetes que faltan, o por cierta sensación de vacío y de no querer abrirlo sola, aunque lo esté.

Me siento con el corazón en pedazos y me cuesta encontrar alegría incluso en las cosas buenas.

Hay una frase de mi hermana que resuena como un eco incesante en mi cabeza. La dijo cuando un muchacho que fue amigo nuestro falleció. Aludía a que las personas pueden ser buenas o malas, pero que no podés quedarte en ese gris de la vida, en esa franja inescrupulosa de pretender no posicionarte de un lado de la línea; sobre querer verte bien con dios y con el diablo por realmente no sentir otra cosa y por no aceptar tus maldades y tus bondades de la manera en que son y conviven dentro tuyo.

La frase dejaba una reflexión final sobre que la vida te vence si no vencés a la vida y no lográs aceptar su naturaleza caótica y, hasta diría, maligna.

En la hostilidad de la vida se alberga también nuestra propia hostilidad, la que nos mantiene de pie, la que nos permite derribar aquello que desea matarnos. ¿Pero cómo podemos usar eso a nuestro favor si no lo adquirimos? Y a veces me pregunto si tengo lo necesario para vivir, porque constantemente siento la hostilidad de la vida golpearme, como si fuera un saco de boxeo de cualquier mal existente. También siento que intento ser bondadosa y vivir en paz y armonía con un entorno que parece decidir cada día lo contrario.

Sinceramente, cada día lo recuerdo y quisiera que solo hubiera sido un sueño. Me consuela pensar que, de todas formas, iba a morir, como todos lo hacemos eventualmente. No sé cuánto funciona; solo tiene que hacerlo y ya.

Hablar de “derribar a lo que intenta matarnos” me da el pie perfecto para contar sobre el título de la entrada: me quisieron robar.

Iba a ir a la casa de mi amiga, que vive a dos cuadras de la mía, de noche. Nunca resultó ser algo peligroso debido a la corta distancia que nos separa.

Tenía el pecho bastante vacío y sentí que su compañía sería ideal. Le ofrecí llevar un vino cuando volviera del trabajo para quedarnos conversando, como muchas noches hacemos. Ella me dijo que me iba a proponer exactamente lo mismo, así que ya había quedado asumido su compromiso con el plan.

Yo la iba a pasar a buscar a la parada del colectivo. Ella me había avisado que “llegó” y yo pensé que había llegado a la parada (pero al final no, había llegado a su casa), así que rápidamente vacié mi mochila, en lugar de llevar simplemente una bolsa, le puse un vino y una cerveza, nada más, y así, tal cual, salí.

Le dije a mi amiga que pasaba por el kiosco, que estaba muy cerca también, y después iba a su casa.

Casualmente yo le había grabado unos audios a Jesús, pero unas cuadras antes del incidente le dije una frase que después resultaría algo graciosa: “te grabo después, que esta parte es medio fea”, para que el siguiente mensaje, minutos más tarde, fuera: “me acaban de intentar robar”.

Cabe aclarar que yo no estaba con el celular en la mano. No estaba regalada.

Fui a comprar al kiosco y, ni bien salí de ahí, unos tres metros más adelante en mi trayecto, viene una moto desde la calle y me encierra el paso, frenándose justo delante de mí, en diagonal. Instintivamente retrocedo, y el señor se baja de la moto y me empieza a correr.

Sinceramente, y sin pretender cortar la seriedad del relato, fue un screamer en la vida real. Además, todo pasó muy rápido. Me ponen muy nerviosa las persecuciones. El otro día, por ejemplo, estaba en el voluntariado con niños jugando a la mancha y ya me ponía nerviosa que me corrieran para alcanzarme. Entonces, cuando otros voluntarios se detenían y se dejaban ganar, yo seguía corriendo por la ansiedad propia de la persecución, incluso terminando por caerme, lo cual fue gracioso en ese momento. Esa sensación se recreó en este otro momento y ya no tuvo diversión inmediata.

Intenté correr hacia el kiosco porque había gente y estaba la muchacha que me acababa de atender hacía menos de un minuto. Mi instinto claramente fue ir hacia donde había alguien, porque toda la calle estaba vacía, había pocos autos pasando y no había más locales abiertos. La única dirección posible y correcta parecía ser esa, pero se desentendió; no me ayudó en nada, y se escondió detrás de las rejas cual completa cobarde.

Casi llegando al kiosco, a como mucho medio metro, mis piernas se paralizaron, como en esos malos sueños donde no podés correr o no podés gritar. Tengo un poco un borrón de recuerdos por la adrenalina del momento, pero antes de caer (que tampoco recuerdo bien cómo fue) recuerdo haber forcejeado más con él mientras me decía que le diera mi mochila.

Dado que yo lo estaba empujando, evalué la posibilidad de que tuviera un arma y de que me fuera más conveniente darle las cosas. Lo escaneé rápidamente con la mirada y, viendo que tenía las dos manos libres y que no se le veía nada en la ropa, seguí defendiéndome. También pensé, todo en un microsegundo: “si todavía no me pegó un tiro es porque no tiene nada”, porque, como digo, ya estábamos en una etapa bastante violenta del robo como para que siguiera utilizando solo sus manos si hubiera tenido algo más.

Me caí al piso y empecé a pegarle muchas patadas mientras gritaba por ayuda lo más fuerte que podía. Él me agarró del pelo muy fuerte y me arrastró por el suelo mientras yo lo seguía golpeando como podía, desde mi incómoda posición, y estaba aferrada a mi mochila que, si bien no tenía nada de valor, no iba a permitir que me quitaran.

El celular había salido disparado de mi bolsillo. Creo que él, en medio de toda esta situación, ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta. Yo además traía un camperón de mi papá, así que seguramente alguna parte de la vasta tela estaba tapándolo de su vista.

En medio de todo esto aparece un auto que se salta el semáforo en rojo al ver la situación, y desde arriba del auto empiezan a gritarle que me suelte. Él seguía arrastrándome de la cabeza y tironeándome de la mochila para intentar concretar el robo. Yo seguía golpeándolo desde el suelo, y empujándolo con las piernas para que mantenga una distancia con mi mochila. El señor del auto se bajó, aunque nunca se acercó, y continuó gritándole desde la calle.

El ladrón finalmente desistió del plan, se subió a la moto y escapó. Creo que también influyó el hecho de que, independientemente de que yo lo estuviera golpeando y alejando, o de las otras personas, no había la más mínima posibilidad de que me quitara la mochila. No sé bien cómo explicarlo, pero nunca estuvo cerca de lograrlo. Sí, me habré caído al piso, pero nunca dejé de pelear por el vino.

¿Se imaginan que me mataban por la mochila y solo tenía un vino barato y una cerveza en envase de plástico adentro? Incluso si me robaba el celular: es malísimo, no abre ninguna aplicación sin batallar, el otro día quise poner música en Spotify y se tildó tanto por esa acción tan sencilla que se apagó solo, y tardó muchísimo en prenderse otra vez. Creo que si me lo robaba me hacía un favor.

En mi vida voy a volver a intentar correr en una situación así, claramente no me destaco en eso. Y la del kiosco tiene la personalidad de Aiden y Nicholas en The Walking Dead (si no entienden la referencia cuestiónense qué están haciendo de sus vidas y vayan a mirar twd).

Es un absoluto gesto de complicidad el silencio y fingirse ausente.

Entiendo que te pueda dar miedo, pero podés al menos gritar desde las rejas. La gente del auto intervino sin acercarse y sinceramente no sé si realmente fueron efectivos, porque no estoy en la mente del ladrón para saber exactamente por qué desistió, pero algo hicieron. ¡Hacele saber que vas a llamar a la policía, aunque sea mentira, y después escondete, pero hacé algo!

Me levanto del piso y agarro mi celular. La gente del auto me pregunta si me habían llegado a robar algo y si estaba bien. Como cualquier persona que todavía no hace acuse de recibo de la situación, les dije “sí, todo bien” con una sonrisa, aunque agitada, y quise retomar mi camino como si nada.

Me dijeron que no fuera hasta la esquina y se ofrecieron a llevarme. Me dio un poco de inseguridad: me acababan de intentar robar y me iba a subir al auto de unos desconocidos. Pero claramente me estaban ayudando, así que solo me subí, y ahí me comentaron lo del semáforo en rojo y que esperaban no terminar con una multa por aquello.

Mi amiga sale de su casa y me dice: “¿es tu familia?”. Le dije que no y, por lo bajo, le dije que ahora le contaba.

“Amiga, no sabés lo que pasó”, le dije mientras le daba un abrazo y me reía: “¡tengo chisme fresco!”.

Cuando entré estaba también el hermano, y les conté la situación con el sentimiento de lo recién vivido, haciendo además una representación lúdica de lo acontecido mientras nos reíamos, la madre me dice: “¿te fijaste la patente?”. Y le respondí: “no, estaba ocupada siendo arrastrada por la vereda”. Ella me felicitó por haber defendido el "escabio", y nos reímos bastante de la situación. También surgieron anécdotas graciosas de robos. El novio de mi amiga, vecino también, al enterarse de lo acontecido vino a "chismear" con nosotras.

Mi amiga me dijo que mi mochila es buenísima por haber soportado todo eso, pero, de la misma manera, yo me pregunto cómo hizo el vino para resistir semejante situación y no romperse en mil pedazos.

También le comenté que me preocupaba haber ido a su casa muy despeinada, pero que me dio vagancia peinarme, así que salí así nomás. Ahora tenía una excusa para estar despeinada, y menos mal que no me peiné porque hubiera sido vano.

El plan del vino de mi parte falló bastante. No tomé nada, porque cuando se me pasó la adrenalina me empezó a doler muchísimo la cabeza y me agarró mucho sueño. Ella me ofreció quedarme a dormir, pero le dije que quería ir a mi casa, así que me acompañaron.

Cuando llegué tenía la cabeza reventada y solo quería acostarme a dormir, pero quise aplazar un poco el momento, así que decidí irme a bañar.

Mi papá no me permite bañarme de noche. Yo le conté eso a la psicóloga y le pareció rarísimo, detalle de color. Así que el plan era bañarme rápido y que él ni lo notara.

Mientras agarraba ropa del armario, él baja de su habitación dirigiéndose al baño y me pregunta qué estaba haciendo. Le dije que estaba ordenando ropa, aunque era mentira: estaba agarrando ropa limpia para bañarme. No le dije nada, porque tampoco le había contado que había salido, ni que había vuelto, ni que le había robado las llaves para salir porque olvidé las mías en la casa de mi hermana.

Aproveché el momento perfecto, porque acababa de ir al baño, lo cual significaba que podía bañarme apenas él se fuera sin tener que estar tan pendiente de si despertaba.

Cuando me empiezo a lavar el pelo, cae tanto pelo que se tapa el desagüe de la ducha. Yo lo había limpiado hacía poco; o sea, todo el tapón de pelo que se hizo era únicamente mío, por el hecho narrado. Fue sorprendente la cantidad de pelo que perdí en ese desvirtuado encuentro con el señor ladrón.

Mi leonindad me hace odiarlo por atentar contra mi salud capilar.

Y hoy me mordió un perro, me rompió el buzo y también me mordió la pierna. Ando con una suerte espléndida.

No creo que el perro haya querido ser malo, pero era extremadamente invasivo. ¿Vieron esos gatos que te piden mimos y después se vuelven completamente locos? Bueno, algo así, pero en versión perro mediano-grande.

Me agarró del buzo; yo me quise ir y me mordió fuerte la mano para retenerme. Mientras intentaba soltarme, apretaba cada vez más. Para que se den una idea, me costó sacarle mi mano de la boca y hasta me quedó un moretón en la muñeca. Cuando finalmente me solté, me agarró de la pierna.

Así estuvimos un rato, hasta que terminé hablándole mal porque me estaba rompiendo toda la ropa y lastimando. Incluso escuchaba la tela crujir mientras tironeaba, pero no dejaba de seguirme.

En un momento sí me dio un poco de miedo que realmente fuera malo y decidiera morderme en serio, porque ya estaba siendo demasiado pesado y yo no sabía cómo sacármelo de encima. Además, no parecía tener dueño, o al menos no uno responsable.

