Hola, amigos.
Cuando estoy muy estresada tiendo a encerrarme en mí misma, simbólica y literalmente; a aislarme del entorno que me rodea.
Siempre vuelve a pasar lo mismo. Acá, en mi casa, se desatan peleas con facilidad y, sobre todo, con una frecuencia que ya no sorprende: aun si desgasta. He de confesar que hace días que no me baño con tal de no levantarme, de no salir, de no verlos.
Recién mandaba audios a Jesús, a las cinco de la mañana, perdón, amigo mío. Le contaba sobre mis pensamientos conflictivos respecto de cosas actuales. Les juro que no puedo dormir ninguna noche; de día no puedo levantarme, no quiero ver a nadie. Toda esta situación me inutiliza, me hace querer escapar, y ser disfuncional de la realidad que habito, y del resto de cosas al problema en sí que me genera ese estado.
Hay tantas cosas que me generan malestar y no me permiten actuar con normalidad. Yo le contaba de eso a la psicóloga, de cómo los conflictos y la ansiedad me vuelven un potus, una planta decorativa en mi propia vida, y de lo mal que me hace sentir eso. Aunque ella varias veces me remarcó que, cuando yo siento que no estoy haciendo nada, después le cuento con mucho entusiasmo que estoy haciendo bastantes cosas, y que esas cosas requieren suficiente energía como para, supuestamente, “no estar haciendo nada”.
Ahora estoy teniendo un problema con mi vínculo familiar, con toda mi familia cercana: son absolutamente aprovechados, y siento que me drenan muchísima energía. Piden, piden, piden, piden… y no dan nada a cambio más que gritos y discusiones. Si les hago un favor es porque lo tenía que hacer, porque era mi deber; si no lo hago es porque soy mala, una peste; si lo hago, pero no como querían, es porque soy una inútil, una buena para nada.
Pensaba que eso era solo algo de mis padres, pero no. Resultó ser que mis hermanas son iguales.
Eso me hizo replantearme muchísimas cosas: recordar todas las veces que intenté hablar con toda la serenidad del mundo sobre cosas que me incomodaban, y cómo, cada vez que intentás hablar de algo con mi familia, creen automáticamente que es un ataque y reaccionan como si los hubieras intentado apuñalar y ellos debieran defenderse, por vida o muerte.
Mi psicóloga me había dicho que, si no tenía intenciones de cortar lazos con mi hermana, intentara hablarle de las cosas que me molestaban cuando estuviera con la guardia baja, cuando no sintiera que tenía que responder agresivamente y a toda costa. Lo intenté, y el resultado fue lamentable. Volvió a ocurrir lo mismo. Activaba la guardia en el mismo instante en que yo intentaba hablar. Así es absolutamente toda mi familia.
Recuerdo muchísimos momentos que desembocaron en lo mismo.
Una vez, mi papá me estaba pidiendo, a los gritos y con amenazas, que limpiara algo. Le dije que lo haría con inmediatez, pero solo si me lo pedía bien. Adivinen si lo hizo. Claramente, no limpié. Esa situación se volvió a repetir varias veces, con distintas cosas. Nunca intentaba abordarlo de una forma distinta, siempre era gritando; entonces yo nunca lo hacía, y eso me convertía a mí en vaga, pero no a él en violento, según los conceptos que se manejan en mi casa.
También recuerdo otra escena: habían venido mis otras dos hermanas de visita, porque viven en otro país. No me acuerdo exactamente qué había pasado, pero mi mamá me dijo algo por chat y yo le respondí con tranquilidad. Ella empezó a decir que la maltraté, que la insulté, que le falté el respeto, que soy mala y loca. Mis hermanas le insistieron en que mostrara el chat. Yo estaba en la mesa absolutamente resignada, sin siquiera emitir palabra, sin intentar defenderme, ya desde el hartazgo. Ellas lo leyeron y dijeron: “No te habló mal en ningún momento. Ella es la más tranquila; no sé por qué ustedes dicen lo contrario”. Y eso me devolvió un poco de alivio, porque cuando siempre te dicen que estás respondiendo mal, que hacés todo mal, llega un punto en que no sabés qué creer. Pero a la vez es asfixiante, porque no hay poronga que les venga bien. ¿Cómo se supone que tenés que hablarles si hablar normal, para ellos, ya es hablar mal?
El otro día, una de mis hermanas colmó el vaso. Fue el momento en que terminé de notar el maltrato que siempre recibo y cómo lo termino admitiendo, quedando como la imbécil que hace todo por nada. Especialmente porque acá tengo fama de vaga y descomprometida, pero soy la misma que siempre limpió, ayudó, fue a comprar, lavó los autos, les arregló cosas, arregla la electricidad del hogar a cualquier hora y gratis; no solo en la casa en la que vivo, sino en la de cualquier familiar, porque es familiar y entonces no hay que cobrarle: hay que regalarle todo el tiempo. Jamás se les cae un agradecimiento, y generalmente incluso me hacen más escándalos que simplemente no responder nada.