No es por estigmatizar, pero soy obligada por la realidad de los hechos: el ladrón era negro.

Con cariño, Celeste Torres.

viernes, 17 de abril de 2026

Sobre el libre albedrío

Esto es una transcripción cierta en parte y mayormente ficticia, para narrarles mis sentimientos desde otro ángulo. No representa las respuestas reales de mi terapeuta, ni mis relatos a ella.


—Me siento muy… disculpame la vulgaridad: agarrada de los huevos.

—Acá podés hablar como quieras.

—Siento que todo lo que hago está condicionado por si alguien se va a enojar por mi accionar. Incluso cuando es algo que solo debería concernirme a mí. Algo tan banal como encargarme de mi camioneta, cuya cédula verde lleva mi nombre legal como propietaria, lo que me habilita, consecuentemente, a tener libre albedrío con ella.

Recuerdo cuando recién la tuve y me daba miedo manejarla, como si fuera de alguien más. Recuerdo cuando una vez intenté arreglarle algo y se me salió una manguera que no sabía para dónde iba ni cómo encajarla. Lo intenté; terminé con las manos completamente negras, engrasadas, y tuve muchísimo miedo. No por mi camioneta, sino porque ya me sabía gritada y agredida, siendo, reitero, que es mía.

O cuando no me dejan estacionarla en la vereda, aunque no tape ningún garaje. Otro momento en el cual parezco molestar por existir, cuando no estoy haciendo nada malo ni ilegal. Y no entiendo por qué yo tendría que vivir bajo reglas estrictas que no son comunes a todos. Por qué yo tengo que perder derechos sobre mis cosas, mi persona y mi identidad porque otra persona lo decide, y si no lo hago, me gritan o amenazan con cosas, pareciendo no importarles nada: a mi parecer, locos compinchados que buscan permanentemente hacerme quedar a mí fuera de lugar, y para sembrar la semilla del miedo se meten con cosas que son importantísimas para mí, como mis animales, mis objetos preciados o incluso el lugar en que habito.

Recuerdo también una frase muy concreta: "vos no tenés derechos", u otras que aludían a "vos tenés los derechos que yo decida", que no solo queda en unas simples palabras, sino en una realidad; en su manera de comportarse siempre conmigo.

Siempre siendo yo un estorbo; un mueble mal ubicado en cualquier espacio.

Incluso con mi carrera o con búsquedas laborales. El otro día fui a una entrevista y me vestí y salí a escondidas, porque ellos no quieren que trabaje, porque creen cualquier trabajo incompatible a los estudios, sin querer permitir intentarlo jamás: si lo hago, o busco trabajo, me maltratan y amenazan, incluso inventando cosas como que, si trabajo, voy a tener que pagar gastos que aparecen mágicamente y sin registros. No me parecería mal si no fuera porque inventan el número para intentar bajar mis esperanzas al subsuelo, y no por necesitar un aporte. También crean situaciones que te encierran, del estilo: si trabajás entonces tenés que aportar la mitad de todo, tenés que poner dos millones de pesos por mes —un ejemplo, a que siempre tiran un número cualquiera, muy para arriba—, pero si no, entonces andate de la casa, porque como trabajás tenés que poder alquilar. Y la situación es solo que empezaste a trabajar ayer en un puestito de panchos de medio tiempo, y nunca se entiende de dónde sale tanta exageración.

Mi carrera, si bien yo quería estudiarla, la verdad fue decidida bajo presión familiar. Estaba entre ingeniería en electrónica, ingeniería en sistemas y licenciatura en sistemas, y me decanté por la tercera dada la baja expectativa que se generaba cuando yo espresaba entusiasmo por la primera, diciendo que iba a fracasar y a perder años de mi vida inútilmente.

Ahora siento que siempre que hablo de un proyecto, cuando lo exteriorizo con alguien, lo planteo como algo que va a fracasar, atajándome, anticipándome a las malas lenguas. Pero siento que es solo una conducta desde el miedo, y que no debería hacerlo, aunque se me termina escapando en la cotidianidad.

—Claro, además como si tuviera que fracasar. ¡Puede salir bien perfectamente!

—Ayer, cuando me dijo lo de mi camioneta, le dije que es un espacio público, donde cualquier persona puede estacionar, y que no me place moverla. Así que no la moví. No deseé seguir bajo ese mandato, pero siempre todo tiene una consecuencia muy agresiva y desmedida.

Incluso yo estoy haciendo un trabajo de restauración de los asientos originales, los que venían de fábrica. Mi papá ahora dice que no los voy a poder usar, que no los voy a poder tapizar, que me va a salir más de un millón de pesos, y que mejor me compre otro asiento enterizo y tire a la basura el mío (el original, de fábrica). ¿En qué tiene que molestarle a él mi restauración si no le pedí ayuda, ni opinión, ni plata, ni nada? En ese momento de complicidad entre mis padres, mi mamá dijo: “tu camioneta nunca va a ser de colección”, comentario absolutamente venenoso e innecesario.

Le dije que no me interesaba que fuera de colección, pero que quiero mi asiento enterizo, y que no tengo por qué dar más esplicaciones de algo que es mío. Genuinamente, no entiendo por qué se meten tanto.

¿En qué momento todo escaló a un lugar en el que me convierto en plastilina? A veces me siento una amalgama de cosas sin sentido ni forma que empiezan a pertenecerles a los demás. Porque, si no, termino tirada en el asfalto más sucio, para que cualquiera pase por arriba.

—Creo que toda esta situación tan endogámica; donde no se admite que las cosas salgan del control familiar porque entonces se consideran “malas”, casi imperdonables, y todo lo que recibís en ese entorno, tiene un precio simbólico altísimo a pagar, se vuelve una situación casi violenta… —dijo, dudando un poco sobre su elección de palabras—.

—Sí.

—…Son factores que terminan destruyendo la autoestima. Hacen que siempre creas que no sos capaz de hacer las cosas, porque esa es la respuesta que recibís una y otra vez.

Como tu mamá cuando te dijo esta frase… —revisó su cuaderno—:

Tu camioneta nunca va a ser de colección.

O tu papá diciendo:

No la podés soldar vos —dijo, leyendo—, porque la vas a arruinar y ya no va a servir para nada.


Pensé en él cuando, haciéndose el bueno, me prestó su soldadora, seguido de: “te la presto, pero no te dejo soldar”.

Pensé en el chasis de la camioneta.

En las piezas desarmadas que esperan ser terminadas, sin interrupciones violentas que me dejen encerrada llorando, y sintiendo que no voy a poder.

En los momentos en que, cuando estoy sola y puedo trabajar sin gritos, tengo un pánico profundo a que lleguen, vean que hice algo por mi cuenta y se enojen, con la profundidad con que lo hacen: con el nulo control con el que se enojan.

En las partes que todavía no sé cómo arreglar.

Pensé: si lo arruino, lo arruino yo. Es mío. A mí tiene que importarme más que a nadie.

Si me arruinan ellos cada día, si han arruinado mi camioneta… entonces me importa mucho menos que a ellos consumir lentamente cada gota de mi sangre que todavía se esfuerza por seguir.

Me resulta curioso cómo las frases que yo le menciono, casi como comentarios casuales, normales, azarosos, ella las expone en tinta como las frases dañinas y malintencionadas que son: como la navaja afilada que pretende rebanar con exactitud todas mis esperanzas y mi confianza para someterme.

Siempre convirtiendo las frases de ese estilo en moneda corriente, para seguir haciéndolo sin levantar sospechas sobre las malas intenciones detrás.

Una moneda que, sin inocencia ni escrúpulos, pretende, de a poco, convertirme en una marioneta de mi propia vida.

Frases que pretenden entrenar a antojo. Para mantener bajo control.

Sálvese quien pueda de convertirse en quien siempre fue el enemigo, que constantemente se disfraza de oveja entre nosotros.

Quizá son otras las personas que deberían preguntarse:

¿Por qué querés tener el control?

Con cariño, Celeste Torres.

miércoles, 15 de abril de 2026

La Rata Imaginaria

A la par que la entrada anterior, curiosamente, ahora pasó algo más con otro bicho.

Estaba en el comedor de mi casa, sola. Había escuchado ruidos raros y se los atribuí a fantasmas o intrusos, pero como venían de arriba, y ese piso me genera un respeto inmediato porque es el centro de la paranormalidad, me decanté por la primera opción. Luego oí una puerta abriéndose fuerte por el viento y decidí ponerme los auriculares: porque si no veo, no existe; y, bajo el mismo principio, si no escucho, no hay fantasma.

Me tiré al sillón, mientras tomaba unas cervezas (curiosamente coincide con la entrada anterior también), mirando otra vez The Walking Dead (sí, soy bastante repetitiva).

En un momento escuché un ruido, o algo así, siquiera lo recuerdo para describirlo: algo que llamó mi atención y me obligó instintivamente a mirar a mi derecha. Vi nítidamente a una rata, durante al menos dos segundos, bajando las escaleras.

Otra vez el pánico se asentaba en mi estómago, bajo la hostilidad de tanta plaga de especies raras conviviendo conmigo en lugar de con sus pares: en sus madrigueras, en algo como la casa de Jerry, con una puertita, una mini cama y algunos mini muebles.

Dejé de observarla y me paralicé ante la idea del bicho corriendo despavorido si me veía hacer un movimiento brusco. Pero yo me quería ir con urgencia de esa habitación. Mi cuerpo no se movía, pero mi cerebro estaba esforzándose por teletransportarse afuera.

Agarré mis ojotas, con la ilusión de que si tocaba el piso estaba automáticamente en peligro: como si una sola y pequeña rata pudiera adueñarse de todo un comedor grande. Abrí la puerta del patio, acomodé mis ojotas juntas en el suelo y, casi sin bajar del sillón, logré escapar para ir a buscar refuerzos.

Entré a mi cuarto y Aiden me esperaba cerca de la entrada, mirándome con sus ojos grandes y tranquilos, queriendo hacer nuestro ritual de siempre: que yo cerrara la puerta, ella se estirara sobre la madera de la puerta como hace siempre, yo la levantara y le hiciera unos mimos. Seguido a eso, dirigirme a la mesa o a mi cama, y que ella me siguiera a cualquier lado.

Yo tenía un plan diferente: la levanté en mis brazos sin cerrar la puerta y volví al comedor. La dejé adentro y cerré conmigo afuera.

Ella no entendía nada: apenas conoce el comedor; nunca se le permitió ir ahí. Habrá pensado que yo había enloquecido, entrándola a un lugar tan raro. Lo primero que hizo fue explorar un poco y buscarme visualmente. Yo estaba a la expectativa desde la ventana. Cuando sus ojos se encontraron conmigo, se dirigió hacia mí. Se subió al sillón y yo rogaba que no se echara una siesta antes de salvarme.

Volví a entrar y, ya con el coraje de tener compañía, me puse a explorar un poco la habitación para orientar a Aiden en su cacería y…

¡No encontré a ninguna rata!

El comedor estaba completamente cerrado. Yo había dejado todas las puertas, incluida la de la cocina, cerradas. Si estaba, tenía un espacio muy específico donde encontrarse.

En un momento pasé de mirar con miedo a buscar con indignación. Ya me daba igual si me saltaba a la cara mientras husmeaba bajo los muebles: necesitaba confirmar que esa rata existía.

Mientras tanto, Aiden se me acariciaba y ronroneaba amistosa, dando vueltas por el espacio.

Cuando busqué debajo de los muebles, encontré bajo el sillón un juguete extraviado de Aiden (andá a saber cómo llegó ahí, si ella casi no conoce el comedor).

No la encontré, pero la obsesión no terminó. El resto de los días la seguí buscando: estoy convencida de lo que vi. Hasta le pregunté a la IA si las ratas, aunque fueran chicas, podían subir y bajar escaleras. Me dijo que sí.

Me arrepiento de no haberme quedado a observar con más detenimiento y me niego a creer que no existía la rata imaginaria.

Con cariño,
Celeste Torres.

martes, 17 de marzo de 2026

Instrucciones para preparar un mate

Ivancito me pidió pan con paté, o “panpaté”: abreviatura que le es más sencilla de utilizar para hacer fiesta por dicha comida, que le resulta tan especial.

Le dije que se lo haría y le pregunté si él conocía la tan laboriosa receta; me respondió que sí.

Yo justo estaba en proceso de hacerme el mate, entonces le pregunté amablemente si deseaba preparármelo él.

Me dijo que sí y me preguntó con qué empezar.

Le cedí mi mate color violeta y le verbalicé su primera tarea: vaciarlo. Le dije que, si necesitaba, usara la bombilla. Primero intentó hacerlo sin ella y no le fue bien. Volvió hacia mí diciendo que necesitaba “el coso ese”, y le fue entregado dicho coso.

Estuvo un rato de mucho esfuerzo mientras yo le preparaba el panpaté. Luego se me acercó pidiéndome la siguiente instrucción.

A decir verdad, yo veía en el fondo del mate bastante yerba que quedaba por sacar, pero no quería entorpecer su trabajo ni hacerlo sentir como que no lo había hecho bien; terminé por decidir, rápidamente, que no se taparían todas las cañerías por una única vez de que le entrara un poco de yerba de más.

Le abrí la canilla y le permití continuar. Mientras, yo bajaba el azúcar y la yerba “Unión” de la alacena.

Le dije que pusiera primero la yerba, y eso hizo. El mate quedó lleno por demás, pero tiré un poquito de yerba sin demasiado inconveniente. Luego, que le agregara una cucharita de azúcar.

Él puso la primera cucharita y le dije que ya estaba perfecto, pero siguió agregando otra, y otra, y otra más, y yo no podía más que sugerirle que creía que estaba bien, mas dejándole el camino libre a que creara su primer mate.

En eso vino su madre a buscarlo, porque era su cumpleaños y algunos invitados se estaban yendo. Así que supo que ya no podía echar más azúcar. Entonces dijo:

—Ahora a revolver —muy entusiasmado—, y agarró la bombilla y revolvió el mate antes de irse.

Luego limpié las cosas que se ensuciaron y me di cuenta de que la yerba alcanzó longitudes impensables por fuera de la basura, incluyendo una silla, y el rincón opuesto de la habitación. Fue muy divertido de notar.

Ahora estoy tomando su mate, sin haberle hecho ninguna modificación: está rico, sinceramente muy rico.

Con cariño, Celeste Torres.

sábado, 14 de marzo de 2026

La Odisea de la Cucaracha

Esta madrugada me encontraba leyendo mi novela en voz alta al grabador de voz, con mi micrófono dinámico, para reescucharla después con más distancia. El problema es que terminó teniendo la extensión de un libro corto, con más de noventa páginas; uno de esos que, pese a su delgadez, siguen ostentando con dignidad la palabra libro en el nombre. Una extensión así hace que cada repasada de corrección sea leer lo que podría ser un tercio de un libro común, o la mitad, o uno entero íntegramente: del calibre del libro Lo que no tiene nombre; libro que no me terminó de gustar. La escritora me pareció una pelotuda, pero, a la vez, no pude dejar de leer hasta terminarlo, y hubo frases con las que me identifiqué.

Para sobrellevar el tiempo que aún me faltaba por leer —llevaba veinte minutos e iba recién empezando por el segundo capítulo de catorce— decidí ir a buscarme una cerveza bien fría.

Me levanté, fui a la heladera más cercana y, cuando volví con mi botín, vi algo pequeño y oscuro cruzar la habitación a toda velocidad. Mi gata, Aiden, la perseguía con esa calma que tienen los felinos cuando no tienen verdadero interés, sino solo curiosidad; casi con amabilidad. Casi como si le pidiera permiso para matarla, a la señora cucaracha, que se había comprado una bombacha.

Rápidamente, con el pánico asentándose en mi estómago, saqué a mi perra guardiana, fiel compañera y soldado: Milanesa, de su cucha.

Contaba con que, pese a su tamaño minúsculo —razón por la cual, cuando hablamos, yo la apodo Pulga, porque es chiquita y saltarina— quizá triplicaba el tamaño de la cucaracha, y esa ventaja podría serle útil: si la cucaracha no la devoraba primero a ella.

Necesitaba a mi ejército dispuesto para la guerra.

Acto seguido, me alejé estratégicamente hacia el otro lado de la puerta de la habitación, desde donde podía supervisar las operaciones sin arriesgar mi integridad física ni mi salud mental —como todos los que organizan guerras, que obvio nunca van a pelear ellos, se quedan en la medida que pueden al margen de las masacres que acontecen en dichas disputas—.

La cucaracha se escondió entre mis dos zapatillas, que reposaban al lado de mi cama, en el suelo. Milanesa corría de un lado a otro, meneando la cola con ese entusiasmo desorientado que la caracteriza, y Aiden miraba al bicho con vago estudio. Lo molestó un poco con la pata y este salió disparado hacia la puerta. Aiden lo persiguió un trecho, hasta el umbral, y yo creí que lo echaría: contra mi expectativa, la cucaracha quedó justo en la puerta, de cara a la salida, pero sin terminar de salir.

—¡Ataque! ¡Milanesa, ataque!

Al escuchar su nombre, Milanesa vino corriendo hacia mí, feliz, agitando la cola, sin mirar siquiera en dirección al enemigo.

—¡Aiden, dale, vení!

Aiden se aburrió y se acostó en el piso. Milanesa iba y volvía, y en algún momento parecía que la gata tenía más entusiasmo por jugar con la perra, escondiéndose atrás del par de zapatillas y meneando la cola, con la cabeza gacha, anticipando el salto característico que surge como consecuencia de esta maniobra, antes que cazar a su objetivo real.

¡Y yo no iba a sacar a mi última soldada, Betillín, porque está retirada! Pero empezaba a dudar si no hubiera sido más efectiva, y si no había cometido un error grave de gestión del grupo de guerra al no convocarla. Al tener tres mascotas, ceder una tarea así comenzaba a parecerse a elegir a uno de tus pokémon para una batalla pokémon.

Intenté, con cuidado, hacer que la cucaracha se moviera para despertar el instinto de mi ejército de inútiles. No funcionó ni una cosa ni la otra. Mi temor era demasiado grande para intentarlo con más esmero, porque si arrancaba a correr hacia afuera vendría directamente hacia mí, y eso no podía suceder.

Finalmente me rendí. Mi grupo había desistido de la pelea desde antes de empezar: fui a buscar el veneno.

Se lo tiré y salió corriendo despavorida hacia adentro, hacia mi cuarto, mientras yo corría también, pero en dirección contraria. Aiden quiso retomar la caza, pero, contra toda mi fobia, entré y la agarré: el bicho ya había sido envenenado.

Así fue el fallecimiento de la señora cucaracha.

Con cariño,
Celeste Torres.

martes, 3 de marzo de 2026

Tía, te hice un dibujo

Esta es mi mamá, este es mi papá. Esta es Sofi, tiene sangre y una curita porque se lastimó —ayer se reventó la cabeza y la tuvieron que coser, él estaba muy asustado y se quedó conmigo—. Este soy yo —ayer me pidió a mí que lo dibujara; me dijo que no podía dibujarse a él mismo porque no se podía ver como para plasmarse en el papel—. Este es el abuelo, tiene tetas porque el otro día estaba desnudo —sin remera—, y esta es la abuela.

Acá están las tías —mitad superior de la hoja—. Esta es la tía Dani, la tía Giuli y esta sos vos. Acá está Benja, la tía Laura, Cristian y el abuelo Alberto.

—Ah, lo dibujaste con el andador.

—Sí, con el coso ese para caminar. Acá —arriba de Benja y Laura— están el tío Enzo y Bety. Esta es la abuela Bety y su novio Miguel. Y acá está la tía Marta.

—Pero la dibujaste sola.

—Sí, porque no tiene a nadie. Para que ella vea.


Me da gracia que ordene por sectores en el papel: después tendría que mostrar otro dibujo que hicimos juntos con él.


Mientras escribía la entrada, me fue arrebatado el dibujo, pero lo tendré inmortalizado en el blog.


Ayer, mientras mi sobrina estaba en la guardia, fui con él a comprar medialunas y masilla para la camioneta. Le dije que, según cuánto saliera la masilla, compraríamos medialunas y, cuando mi respuesta fue afirmativa a la merienda esperada, se puso a saltar y hacer fiesta.

En el camino me crucé a un ex alumno universitario llamado Agustín; alto, pelo colorado, y no recordaba su apellido. Por algún motivo me molestaba ese detalle, así que me forcé a recordarlo, a completar la imagen en mi mente de cuando di una clase virtual por Zoom y estaba su nombre y su apellido, que mi cerebro difuminaba.

No lo saludé; me daba vergüenza mi apariencia y, de cualquier manera, me lo había cruzado varias veces. Se ve que vive cerca. Yo tenía puesto un pantalón clarito muy sucio, de haberme sentado en el piso de mi vehículo, que me dejó el culo de la prenda negro, y una remera sucia, acorde, de los Rolling Stones.

Lo vi y sonrió; supongo que me habrá reconocido. Fingí demencia y seguí hablando con el niño que llevaba de la mano, mientras saltaba a la espera de las medialunas. Yo también le prometí una chocolatada.

Cuando llegamos, Sofi también había llegado.

—Me punieron una curita —me dijo con la cabeza recién cosida y un algodón que por encima llevaba una cinta de tela; las de doctor.

Hice la merienda y los niños me preguntaron dónde quería comer yo, porque ellos querían comer conmigo. Les dije que en la cocina y nos quedamos todos ahí.

Luego fui a buscar dos espátulas y una tabla de madera para masillar la camioneta, y ellos vinieron conmigo. Mi sobrina me dijo:

—Tía, te dibujé un corazón porque te amo.

Si serán tiernos.

Le dije a Iván en secreto que mañana era el cumpleaños de la abuela y que le preparemos un dibujo sorpresa; él me dijo que sí y, poco después, quiso que compartiéramos el secreto con Sofi, así que hicimos una ronda en el patio —como los jugadores de fútbol planificando la jugada— y susurramos el plan.

A la noche, él se puso a hacer el dibujo y Sofi —que, como es más chiquita, no sabe guardar un secreto— lo buchoneaba y le decía a la abuela que lo que estaba dibujando Iván era su regalo de cumpleaños. Él se frustraba y comenzaba de nuevo, convergiendo así en que ella otra vez lo delatara.

Vino conmigo muy frustrado, diciendo que tenía que empezar de nuevo, y que al final ese dibujo tendría que ser para mí, porque ella no dejaba de decirle; yo le dije que no importaba, que a la abuela le iba a gustar igual, así que lo continuó.

Aun así, un poco he de admitir que pensaba: ¿cómo le vas a hacer el regalo sorpresa a la abuela enfrente de ella misma y esperar que no lo note?, pero obviamente son chiquitos, sobre todo muy tiernos, y estas situaciones no les parecen incompatibles.

En ese mismo momento, un rato después, me dijo:

—¿Te acordás cuando la tía Dani vivía? —Me dio muchísima gracia, lo dijo como que hubiera muerto: simplemente se mudó.


El otro día también charlaba con Iván y me contó de una pesadilla que tuvo, diciéndome: tía, soñé algo que no te va a gustar nada.

Me narró que a Sofi la perseguía la policía por usar chupete y se le reventó la cabeza: se quedó sin cabeza completamente. Al final del sueño venía una ulancia —como mencionó él— para colocarle una cabeza nueva; un transplante de cabeza. Estaban en taekwondo, el salón donde hacemos, y se despertó antes de que la curen.

Imagino que será a raíz de que ella sea tan kamikaze. Él tiene pesadillas recurrentemente con situaciones violentas y cada dos días viene asustado porque ella se la re dio.


Una vez lo culparon a él y le gritaron mucho; no se lo merecía para nada. Él quiso abrirle la cuna para que salga y así jugar con ella, pero no contó con que ella estaba parada contra la barandilla de madera que él estaba bajando. El resultado fue evidente: se cayó con todo, otra vez no paraba de sangrar y directamente la llevaron a ver si no tenía ninguna fractura en el cráneo.

Cuando llegué a mi casa y lo vi, él fue corriendo a esconderse atrás de las piernas de Giuli porque tenía miedo de que yo lo retara también.



Con cariño, Celeste Torres.

lunes, 2 de marzo de 2026

Nostalgia - 1

No sé qué hacer de mí.