Incluso me recuerda a una parte rara de mi familia, que vive cerca de mi casa pero nunca en la vida los vi. Sé dónde viven. He visto la puerta. Jamás a ellos. Esa gente rara, sin siquiera saber mi nombre, me pidieron que les arreglara un televisor. Dije que estaba bien, que me lo trajeran cuando pudieran y yo lo miraba. No me lo dieron, porque no sé si es que no salen de sus casas o qué.
Mi papá insistía en que fuera yo a la casa de ellos, prácticamente por obligación, y que, de última, le cobrara algo de plata a él (nunca invitarme a conocerlos al menos, porque ni los conozco, sino a ir en posición de técnica). Y ni siquiera me admitieron eso. Con la rareza con la que se portan y el misterio de no ver sus caras, ni siquiera los pude ayudar (y menos mal, porque me cayó terrible esa actitud).
Y las cosas que dejé de hacer, como limpiar con la constancia que limpiaba antes, que limpiaba todos los días, lo dejé de hacer por el maltrato que recibía. Mi papá me cerró el baño con candado y le dio una llave a todos de mi familia menos a mí porque, según él, lo limpié “mal” (porque había una baldosa desteñida; según él, eso era suciedad; a día de hoy sigue igual, porque nunca fue suciedad). Me dejó bañándome con tachitos de agua en un baño abandonado del fondo, en invierno, por su capricho. Obviamente, nunca más limpié como hacía antes, aunque sí sigo limpiando; pero, claro, supuestamente yo soy vaga. Solo a mí me queda el mote, no a él, que siempre tuvo las actitudes de este estilo. Es como que todos acá fingen demencia colectivamente y se ponen de acuerdo en agarrársela conmigo aún viendo las situaciones claras de injusticia. Cuando me echó de la casa, me tenía que robar alguna lata de arvejas a la madrugada, cuando ellos no estaban despiertos, para poder comer algo en el día, porque también cerró la cocina con candado, así que necesitaba robar algo de no cocción. ¿Soy yo la vaga o es que, haga lo que haga, siempre me trataban mal? Y eso que sigo haciendo un montonazo de cosas, y siguen diciendo que no hago nada. ¡Pero la re puta madre!
Mi hermana me había escrito de noche, pasada la medianoche. Yo estaba tranquila con mi novio: estaba editando un video para mi TikTok laboral y él estaba cebando unos mates y boludeando. Me empezó a llamar insistentemente y le atendí, a ver qué necesitaba. Me dijo que se le había cortado la luz, que escuchó como un golpe seco antes de que se cortara, que creía que algo había cortocircuitado. Me dijo que creía que era un tomacorriente del patio; le dije que haga videollamada y eso hizo. Cuando me lo mostró, le dije que no, porque, si no, se notaría a simple vista. Etcétera, etcétera, y vio el chispazo salir de un cable que iba a una lámpara del patio. Le dije que apague el interruptor y vuelva a dar luz: funcionó, le arreglé el problema a la distancia; porque si cortocircuitaba al abrir el contacto ya no se tocarían más fase y neutro. Les dije que no lo prendieran hasta que yo no lo arreglara.
Insistía en que fuera a su casa a esa hora. Vive a media cuadra de la villa; sus vecinos de la esquina incluso mataron a uno y siempre se están peleando con alguien en la calle. No tengo auto, no hay un colectivo cómodo que me deje, y era muy tarde. Le dije: “Voy a ver si tal persona me presta su auto, pero prefiero no ir, porque, si le llego a rayar el auto o algo, estoy en un re drama, porque no es mío, y prefiero no pedir autos prestados, y menos a alguien que es de naturaleza quilombera. Y voy con Mariano”. Ella me dice: “Ah, no. Si viene Mariano, vengan comidos, porque no los pienso invitar a comer”.
¿Entonces Mariano y yo teníamos que desperdiciar tiempo en ir a su casa para arreglarle algo gratis, a riesgo de pedir un auto ajeno prestado y ser despreciados por ella? Le dije que estaba en altavoz y que me pareció repudiable lo que dijo; ella respondió que a ella le parecía bien ser así de irrespetuosa y desconsiderada y se rió.
Obviamente, no fui.
Esta situación se vuelve más molesta cada vez. En primer lugar, porque tengo otra hermana; a este punto les voy a poner apodos, porque tengo demasiadas hermanas. Se va a llamar Raquel, y la hermana desconsiderada se va a llamar Andrea.