Hola, amigos del blog. Me siento vacía. En todo sentido.

Estoy ocupando bastante espacio de mi mente en mi camioneta, pero no sé qué tan acertado sea eso o si simplemente busqué otro método más para evadir la realidad. Amo mi camioneta, aunque a veces me pregunto por qué. Sé que es bueno tener un pasatiempo; siento que va un poco más allá de eso. Siento que es solo un escape para intentar ignorar todo el malestar, las cosas malas, el entorno, el no saber qué hacer, y quizá incluso como un método predilecto para salir de respuestas que mi cerebro no quiere afrontar.

Anteayer fui al supermercado chino de la vuelta de mi casa y, al entrar, amagué a agarrar un canastito de los azules, los que simplemente portan manijas para llevar las cosas cargando. El niño, a quien llamo en la privacidad "el chinito" —sin connotaciones negativas ni raciales—, se encontraba jugando dentro de un carro rojo, de los que tienen rueditas y se llevan por detrás como una maleta.

Me dijo que no agarrara ese, que yo tenía que llevar el rojo porque ese es más difícil. Así que inmediatamente dejé el azul y acepté llevar el que el niño me sugirió, con una sonrisa.

Se pasó de un canasto a otro para permitirme agarrarlo y luego se bajó, a la par que hablábamos.

Le dije que tiene dos rueditas y él me dijo que antes tenían cuatro. Le dije que cuatro eran muchísimas rueditas, y me fue siguiendo por los pasillos muy amistosamente, mientras reseñaba mis compras. Le iba sugiriendo a qué pasillo me dirigiría y él optaba por seguirme y continuar nuestra pequeña charla. Me dijo que le gusta el limón, el jugo de limón, la fruta, las galletitas de limón: todo de limón. El niño limón.

Iba a agarrar unas galletitas y le pregunté cuáles debía elegir. Agarró las 9 de Oro de limón con chocolate, y la verdad es que le acertó con rigurosidad. Esas son buenísimas, así que le hice caso. La verdad es que tuve el pensamiento de comprarlas y compartirle en el mismo local, pero temí que sus padres no quisieran, porque ya era tarde y además porque ellos son los dueños del supermercado: ellos tienen muchas más. Sentí que quizá era inapropiado. Sumado a que, si bien me caen muy bien, no siempre les entiendo del todo sus respuestas.

Me acompañó hasta la caja a pagar e hizo la fila conmigo. Me dijo que le gustaba mi remera y mi pantalón; pero un instante después supe que le dijo lo mismo a otra señora. Todos los hombres son iguales, incluso los hombres chiquitos. Aun así, mi remera era una toda sucia, con dibujitos hechos con esmalte sintético que usé para pintar mi bicicleta, y el pantalón era el que uso para cualquier tarea, porque me da igual lo que le suceda y es muy cómodo. Era evidente que aprendió que halagar a los demás es lindo, porque yo precisamente bien vestida no estaba. Ahí también noté un fenómeno, porque cuando se lo dijo a la señora, ella le respondió que a ella le gustan sus crocs; pero no hace falta que la vida sea halago por halago. A veces es bueno recibirlo y después darlo cuando te nace, o ni siquiera hacerlo. No hace falta buscar inmediatamente lo que más te agrada del otro visualmente y correr a decirlo en el mismo momento. El niño llevaba crocs de pato; yo también casi se las halago anteriormente.

Dados los corazones blancos que tenía dibujados mi remera —porque la bicicleta la pintamos con Mariano y él la llevaba prestada, de ahí que le dibujara corazoncitos y bobadas—, el niño me dijo que le parece que los corazones deberían ser de color negro y que el uso del rojo para los mismos le parece incorrecto.

También me contó —aunque para mí quizá no le dijeron nada— que sus padres le contaron sobre qué era el local antes, y dijo que era mucha "caca" —pero él ahora está obsesionado con decir eso y reírse—. Tuve ganas de contarle de verdad qué había antes: un almacén. La verdad no extraño a la gente del almacén. Recuerdo que eran buena gente, pero no siempre eran muy educados. Una vez compré papas que ellos vendían ya embolsadas por algunos kilos y estaban podridas. Cuando volví a devolverlas, por orden de mis padres, la señora del local se enojó muchísimo conmigo, diciendo que era responsabilidad mía por "elegir mal la bolsa"; como si fuera que tengo yo que creer que venden verduras podridas —porque además, reitero, ya estaban embolsadas, no las elegí yo, aunque como sea no debían vender verduras podridas en primer lugar—. Fue incomodísimo, porque me retaba y hablaba mal mientras buscaba papas en buen estado una a una. La verdad, Luis, el chino, nunca haría eso. Quizá es verdad que había caca antes.

Me dio mucha ternura pensar en todo lo que pasó y que, al recurrir tanto al mismo supermercado, nos vimos todos crecer mutuamente: conozco ese local desde que el niño no existía; luego a su madre embarazada de él; el niño en el cochecito meciéndose; cuando recién emitía sonidos y se sentaba cerca de la entrada con muchos juguetes, que muchos involucraban cosas de vocabulario; cuando jugaba con mi sobrino en cuanto iba a comprar con él y tenía que cuidar que no hiciera un desastre; y ahora, que me acompaña por los pasillos. El otro día vi un gatito por el local, con una cuchita y un rascador hecho de cartón.

De alguna manera, para mí es mi sobrino. Si cierran o lo mandan a China no lo voy a ver más, pero le guardo aprecio.

Aunque últimamente estuve muy nostálgica en general.

De por sí me siento con el corazón bastante averiado, pero me está ocurriendo que se rompe el espacio y el tiempo de a momentos. Las calles que se ven iguales, la casa, los muebles...

Hoy me preparaba el mate y miraba la mesa redonda de la cocina como si me encontrara en cualquier momento, casi pudiendo echarle una mirada al pasado. Si alguien que lee el blog forma parte de mi pasado, seguro sepa exactamente de qué estoy hablando; y si forman parte del pasado virtual y veían mis videos, también. Es exactamente igual a como fue siempre. Incluso las cosas que fueron pintadas fueron pintadas tan vagamente que se deja ver exactamente lo que llevaba antes.

Me hizo sentir bastante mal; vacía, insulsa.

Recién estaba jugando con mis sobrinos. Les intento dar todo el tiempo que quieran, incluso aunque yo no tenga ganas de nada, ni siquiera de jugar. No quiero negarme; por ellos no podría molestarme hacer ese sacrificio. Con el corazón roto y todo, me puse a bailar como el muñequito que tienen; nos pusimos a saltar en la cama todos juntos, como generalmente los adultos no admiten hacer —no puedo creer que ahora yo estoy en la posición de adulto responsable—. El ruido de los tres haciendo lío y riendo llamó la atención de la abuela —mi mamá—, que vino a ver que todo estuviera bien, y busqué un par de juguetes para entretenernos. Por eso también suelen venir a buscarme a mí, porque saben que no les digo que no. Mi sobrina hoy encima se partió la cabeza y la tuvieron que coser, pero ya lo olvidó: "me punieron una curita", me dijo. Le tuvieron que coser la frente, pero casi todos los días le terminan teniendo que coser la frente a alguno de los dos.

Ella hoy me dijo: "tía, te dibujé un corazón porque te amo". Me destrozaste, pequeña niña.

Estas dos últimas escenas aparecen dos veces en dos entradas (esta y la siguiente): es como las prendas de ropa; si las tengo, las debo poder vestir las veces que quiera, y eso hice, porque lo escribí con un solo día de diferencia.

Hace un rato, cuando boludéabamos en la cama, los vi jugar y me sentí bastante mal: me sentí rota. Pensaba en mis hermanas y yo de chicas. Todo el desastre que surgió de eso. Los vi y pensé: "qué bajón ser chico". Qué bajón vivir con locos de mierda —porque sus padres me parecen dos desastres— y tener que esperar tanto. Un poco mi pensamiento fue: "quizá consigo pegarla y que ellos puedan tener un lugar seguro; no como yo toda mi vida, que no tengo un lugar al que ir en cualquier momento cuando todo se va a la mierda", pero bastante desanimada me tiene.

Nunca en la vida volvería años atrás.

Son tiernos los niños y es feo ser niño: atrapante, asfixiante, y solo dependés de qué tan bueno haya sido el azar con vos, tanto con tu entorno como en tu posición económica.

La verdad no ando con ganas de nada.

Con cariño, Celeste Torres.

viernes, 27 de febrero de 2026

necesitaba descargarme, estaba enojada - Parte 2 - No tenés por qué hacerlo

NO SABEN LO FELIZ QUE ME SIENTO.

Finalmente fui a la casa de Jesús a refugiarme para mandarle el mensaje a Menganita, quien ahora se apodará Buscaminas, porque no sabés cuándo podés decir algo que detone una bomba en ella, cuándo pisás el palito diciendo algo que, en realidad, para cualquier persona decente, es solo algo racional y ya: porque obviamente le molesta no poder sacar ventaja de otros

Le agradezco muchísimo a mi buen amigo, porque pudimos tomar mate, pude no tener miedo de ir al baño, de moverme, como venía teniendo, y me dijo que siempre voy a tener un refugio ahí. También me dijo que voy a encontrar, además, el refugio definitivo. Yo sé que voy a poder irme de acá; voy a trabajar muy duro para lograrlo.

Él me ayudó un montonazo. Me ayudó a conservar la calma para no entrar en ningún juego tonto de Buscaminas, ni en un ping pong sin sentido, ni en ataques. Incluso cuando ella intentaba hacer comentarios molestos, simplemente ignorarlos; si amenazaba, ignorarlo. Que viera que no me importaba, porque mayormente así era.

Ella no entendía que yo le estaba haciendo un re favor que a mí no me servía. No sé por qué, pero pensaba que, por algún motivo, yo me creía el cuento de que ella me estaba haciendo un favor a mí. Le dejé en claro que no. También que no me interesaba nada de eso, que incluso yo le estaba ofreciendo cosas mucho más útiles que lo que ella me ofrecía.

Yo le estaba haciendo una instalación eléctrica nueva, bajo normativa, absolutamente funcional. Y ella… bueno, pretendía que yo le pagara mil dólares a ella por hacerle la instalación y, a cambio, me daría un auto que no sirve para nada ni funciona, y que nadie le compra porque no vale la pena.

Porque además, ella nunca habla las cosas enteras. En ningún momento terminó de aclarar si se tenía que tratar de una permuta a su favor, o si eran dos cosas separadas, o qué, porque sabía que no le convenía dar la información completa. Mientras ella me decía: "te voy a vender el auto a mil dólares", en realidad me quería decir: "no te voy a pagar la instalación", sin decir esa última parte, porque obviamente que no iba a aceptar bajo esa condición, y ella prefería que yo aceptara sin saber: obvio que no, por algo dije que no haría nada sin firmar un contrato, que precisamente nunca hablaba de la instalación sino de que era una venta aislada: por algo no lo quería firmar pero tampoco aclarar en qué discernía para que pactemos claramente. Tenía el culo sucio, y quería asegurarse un espacio de escape para después cambiar toda la historia.

Les voy a dejar todo el chat para que saquen sus propias conclusiones y también noten el detalle de cómo intenta victimizarse cada dos segundos.

Aclaro algo más: ella es compradora compulsiva. No es que no tiene plata; es que se gasta hasta lo que no tiene en un montón de cosas que no necesita. De ahí que quiera robarle a su hermanita veinte años menor por plata que no necesita realmente: es como tratar con un adicto a las apuestas.


[20:02, 26/2/2026] Celeste: Hablando de eso, me quedó dando vueltas algo. A vos cómo te parece cerrar el tema del pago de la instalación y el auto? Son dos cosas separadas, no?

[20:43, 26/2/2026] Buscaminas: No entiendo.

[20:51, 26/2/2026] Celeste: Estaba pensando que, como los valores del auto y de la instalación son parecidos, por ahí podríamos volver a la idea inicial que me habías propuesto, que el auto fuera forma de pago.

[20:52, 26/2/2026] Buscaminas: Y si. Estoy pagando 2 mil dolares yo.

[20:54, 26/2/2026] Celeste: Eso no es del voyage?

[20:54, 26/2/2026] Buscaminas: Tenía que vender el auto a 4 mil.

[20:55, 26/2/2026] Buscaminas: De ahí le pagaba eso a papa y mil más.

[20:55, 26/2/2026] Buscaminas: Ya le pague 2 mil. Le pago 2 mil más. Vos 1, porque a tanto no llego.

[HAGO UN INCISO DE LO QUE ME OFENDE SU O-SA-DÍ-A (aunque todo lo que dice es un montón): me da gracia que diga “yo le pago dos mil, vos uno”, pero ¿qué tiene que ver? O sea, habla como diciendo: “¿Ves que estoy pagando la mayor parte?”. ¿La mayor parte de qué? ¿De tu auto? Si yo te debo mil dólares, te los debo a vos, y cuando son tuyos los gastás en lo que tengas ganas. De ahí a insinuar que yo te debo pagar tu auto es una completa locura]

[20:56, 26/2/2026] Buscaminas: Creías que sale 1 mil dolares? Jajaj.

[Audio Transcrito 20:57, 26/2/2026] Buscaminas: Con papá habíamos quedado que cuando vendía el auto le pagaba lo que le faltaba, pero el auto estaba entre 4 y 4 mil. El valor del auto, por eso, como no había tanta diferencia, se lo iba a poder pagar. Pero ahora le estoy pagando 4 mil dólares, de los que ahora pensaba que yo le iba a pagar dos mil como mucho, o sea lo que ya pagué.

[21:11, 26/2/2026] Celeste: Ah, yo había entendido que habías dicho que no lo estabas pudiendo vender a ese valor y que me lo ibas a dejar a cambio del trabajo, como me habías dicho en un principio. Entonces, si es así, creo que prefiero no seguir con la permuta, porque estuve viendo cuánto sale mi trabajo y no me cierra. Me gustaría saber entonces cómo podría ser la forma de pago, porque me consume mucho tiempo, o que arregles con alguien más.

[21:12, 26/2/2026] Buscaminas: Claro, lo tengo publicado a 4500.

[21:12, 26/2/2026] Buscaminas: Y de ahí lo iba bajando, pero lo saque.

[21:13, 26/2/2026] Buscaminas: Nosotras no hablamos de dejarte el auto a cambio del trabajo. Solo te dije cuanto podía poner yo por el auto para que te lo quedes vos.

[21:14, 26/2/2026] Buscaminas: Y cuanto sale tu trabajo? Esto mismo me lo tendrías que haber dicho antes de hacerlo para saber si podía.

[21:16, 26/2/2026] Buscaminas: Hay que firmar hasta lo que decimos jajaj.

[21:20, 26/2/2026] Buscaminas: Decime el valor.

[21:20, 26/2/2026] Celeste: Tranqui. Estoy de acuerdo con vos, no te voy a cobrar lo que hice. Solamente, en este punto, al darme cuenta de todo el trabajo que conlleva y haber hecho cálculos de cuánto sería el presupuesto, si bien quería hacerlo lo más económico que se pudiera porque sos mi hermana, terminé sintiendo que perdía más que lo que ganaba y que al final te pagaba yo por el trabajo. Por eso quisiera terminar de aclararlo y, de ahí, decidir no seguir o seguir con términos más claros que no me perjudiquen y que sea justo para ambas.

[21:25, 26/2/2026] Buscaminas: Bueno. Pero tenemos que hablarno. Yo pensé que entendías que deje de ponerlo en venta porque iba a pagar esos 2 mil dolares yo.

[21:47, 26/2/2026] Celeste: Está bien. La verdad creo que a las dos nos conviene lo del Logan. La instalación ronda un valor bastante alto, después te paso bien los números, pero está alrededor de los dos millones. Si lo vemos solo en plata, probablemente te termine saliendo más caro, y entiendo que estás medio ajustada con la plata. Por eso me parece más lógico volver a la idea de permutarlo como parte de pago. A mí también me cierra más así. Si preferís ver cuánto te cobra otra persona para terminar lo que falta, no hay problema. Fijate qué te conviene más. Yo lo único que quiero es que quede claro y que sea algo equilibrado para las dos.

[Audio Transcrito 21:50], 26/2/2026] Buscaminas: Sí, Nico, yo te entiendo lo que me decís. Lo que sí tenemos que definirlo ya, porque mil dólares son 1 millón 500 mil. O sea, los 2k que estoy poniendo son tres millones, bah, que estoy poniendo, que espero llegar a poner. [... Acá se victimizaba diciendo que no gana plata y bla bla que a nadie le importa]

Pero si no lo querés lo vendo mañana mismo a una concesionaria, mañana mismo así como está, para sacármelo de encima. Y el de papá se lo voy a devolver, si hacemos así, se lo devuelvo, así ya no tengo más deuda por ese lado, porque es mucho. No tengo más de dónde sacar esa plata. No es que puedo sacar de mis ahorros, no la tengo.

Entonces no quiero más situaciones. Estoy toda mezclada, ya no sé qué ni qué querés, ni qué no querés, ni qué tengo que hacer, ni qué no tengo que hacer. Estoy muy cansada, trabajando casi el doble de horas para ganar casi lo mismo. No tengo ganancia, se me suman muchas cosas.

Por eso, si querés lo hablamos todo bien. Yo pensé que sabías el valor, que era 4500 dólares [nunca acepté pagarte 4500 dólares, encima había hablado con ella anteriormente, quien admitió que ese ni a palos era el valor real del auto y lo debaja alto porque sabía que siempre lo regateaban, perdón seguidores del blog estoy indignadísima, me cuesta no acotar las verdaderas respuestas que quería decir a cada oración de ella]. Y bueno, ya no sé qué te dije y qué no, me perdí.

[21:57, 26/2/2026] Celeste: Okey. Me parece bien 🙌🩷 . Si no hay forma de pago entonces no puedo seguir el trabajo, pero si querés fijate lo de llamar a alguien más para que haga lo faltante. A partir de este punto es más barato.


No saben lo tranquila que me siento ahora mismo. No cambiaría esta tranquilidad por nada. No pienso volver a dejar que nadie cruce límites tan importantes. Me siento libre. Indignada... Pero libre.

Además, ¿se dan cuenta del poco sentido que tiene todo lo que dice, al igual que yo?

Está hablando de “la plata que ella puede poner para pagar su auto para no tener que vender el Logan”, pero después dice que a mí no me puede pagar con plata. ¿? Cómo cambia todas sus versiones como tiene ganas. Qué pereza la gente así, con la que hablar es rarísimo porque inventan a conveniencia.

O sea:

Le dije que venda el Logan y que mejor me pague con plata. Ella admite que, si vendiera el Logan, sí me podría pagar, porque admite que, sin venderlo, puede llegar a juntar 2k dólares por fuera de la venta del auto (mi trabajo sale menos que eso), y que, en sus números, podría terminar incluso de pagar el Voyage, porque el Logan estaría vendido, según ella.

Logan vendido + 2k dólares por fuera: 6500 dólares. Le alcanzaría perfecto, y son sus propios números (quitando que el logan ni de casualidad se puede vender por ese número, pero es el número que ella jura).

Peeero, cuando entro yo en juego, esa plata desaparece de la ecuación. Incluso, si me diera el Logan, ella misma, en una conversación verbal que tuvimos, admitió que sí llegaría a juntar los 3k dólares para terminar de pagar el Voyage. El tema acá no es que no pueda pagarlo, sino que quiere que yo le pague a ella su auto, y nada más. Que yo crea que de verdad me conviene hacerle la instalación mientras le pago yo a ella.

Encima, si bien obviamente no me convenció como ella creía, me juraba que el logan era mucho mejor que el voyage. ¿Si era mejor por qué no cancela la compra del voyage y se queda el logan? Porque obviamente sabe que con el logan no hace dos cuadras, y el voyage anda perfecto y tiene vtv, nunca fue taxista, y si bien tiene defectos estéticos está mecánicamente bien cuidado.

Cuando yo acepté comprarlo por mil dólares no fue por ese motivo, sino para aprender de mecánica, por la mecánica simple que lo caracteriza. Tampoco había aceptado pagarlo por más de mil dólares como ella juraba; ese fue un trato que hizo ella con sus otras personalidades, porque ni en pedo compro ese cacharro por 4.500 dólares. También, cuando acepté hacer la instalación, era una mezcla de este trato sistematizado hacia mí combinado con el deseo de ayudar; no porque ella me haya convencido de que me convenía hacerle una instalación entera gratis... Ah, no, gratis no, paga, pagándole yo mil dólares. Eso es lo más molesto. Prefiero simple honestidad a una manipulación barata... O cara, mejor dicho, manipulación cara, de 4500 dólares.

Porque además se dijo y desdijo muchas veces: en un comienzo, cuando dejó de tolerar al Logan, se lo ofreció regalado a mi papá; él le dijo que “ese auto de mierda” no lo quería ni regalado. Después, que lo quería vender por un millón de pesos. Y, cuando trató de querer hacerme quedar mal, dijo: “¿Creías que sale mil dólares? Jajaj”.

A eso tendría para decirle: “¿Y vos creías que mi trabajo es gratuito? Aprovechada, chupasangre, MOSQUITA MUERTA, hija de un retoño de prostitutas baratas”.

Que ni me intente amenazar con que va a venderlo, porque no se lo van a aceptar en ningún lado. Además, es mentira que lo sacó de Marketplace; yo busqué la publicación y la tengo, sigue ahí: son tres publicaciones. Encima, no me interesa si ella se queda con el Voyage o no: no me modifica a mí, la modifica a ella. Todas esas fueron sus decisiones financieras. Que no me quiera meter en la misma bolsa como si algo de eso fuera culpa mía, o como si yo tuviera responsabilidad en que ella tenga un vehículo o no. No, Buscaminas, no voy a pagarte tu auto, y encima quedarme otro. Justamente la otra vez la mandé a la mierda porque intentó que yo le pague el auto, y fue como... no, obvio que no... Ahora vino con una propuesta distinta que de a poco fue deslizando más y más lo mismo que en un principio rechacé, porque siempre va jugando con los límites y las versiones.

No me conmueve. Si yo tengo un cliente que no me puede pagar, entonces le agendo una cita cuando tenga plata. Además, me intenta dejar “al descubierto” diciendo que le tuve que haber dicho antes el valor de la instalación. Reitero: no, no pasa nada, no soy un sicario: no voy a mandarle el dedo de uno de sus hijos por encomienda. Era obvio que una instalación desde cero sale cara. No va a pensar que iba a salir veinte mil pesos. Pero ella me dejó avanzar porque nunca tuvo intenciones de pagarme, porque, si no, me hubiera dicho de antemano que pactemos eso.

Reitero: no me interesa esa plata. Solamente me interesaba no hacer nada más sin una compensación justa, y me jodió un montón la actitud.

Además, pueden ver claramente cómo la intención de ella nunca fue pagarme por nada, ni siquiera con el auto. Les juro que ese auto no vale cuatro mil quinientos dólares. Incluso si "los vale", entonces no lo quiero comprar. Justamente por eso nadie se lo compra. Por eso ahora tampoco tengo intenciones de renegociar, porque sé que una promesa de pagarme no va a ser más que eso: una promesa. Y que no va a hacerlo, o después va a cambiar la versión de la nada, a gusto, como ya hizo con lo del auto.

Ella sí había dicho de dejármelo como forma entera de pago y, de la nada, se hizo la boluda. Y yo, para comprarlo, escribí un contrato porque sé que ella es muy fantasiosa. Justamente, no decía nada de que le tenía que terminar de pagar el Voyage ni que tuviera que ver con la instalación eléctrica. Ella no lo firmó y lo postergó muchísimo, porque no le convenía realmente aclarar todos los términos y condiciones de esa transacción. En un momento dijo algo de que no le gustaba tener que firmar un contrato o que se sentía rara haciéndolo. Solo te podés sentir rara firmándolo si me querés cagar con algo y no te gusta el lenguaje claro, que después no vas a poder cambiar a gusto y antojo.

También quiso desdecirse varias veces de cosas que dijo, incluso de que no estaba pudiendo vender el auto. Según ella, ahora puede, cuando antes lo intentó con muchas ganas y, de toda la gente que vino, nadie le volvió a escribir. Ahí fue cuando tomó la decisión de permutármelo. Había quedado en dármelo como forma de pago. Después se puso a analizar de qué manera sacar más ventaja y ahí me lo quiso vender.

Por eso le pregunté, para que viera lo ilógico de la situación, si no eran asuntos separados. Porque, si me estás vendiendo el Logan, entonces me pagás la instalación aparte y yo te compro el auto aparte. No existe que me pagues con algo con lo que, encima, te tengo que pagar yo a vos.

Hacés media cuadra con ese auto y ya se rompió todo. No tiene fuerza, está en marcha y se detiene, está todo roto, el acelerador está malísimo. Todo está terrible. No vale cuatro mil quinientos dólares y nadie se lo va a comprar por ese precio. Que no intente hacerlo ver como una permuta que me beneficia.

Ahora se quedó sin electricista: eso pasa cuando intentás aprovecharte de las personas que te tratan bien. Se me estaban colgando de los huevos, disculpen la vulgaridad.

Me quité todas las garrapatas, una a una, con una pinza. Estoy muy emocionada de contárselo a mi psicóloga mañana.

Seguro Buscaminas ya me está criticando con todos, pero no me importa. Haga o no haga, ella es siempre la misma víbora venenosa de siempre.

Hoy no dormí en todo el día. Solo dormí una siesta de dos horas. Así que sé que hoy, al fin, voy a poder dormir.

Qué felicidad algo tan sencillo. Me muero de ganas.


Actualización:

Buscaminas obviamente no hizo nada de sus amenazas jajjjaja. Le dejé las llaves del Logan en el comedor de mi casa y después vi que ni siquiera estaba el auto en su garaje porque lo estaba usando. No devolvió el Voyage ni vendió “hoy mismo” el Logan. Porque, claro, ya lo había intentado antes y no le salió.

Además, ¿qué clase de amenaza es que ella se quede sin auto? ¿En qué universo eso tendría que importarme a mí?

Quiero ver cuánto tarda en venir a llorar cuando se dé cuenta de que intentar perjudicarme le salió mal y que ahora, por hacerse la viva, va a terminar gastando mucho más. No va a poder vender el auto como cree, un electricista cualquiera le va a cobrar muchísimo más y ahí espero que recuerde todo esto que hizo de querer estafarme a conveniencia. Porque si me hubiera dado el auto, yo le hacía la instalación completa. Y reitero: incluso si el auto estuviera valuado en 1.000 dólares, igual me quedaba debiendo. No yo a ella.

Aún así, si vuelve corriendo como ya hizo antes (porque en un momento yo le rechacé la oferta del auto porque me lo quería vender aún más caro y la mandé a volar, entonces lo intentó vender otra vez, y otra vez nadie se lo compró, por eso volvió a probar conmigo otra vez pero reduciendo el precio y no hablando toda su propuesta creyendo que iba a aceptar a ciegas. Tres veces en total me lo ofreció), no voy a negociar nada con alguien que me quiso cagar varias veces.

No se puede hablar con una loca.

Por más de esa plata yo no lo compraba. Prefiero quedarme con mi camioneta y hacerla nuevita, invirtiéndole todo mi tiempo, y no al proyecto de alguien más. Mi camioneta nunca me haría eso.

Después la vi, la saludé amablemente y ni me respondió. Espero que haya sido vergüenza, porque si fue enojo, no está en posición de sostenerlo.

Hablé con la psicóloga y me sentí muy bien. No terminé de contarle todo, pero obviamente ya llama la atención que no quisiera firmar el contrato, que nunca diga todo completo y que siempre quiera presentar las cosas como si fueran en mi beneficio. Se parece a alguien que intenta convencerte de entrar en una estafa piramidal.

La pregunta de esta semana fue: ¿Cómo me siento yo cuando entro en ese momento de comparación? Algo así, parafraseando. Me gusta mucho la pregunta. Tiene que ver con lo anterior: en mi familia hay muchas comparaciones constantes. Que si este electricista, que si tu otra hermana, que si tal persona… y siempre generan situaciones que me dejan en desventaja. Mi psicóloga me mencionó varias más porque le conté cosas extra, pero sí, siempre hacen lo mismo. Son de manual.


Actualización de la actualización: en primer lugar, pasaron varios días y sigue sin devolver el Voyage ni “vender” el Logan. Fuera de eso, el Logan me rompe los huevos en el garaje porque me obliga a dejar mi camioneta en la parte sin techo por su autito de mierda.

En otras noticias, fui a buscar mi camioneta para seguir trabajando en ella y aproveché para sacarle al logan el velocímetro que le arreglé; con un alicate de pies lo corté y volví a recuperar el repuesto. Ni a palos le voy a dejar el auto mejor de onda después de que me quiso mentir y robar. Mariano me dijo que no lo haga, que salió solo tres mil pesos, pero obviamente no pasaba por el precio del repuesto, sino por osar robarme; porque ya bastante robo es que no me pague todo lo que ya hice gratis. También, como le he contado a Mariano y Jesús, ella ya me ha robado plata de verdad, no solo en cuestiones de presupuestos: de agarrar plata mía y apropiársela.

No sé por qué siempre vuelvo a confiar en mi familia, a perdonarlos y pensar que algo cambió, o podría cambiar.

También tendría que darle vergüenza que ni pueda decir su nombre real acá, como si puedo decir el de Marian y Jesús, que no hacen cosas malintencionadas ni mword animales.

Lo que sí: no le pienso pasar los planos de la instalación eléctrica y, si los llega a querer para continuar con otra persona, va a tener que pagarme lo que salen. Si no, van a tener que imaginar qué quise hacer o incluso le van a poner todo en el mismo circuito, con una termomagnética altísima, y se le va a incendiar la casa por contratar al primer pobre negrito desesperado que “cobra más barato” (no es por estereotipar, pero siempre es así).

Estoy muy orgullosa. También estoy muy tranquila, en paz, ¿creo? Mi definición, no lo sé, porque aún siento rabia: y tiene sentido porque es algo que arrastro de toda una vida.

Con ella ni siquiera me hace falta ser vengativa ni hacer nada, porque es tonta; solo necesito verla sin más. Ella es su propia desgracia.

Aunque siendo honestos: ojalá mudarme y no verla nunca más ni de casualidad, es la hermana que menos me interesa en el mundo, que más mala fue conmigo, y hasta me parece psicopática. Solo quiero mucho a mis sobrinos, pero por mí ella puede mword.

¡¡Qué ganas de no verte nunca más, qué ganas de no verte nunca más!! 🎶🎵🎶


Los quiero muchísimo.

Con cariño, Celeste Torres.

No tenés por qué hacerlo - Crisis y aislamiento - PARTE 1

Hola, amigos.

Cuando estoy muy estresada tiendo a encerrarme en mí misma, simbólica y literalmente; a aislarme del entorno que me rodea.

Siempre vuelve a pasar lo mismo. Acá, en mi casa, se desatan peleas con facilidad y, sobre todo, con una frecuencia que ya no sorprende: aun si desgasta. He de confesar que hace días que no me baño con tal de no levantarme, de no salir, de no verlos.

Recién mandaba audios a Jesús, a las cinco de la mañana, perdón, amigo mío. Le contaba sobre mis pensamientos conflictivos respecto de cosas actuales. Les juro que no puedo dormir ninguna noche; de día no puedo levantarme, no quiero ver a nadie. Toda esta situación me inutiliza, me hace querer escapar, y ser disfuncional de la realidad que habito, y del resto de cosas al problema en sí que me genera ese estado.

Hay tantas cosas que me generan malestar y no me permiten actuar con normalidad. Yo le contaba de eso a la psicóloga, de cómo los conflictos y la ansiedad me vuelven un potus, una planta decorativa en mi propia vida, y de lo mal que me hace sentir eso. Aunque ella varias veces me remarcó que, cuando yo siento que no estoy haciendo nada, después le cuento con mucho entusiasmo que estoy haciendo bastantes cosas, y que esas cosas requieren suficiente energía como para, supuestamente, “no estar haciendo nada”.

Ahora estoy teniendo un problema con mi vínculo familiar, con toda mi familia cercana: son absolutamente aprovechados, y siento que me drenan muchísima energía. Piden, piden, piden, piden… y no dan nada a cambio más que gritos y discusiones. Si les hago un favor es porque lo tenía que hacer, porque era mi deber; si no lo hago es porque soy mala, una peste; si lo hago, pero no como querían, es porque soy una inútil, una buena para nada.

Pensaba que eso era solo algo de mis padres, pero no. Resultó ser que mis hermanas son iguales.

Eso me hizo replantearme muchísimas cosas: recordar todas las veces que intenté hablar con toda la serenidad del mundo sobre cosas que me incomodaban, y cómo, cada vez que intentás hablar de algo con mi familia, creen automáticamente que es un ataque y reaccionan como si los hubieras intentado apuñalar y ellos debieran defenderse, por vida o muerte.

Mi psicóloga me había dicho que, si no tenía intenciones de cortar lazos con mi hermana, intentara hablarle de las cosas que me molestaban cuando estuviera con la guardia baja, cuando no sintiera que tenía que responder agresivamente y a toda costa. Lo intenté, y el resultado fue lamentable. Volvió a ocurrir lo mismo. Activaba la guardia en el mismo instante en que yo intentaba hablar. Así es absolutamente toda mi familia.

Recuerdo muchísimos momentos que desembocaron en lo mismo.

Una vez, mi papá me estaba pidiendo, a los gritos y con amenazas, que limpiara algo. Le dije que lo haría con inmediatez, pero solo si me lo pedía bien. Adivinen si lo hizo. Claramente, no limpié. Esa situación se volvió a repetir varias veces, con distintas cosas. Nunca intentaba abordarlo de una forma distinta, siempre era gritando; entonces yo nunca lo hacía, y eso me convertía a mí en vaga, pero no a él en violento, según los conceptos que se manejan en mi casa.

También recuerdo otra escena: habían venido mis otras dos hermanas de visita, porque viven en otro país. No me acuerdo exactamente qué había pasado, pero mi mamá me dijo algo por chat y yo le respondí con tranquilidad. Ella empezó a decir que la maltraté, que la insulté, que le falté el respeto, que soy mala y loca. Mis hermanas le insistieron en que mostrara el chat. Yo estaba en la mesa absolutamente resignada, sin siquiera emitir palabra, sin intentar defenderme, ya desde el hartazgo. Ellas lo leyeron y dijeron: “No te habló mal en ningún momento. Ella es la más tranquila; no sé por qué ustedes dicen lo contrario”. Y eso me devolvió un poco de alivio, porque cuando siempre te dicen que estás respondiendo mal, que hacés todo mal, llega un punto en que no sabés qué creer. Pero a la vez es asfixiante, porque no hay poronga que les venga bien. ¿Cómo se supone que tenés que hablarles si hablar normal, para ellos, ya es hablar mal?

El otro día, una de mis hermanas colmó el vaso. Fue el momento en que terminé de notar el maltrato que siempre recibo y cómo lo termino admitiendo, quedando como la imbécil que hace todo por nada. Especialmente porque acá tengo fama de vaga y descomprometida, pero soy la misma que siempre limpió, ayudó, fue a comprar, lavó los autos, les arregló cosas, arregla la electricidad del hogar a cualquier hora y gratis; no solo en la casa en la que vivo, sino en la de cualquier familiar, porque es familiar y entonces no hay que cobrarle: hay que regalarle todo el tiempo. Jamás se les cae un agradecimiento, y generalmente incluso me hacen más escándalos que simplemente no responder nada.

Incluso me recuerda a una parte rara de mi familia, que vive cerca de mi casa pero nunca en la vida los vi. Sé dónde viven. He visto la puerta. Jamás a ellos. Esa gente rara, sin siquiera saber mi nombre, me pidieron que les arreglara un televisor. Dije que estaba bien, que me lo trajeran cuando pudieran y yo lo miraba. No me lo dieron, porque no sé si es que no salen de sus casas o qué.

Mi papá insistía en que fuera yo a la casa de ellos, prácticamente por obligación, y que, de última, le cobrara algo de plata a él (nunca invitarme a conocerlos al menos, porque ni los conozco, sino a ir en posición de técnica). Y ni siquiera me admitieron eso. Con la rareza con la que se portan y el misterio de no ver sus caras, ni siquiera los pude ayudar (y menos mal, porque me cayó terrible esa actitud).

Y las cosas que dejé de hacer, como limpiar con la constancia que limpiaba antes, que limpiaba todos los días, lo dejé de hacer por el maltrato que recibía. Mi papá me cerró el baño con candado y le dio una llave a todos de mi familia menos a mí porque, según él, lo limpié “mal” (porque había una baldosa desteñida; según él, eso era suciedad; a día de hoy sigue igual, porque nunca fue suciedad). Me dejó bañándome con tachitos de agua en un baño abandonado del fondo, en invierno, por su capricho. Obviamente, nunca más limpié como hacía antes, aunque sí sigo limpiando; pero, claro, supuestamente yo soy vaga. Solo a mí me queda el mote, no a él, que siempre tuvo las actitudes de este estilo. Es como que todos acá fingen demencia colectivamente y se ponen de acuerdo en agarrársela conmigo aún viendo las situaciones claras de injusticia. Cuando me echó de la casa, me tenía que robar alguna lata de arvejas a la madrugada, cuando ellos no estaban despiertos, para poder comer algo en el día, porque también cerró la cocina con candado, así que necesitaba robar algo de no cocción. ¿Soy yo la vaga o es que, haga lo que haga, siempre me trataban mal? Y eso que sigo haciendo un montonazo de cosas, y siguen diciendo que no hago nada. ¡Pero la re puta madre!

Mi hermana me había escrito de noche, pasada la medianoche. Yo estaba tranquila con mi novio: estaba editando un video para mi TikTok laboral y él estaba cebando unos mates y boludeando. Me empezó a llamar insistentemente y le atendí, a ver qué necesitaba. Me dijo que se le había cortado la luz, que escuchó como un golpe seco antes de que se cortara, que creía que algo había cortocircuitado. Me dijo que creía que era un tomacorriente del patio; le dije que haga videollamada y eso hizo. Cuando me lo mostró, le dije que no, porque, si no, se notaría a simple vista. Etcétera, etcétera, y vio el chispazo salir de un cable que iba a una lámpara del patio. Le dije que apague el interruptor y vuelva a dar luz: funcionó, le arreglé el problema a la distancia; porque si cortocircuitaba al abrir el contacto ya no se tocarían más fase y neutro. Les dije que no lo prendieran hasta que yo no lo arreglara.

Insistía en que fuera a su casa a esa hora. Vive a media cuadra de la villa; sus vecinos de la esquina incluso mataron a uno y siempre se están peleando con alguien en la calle. No tengo auto, no hay un colectivo cómodo que me deje, y era muy tarde. Le dije: “Voy a ver si tal persona me presta su auto, pero prefiero no ir, porque, si le llego a rayar el auto o algo, estoy en un re drama, porque no es mío, y prefiero no pedir autos prestados, y menos a alguien que es de naturaleza quilombera. Y voy con Mariano”. Ella me dice: “Ah, no. Si viene Mariano, vengan comidos, porque no los pienso invitar a comer”.

¿Entonces Mariano y yo teníamos que desperdiciar tiempo en ir a su casa para arreglarle algo gratis, a riesgo de pedir un auto ajeno prestado y ser despreciados por ella? Le dije que estaba en altavoz y que me pareció repudiable lo que dijo; ella respondió que a ella le parecía bien ser así de irrespetuosa y desconsiderada y se rió.

Obviamente, no fui.

Esta situación se vuelve más molesta cada vez. En primer lugar, porque tengo otra hermana; a este punto les voy a poner apodos, porque tengo demasiadas hermanas. Se va a llamar Raquel, y la hermana desconsiderada se va a llamar Andrea.

Mi hermana Raquel es muy… no sé cómo explicarlo: ausente. Nunca, cuando la necesites, va a estar ahí. Si quedás con ella para una hora, no va a aparecer. Para que se den una idea, el año pasado estábamos todos por festejar su cumpleaños y lo canceló también sobre la hora: su propio cumpleaños. Varias personas se tuvieron que meter la torta y sus regalos por el ano porque a ella se le ocurrió cancelar, y la torta terminó pudriéndose lentamente en una heladera, mientras la familia intentaba comer lo más posible para que no hubiera sido tan en vano. Yo, por suerte, ya no esperaba nada de ella, así que ni siquiera me arreglé, solo hice mi día normal. Era cantado que siempre cancela. Ya es feo que la gente termine así de predispuesta a que tu accionar sea siempre el mismo y, encima, haber tenido razón yo al no esperar nada nuevo. Ella decía: “Pero ¿a quién le importa? Es mi cumpleaños, a mí me tiene que importar”. Sí, pero invitaste gente que te reservó ese espacio de su día y te preparó cosas. Más que ausente es egoísta. Y digo esto por no nombrar todo el resto de defectos que tiene.

El tema es que Andrea siempre espera la llegada de Raquel. Y dos veces le ofreció pagarle ubers desde capital (pagarle ubers siendo que Andrea no tiene trabajo y Raquel sí) para que la vaya a visitar. Es una actitud muy migajera, a mi parecer.

Yo estuve en todos los momentos duros de Andrea en los que pidió, de alguna manera, compañía y que la vayamos a visitar: siempre estaba yo; Raquel no, como es de esperar.

También, un día cercano, Andrea había organizado una piyamada. Invitó a los hijos de Menganita, a Raquel y a mí. Le cancelaron todos; solo asistí yo a esa piyamada.

Encima, Raquel dijo que no iba porque estaba enferma. Yo también estaba enferma: apenas pude dormir del dolor de cabeza y terminé agarrando hielo del freezer para ponérmelo en la frente, a ver si calmaba el dolor y podía dormir, hasta que Andrea se despertó y le pude pedir un ibuprofeno.

Andrea sabía que podía contar conmigo, y lo sabía muy bien, porque eso es lo que hacía.

Incluso el 14 de febrero. Andrea rompió con su novio y yo, que estaba pasando un buen San Valentín con Mariano, me hice un pequeño espacio. Le dije que iba a tomar unos mates, pero que me volvía pronto por la fecha que era. Raquel estaba invitada: adivinen si llegó.

Así con todo. Y conmigo siempre tiene una manera despreciativa de tratar, pero no deja de esperar la llegada de Raquel, como si fuera algo espectacular y no que estás invitando a una amargada que siquiera tiene ganas de estar ahí y solo va si no se le ocurrió qué excusa ponerte o el novio no estaba disponible en ese momento.

Hace unos días me reprochó, de una manera asquerosa, que esa medianoche yo no fui a solucionarle su problema. Todo esto que les cuento es de hace muy poco. Yo le dije que no tuve manera de ir y que, además, su respuesta a siquiera insinuar invitarnos a comer fue desagradable; lo peor es que no pretendía que nos invitara. Pero, a pesar de eso, yo siempre estuve para ella, cada vez que dijo que fuéramos a charlar con ella, y que solo aparecí yo.

Además, en uno de esos días en que me dijo que fuera, le pedí si no podía pasarme a buscar caminando a unas cuadras, que nos quedaban intermedias entre una casa y la otra, así no me aburría en el camino; y me dijo que no, que no tenía ganas. Quizá eran unas cinco cuadras; ni siquiera caminaba cinco cuadras por mí. Pero yo tenía que pintarle la pieza (yo odio pintar paredes; incluso me han escrito personas queriéndome contratar para pintar y lo rechacé porque no me gusta hacerlo, a ella la ayudé igual con todo el amor del mundo; algo que ni pago haría por cualquier extraño, y a las pruebas me remito. Raquel estaba invitada... ¿Hace falta que lo diga?), arreglarle el ventilador, pedir autos prestados, ponerle luces en la terraza e ir corriendo a la una de la mañana a su casa. Saquen sus propias conclusiones.

Ella me comparó con Raquel y dijo que ella siempre fue a su casa. Le pregunté cuándo, y me respondió: en el cumpleaños de Andrea (que yo también estuve y ella llegó claramente tarde) y “el otro día” (como ella mencionó). He de mencionar que, cuando me comparó con ella diciendo que siempre estaba, ese mismísimo día Raquel estaba invitada y canceló tardísimo, provocando que hicieran mucha más comida contando con ella también, quien obviamente nunca llegó. Irónico. Le pregunté si me podía mencionar al menos una fecha más; obviamente que no pudo. Pero, además, Raquel no hace nada: literalmente va a tomar mate. A mí me pide un montón de cosas de mi oficio, ni lenta ni perezosa. Y, aun así, ni siquiera me ofreció un uber por interrumpir toda mi vida para ir a ayudarla a ella, a cambio de nada, en la madrugada.

No sé por qué yo dejaba pasar todas estas actitudes como si nada. Simplemente me parecía costumbre, me parecía normal.

Hasta que recibí esa comparación con Raquel, que dejó ver cuánto invalidaba mi esfuerzo. Raquel, la verdad, me demuestra que en la vida vale más ser tan inútil que ni siquiera puedan aprovecharse de vos. También me había dicho que “no podía esperar a que mis arreglos eléctricos lleguen cuando no estuviera deprimida o con mi novio”. Literalmente tengo chats en los que le digo que estoy re deprimida, pero que voy a ir a ver si me animo más; nunca un “estoy deprimida” que desemboca en “no voy a ir”. Es más, tengo el último chat con ellas donde, qué casualidad, Raquel cancela en la hora en la que tuvo que haber llegado, no en la que tuvo que haber salido. Y dice que cancelaba porque tenía “ansiedad”. Es más, adjunto el último chat:


[23/2 18:11] Celeste: Andrea yo me baño y si no te jode voy
[23/2 18:20] Andrea: siii de una
[23/2 18:20] Andrea: conseguila a Raquel
[23/2 18:26] Celeste: Como
[23/2 18:26] Celeste: Bueno entonces ya en un ratito salgo para alla
[23/2 18:26] Andrea: es que no está viniendo y no contesta, la podes llamar y eso?
[23/2 18:29] Celeste: Oki
[23/2 18:30] Celeste: No atendio
[23/2 18:38] Raquel: al final no voy a ir 🫠
[23/2 18:38] Andrea: amiga veniiiii estoy haciendo 6 docenas
[23/2 18:38] Andrea: te pago un uber
[23/2 18:46] Celeste: Tengo mucha depresion
[23/2 18:46] Celeste: Bueno pero estoy muy decaida no sé si pueda vacer lecturas muy útiles [Andrea había dicho que lleve el tarot pero me olvidé de seleccionar ese mensaje]
[23/2 18:47] Celeste: Yo quiero mate y compañía nada mas
[23/2 18:51] Raquel: sinceramente no quiero ser mala pero me da un poco de amsiedad que vayan xadres tipo no tengo problema con ellos pero siento que puede serlo si es una comida donde uno va hablar quizas y no sé
[23/2 18:59] Celeste: Ay Raquel
[23/2 19:00] Andrea: amiga me podrías haber dicho antes de hacer una cantidad industrial de comida ☠️
[23/2 19:00] Andrea: si desde el primer momento plantee que venían xadres
[23/2 20:02] Celeste: Sinceramente estoy de acuerdo. No está mal cancelar pero por qué cancelás cuando ya tuviste que haber llegado
[23/2 20:02] Celeste: No entiendo
[23/2 20:02] Celeste: Al menos podías cancelar unas horas antes
[23/2 20:03] Celeste: Y no es ser mala, es ser respetuosa. O sea a nadie le jode que no vengas ni que vengas, pero para que decirlo a la misma hora de la cena del día que nos juntábamos 🤔
[23/2 20:05] Celeste: Y lo digo porque son las 8 y ya tenemos todo, estamos horneando y estamos todos acá, y vos cancelaste a las 7, tipo nada antes
[23/2 20:05] Celeste: No es ni reprochándote ni nada, de verdad
[23/2 20:05] Celeste: Es con amor y mucha paz
[23/2 20:05] Celeste: Posta que no entiendo, y te quería dar mi punto, pero bueno
[23/2 20:06] Celeste: Mi punto, mi opinión**
[23/2 20:07] Celeste: O sea porque a las 7 tendrias que ya haber salido hacia 3 horas jajjaja o sea ya sabias q no ibas a venir


Me dijo que iba a contratar a un electricista que “cobra más barato que yo” (todas las red flags; no la quiero ni como cliente si fuera una extraña), cuando yo le cobro gratis. ¿Cómo cobra más barato el otro? ¿Le da la plata directamente? Le tendría que arreglar y pagar él a ella para ser más económico que yo.

No solo decidí cortar el lazo y dejar de entregarme a ese trato tan despectivo, sino no dejarme tratar más así por nadie.

La semana pasada, aunque recuerdo que pasó varias veces, le dije a mi psicóloga que me sentía muy abombada con las responsabilidades, que, aunque no las quiera, terminan apareciendo y que me sentía asfixiada. Le conté también de mi vision board y le había dicho que creía que todo lo apocalíptico tenía que ver, para mí, con la independencia y el desligamiento de todos esos problemas. Y sí, siempre mi familia me hace aparecer responsabilidades que no me corresponden y lo tratan como si lo tuviera que hacer.

Mis padres se enteraron de esto y, obviamente, estaban de acuerdo con Andrea y con que yo tendría que haber estado ahí para besarle los pies.

Además, le conté a Celeste lo de mi papá: que no entendía por qué, ahora que yo estaba aprendiendo de autos y le hice unos retoques al auto que les mencionaba en la entrada anterior, aun mi padre, sabiendo tanto de autos, no le había hecho un pequeño ajuste a ese auto que era de otra de mis hermanas (sí, muchas hermanas). Me parecía una actitud fea, porque así fue como ella se quedó tirada varias veces. Ella no sabía, pero a él no le costaba nada; literalmente nada. Mi psicóloga me dijo: “No tiene por qué hacer eso, aunque sea una pavada”, y me encendió la lamparita, porque tenía razón. Pero yo lo había normalizado, porque a mí, da igual cuánto me cuesten las cosas: siempre me hacen sentir como que son un deber.

Hace poco también, él mismo había desconectado (por error, supongo, no sé), el regulador de aceleración de mi camioneta. Le pedí que si, por favor, no lo podía conectar, y tardó como dos meses en hacerlo. Solo era enganchar un socotroco con otro socotroco, estaba arriba del todo, ni siquiera había que esforzarse mucho: la diferencia entre él y yo, para hacer eso, es que él fue dueño de esa camioneta veinte años, y él sabía cuál socotroco enganchar con cuál, y yo no. Obviamente no lo hizo sin pedirme millones de cosas a cambio.

Si alguien de mi entorno puede elegir entre hacer o no hacer un favor, por más insignificante que sea, eligen no hacerlo. Eso desemboca en que yo nunca recibo favores de parte de ellos: directamente no les pido; o, si alguna vez aislada lo hago por real necesidad, igual no lo hacen o tardan meses enteros, con muchas extorsiones y pedidos de favores mucho más grandes a cambio de un solo favorcito.

Tengan en claro que, si no hago uno de esos 18 favores que me piden en el medio, entonces no me harán el aislado favorcito; y así, supuestamente, vuelve a ser por mi culpa.

Me acostumbré a nunca contar con ayuda y a arreglármelas sola.

Cuando mis padres se enteraron de esta situación con Andrea, dijeron que seguramente ella tenía motivos por los que hizo todo; como si fuera Dios con un plan divino y no una hija de puta que me estaba despreciando. Ahí mi papá metió que quizá ella estaba enojada porque yo habré tardado mucho, como con unos tomacorrientes que él me pidió. Yo ya arreglé de todo en mi casa y muchas cosas más, y cada vez que le pedía algo a mi papá, nunca podía hacerlo; como lo del regulador que mencionaba. Le dije que eso se trataba de un favor y que yo no tenía por qué hacerlo. Esa fue mi primera declaración de un límite. Obviamente, esto lo hizo enfurecer y me dijo que entonces él no me arreglaría nada en mi casa. La verdad, fue incluso un poco gracioso, porque yo nunca le pedí nada. Le remarqué eso y también que las cosas que arregló no tenían que ver conmigo, sino con que son su casa, no mía; no pudo responder.

Mientras me iba, lo escuché criticándome con mi mamá. Dijo: “Falta que diga que tengo que pagarle yo la nafta a mi auto porque se lo presté, solo porque es mío”. Y eso también fue gracioso, porque ni siquiera me presta su auto. Incluso cuando es para traerlo del garaje, porque me pidió que lo lave y ni siquiera tiene ganas de irlo a buscar, me amenaza y dice que si le hago un solo rayoncito, no sé qué. Después lo tengo que volver a guardar bajo la misma presión, no porque él quiera que lo conduzca sino porque no tiene ganas de hacerlo él. Yo le he dicho: “No me da miedo manejarlo, pero no digas que si ‘le hago un rayón’, porque siempre te puede chocar otro conductor y no tiene por qué ser tu culpa”. Pero bueno, andá a explicárselo con dibujitos.

En primer lugar, corté vínculo con mis dos hermanas. Con calma; no fue con rabia, fue con cansancio. Simplemente las bloqueé a las dos y nada más. Estoy muy contenta de que ya no vivan conmigo, porque eso me permite, al fin, separarme de uno de los vínculos que más me lastimaba.

Yo había intentado cortar relación varias veces antes y, si bien había resultados claros en mi estado de ánimo al no hablarles, era casi imposible porque vivíamos bajo el mismo techo. Por esa condición, había decidido que debía llevarme bien con ellas hasta que la situación fuera diferente. Cuando fue diferente, simplemente se convirtió en costumbre. Y cuando me di cuenta de que ya no necesitaba arrastrar más esto conmigo, no me quedó más que soltar esa mochila de escombros.

Pero ahora tengo otro drama: Menganita.

Bajo este mismo trato que ya se hizo costumbre, le estoy haciendo una instalación eléctrica completa. Voy por mitad del proceso y siempre me genera mucha ansiedad, porque es un trabajo grandísimo y sin un pago decretado. Ella es la misma del auto con el que charlábamos de comprar, el de la entrada anterior. Pero me lo puse a pensar a detalle y siento que me está re cagando: que le hago una instalación gratis y de paso le pago mil dólares. Eso siento yo. Para mí tendría que ser una permuta, porque son valores casi equivalentes, y lo peor es que incluso si fuera una permuta por el vehículo, se me quedaría debiendo plata ella a mí. Fue el favor más grande y más caro que pude haber aceptado en mi vida, y no sé cómo revertirlo con paz.

Ahora mismo estoy muy tranquila con ella; me encargo siempre de estarlo porque no tengo ganas de problemas con nadie. Entonces, las cosas que no me gustan las manejo con un nivel de “algodoncito y cristalito” que no pueden imaginar.

Por ejemplo, con un perrito que ella quería adoptar y yo sabía que, con ella, no sobreviviría ni un día. En lugar de decirle eso directamente, hice trabajo de hormiga hasta lograr que me lo diera y le encontré una dueña maravillosa que la ama. Eso me hace muy feliz, la verdad.

En vez de decirle: “No. Vos vas a matar a esa perra, dámela”, le fui trabajando la cabeza. Le dije que, como yo no sabía que ella la quería, ya había acordado darla a otro chico; que, si hubiera sabido, no se la habría ofrecido, que fue una desorganización y que el pobre se había ilusionado muchísimo. Incluso le mandé una foto falsa de una camita nueva y le dije: “Mirá, me mandó foto de las cosas que le compró”, como para que entendiera que dejarlo plantado sería muy cruel.

Al principio se enojó y me criticó con Andrea, pero después, cuando supe eso, le mandé otro mensaje muchísimo más leve, que dio resultado: se calmó y me entregó a la perrita. Y ahí empezó la parte real: tuve que conseguirle dueño, porque ese “amigo” en realidad no existía.

Encima me dijo que mi cuñado se iba a poner mal y que se iba a enojar. Siento que lo hizo para intentar generarme culpa, pero estuvo muy lejos de lograrlo. No sentí mayor satisfacción que cuando ya tenía a las perras en una zona segura. A partir de ese momento, aunque se enojara o dijera lo que fuera, ya estaban bajo mi protección. No me importaba que se enojara conmigo; solo me importaba que no les hiciera daño ni se les acercara.

A una me la quedé. Ella la quería eutanasiar solo porque no quería cuidarla y le parecía fea. En otra entrada puedo contar más sobre eso; acá ya no tiene sentido extenderme.

Para la otra perra encontré a la dueña perfecta: una señora vecina mía. Le gustó la perra mientras la paseaba, la elogió diciendo que era muy tierna, y yo prácticamente le dije: “¿Ah, te gusta? Qué bueno. Tomá, te la regalo. Se llama Colita”.

Hace poco la vi paseándola y me morí de ternura. Me costó, porque siempre me cuesta dar animales en adopción; me encariño muy rápido. Pero sé que ahora es muy feliz y que, cada tanto, la voy a volver a ver por la calle.

Para volver al tema, porque sé que me voy, pero bueno, a veces soy una vieja loca que cuenta historias sin un hilo conector. Que las veces de estar en desacuerdo con ella intento llevarla con la ligereza de una pluma en lugar de expresar directamente lo que siento, porque nunca sabés cómo puede reaccionar porque está pirada: hablarle directamente como si tuviera la capacidad de un ser humano decente sería erróneo, y desembocaría en más bardo.

Entonces, quisiera poder acordar con ella algún tipo de pago por la instalación, pero no quiero pelearme. No quiero ni pelearme ni quiero dejarme seguir tratando así.

Todo esto desembocó en que, hace días, salgo lo menos posible de mi habitación. Es un acto reflejo al sentirme tan apretada, tan sin saber qué hacer. Definitivamente no veo la hora de poder mudarme. Lo establecí como meta para este año, pero necesito que me vaya bien en el trabajo. Así que estoy intentando de todo. Quisiera poder ser electricista por acá, no por capital. No quiero ni que insinúen llamarme de allá. No es fácil mantener el trabajo si siempre es lejos, y menos cuando tengo que ir con escalera o incluso con todas mis herramientas, que me podrían robar.

Hablé con Jesús y le pregunté si no podía segundearme en escaparme hoy de mi casa porque, en primer lugar, es insostenible quedarme acá encerrada y mi familia es muy conflictiva para lo que puedo soportar; pero, además, quería mandarle a Menganita un mensaje con mi decisión o inquietud respecto del auto y la instalación eléctrica, y hacerlo fuera de mi casa. Porque lo que me espero es un problema clarísimo, independientemente de cómo se lo diga: seguramente va a buchonearme con mis padres como si fuera una niña, diciendo que soy muy mala, que le quiero cobrar a la familia (un trabajo que, cobrado, sería de remuneración altísima porque es muchísimo el tiempo y los conocimientos que se han de invertir) y no sé qué. La verdad es que no quiero estar en mi casa cuando todo eso pase.

Lo curioso además, es que ella podría ofenderse porque yo le insinúe que mi trabajo vale plata, pero yo no puedo ofenderme porque me venda el auto. ¿No se supone que no se cobra entre familiares o me huele que esa regla solo me hacen aplicarla a mí? Porque a Andrea le pagan por corregir tésis, mi hermana me quería vender el auto, mi papá su auto a ella; acá venden todos sus servicios, pero cuando aparece mi trabajo en medio mágicamente hay que regalarlo... ¡qué casualidad loca!

Todo esto es hartazgo total de mi entorno. Sobre eso, también estoy pensando en volver a inscribirme al taller de literatura en el que estaba o algo de ese estilo, para conocer gente nueva.

Necesito cambiar muchas cosas y, aunque lo intente, hace semanas no duermo bien. Todo esto me tiene muy inquieta, pero al menos ya hice algo y me di cuenta de muchas cosas que tenía normalizadas. Lo de la psicóloga me sirvió como detonante; fue increíble. De verdad no pensaba que “no tenía por qué hacerlo”. Hasta me tatuaría esa frase, muy seriamente.

“No tenés por qué hacerlo”.

No les voy a mentir, después de escribir todo esto siento ganas de vomitar. Me siento muy incómoda con mi vida. Además quisiera bañarme pero no quiero pasar por mi casa ni siquiera un instante.

PD: Esperé un poco a que no hubiera nadie en el comedor de mi casa, y me fui a bañar. Soy feliz.

Con cariño,
Celeste Torres.