Mi hermana Raquel es muy… no sé cómo explicarlo: ausente. Nunca, cuando la necesites, va a estar ahí. Si quedás con ella para una hora, no va a aparecer. Para que se den una idea, el año pasado estábamos todos por festejar su cumpleaños y lo canceló también sobre la hora: su propio cumpleaños. Varias personas se tuvieron que meter la torta y sus regalos por el ano porque a ella se le ocurrió cancelar, y la torta terminó pudriéndose lentamente en una heladera, mientras la familia intentaba comer lo más posible para que no hubiera sido tan en vano. Yo, por suerte, ya no esperaba nada de ella, así que ni siquiera me arreglé, solo hice mi día normal. Era cantado que siempre cancela. Ya es feo que la gente termine así de predispuesta a que tu accionar sea siempre el mismo y, encima, haber tenido razón yo al no esperar nada nuevo. Ella decía: “Pero ¿a quién le importa? Es mi cumpleaños, a mí me tiene que importar”. Sí, pero invitaste gente que te reservó ese espacio de su día y te preparó cosas. Más que ausente es egoísta. Y digo esto por no nombrar todo el resto de defectos que tiene.
El tema es que Andrea siempre espera la llegada de Raquel. Y dos veces le ofreció pagarle ubers desde capital (pagarle ubers siendo que Andrea no tiene trabajo y Raquel sí) para que la vaya a visitar. Es una actitud muy migajera, a mi parecer.
Yo estuve en todos los momentos duros de Andrea en los que pidió, de alguna manera, compañía y que la vayamos a visitar: siempre estaba yo; Raquel no, como es de esperar.
También, un día cercano, Andrea había organizado una piyamada. Invitó a los hijos de Menganita, a Raquel y a mí. Le cancelaron todos; solo asistí yo a esa piyamada.
Encima, Raquel dijo que no iba porque estaba enferma. Yo también estaba enferma: apenas pude dormir del dolor de cabeza y terminé agarrando hielo del freezer para ponérmelo en la frente, a ver si calmaba el dolor y podía dormir, hasta que Andrea se despertó y le pude pedir un ibuprofeno.
Andrea sabía que podía contar conmigo, y lo sabía muy bien, porque eso es lo que hacía.
Incluso el 14 de febrero. Andrea rompió con su novio y yo, que estaba pasando un buen San Valentín con Mariano, me hice un pequeño espacio. Le dije que iba a tomar unos mates, pero que me volvía pronto por la fecha que era. Raquel estaba invitada: adivinen si llegó.
Así con todo. Y conmigo siempre tiene una manera despreciativa de tratar, pero no deja de esperar la llegada de Raquel, como si fuera algo espectacular y no que estás invitando a una amargada que siquiera tiene ganas de estar ahí y solo va si no se le ocurrió qué excusa ponerte o el novio no estaba disponible en ese momento.
Hace unos días me reprochó, de una manera asquerosa, que esa medianoche yo no fui a solucionarle su problema. Todo esto que les cuento es de hace muy poco. Yo le dije que no tuve manera de ir y que, además, su respuesta a siquiera insinuar invitarnos a comer fue desagradable; lo peor es que no pretendía que nos invitara. Pero, a pesar de eso, yo siempre estuve para ella, cada vez que dijo que fuéramos a charlar con ella, y que solo aparecí yo.
Además, en uno de esos días en que me dijo que fuera, le pedí si no podía pasarme a buscar caminando a unas cuadras, que nos quedaban intermedias entre una casa y la otra, así no me aburría en el camino; y me dijo que no, que no tenía ganas. Quizá eran unas cinco cuadras; ni siquiera caminaba cinco cuadras por mí. Pero yo tenía que pintarle la pieza (yo odio pintar paredes; incluso me han escrito personas queriéndome contratar para pintar y lo rechacé porque no me gusta hacerlo, a ella la ayudé igual con todo el amor del mundo; algo que ni pago haría por cualquier extraño, y a las pruebas me remito. Raquel estaba invitada... ¿Hace falta que lo diga?), arreglarle el ventilador, pedir autos prestados, ponerle luces en la terraza e ir corriendo a la una de la mañana a su casa. Saquen sus propias conclusiones.
Ella me comparó con Raquel y dijo que ella siempre fue a su casa. Le pregunté cuándo, y me respondió: en el cumpleaños de Andrea (que yo también estuve y ella llegó claramente tarde) y “el otro día” (como ella mencionó). He de mencionar que, cuando me comparó con ella diciendo que siempre estaba, ese mismísimo día Raquel estaba invitada y canceló tardísimo, provocando que hicieran mucha más comida contando con ella también, quien obviamente nunca llegó. Irónico. Le pregunté si me podía mencionar al menos una fecha más; obviamente que no pudo. Pero, además, Raquel no hace nada: literalmente va a tomar mate. A mí me pide un montón de cosas de mi oficio, ni lenta ni perezosa. Y, aun así, ni siquiera me ofreció un uber por interrumpir toda mi vida para ir a ayudarla a ella, a cambio de nada, en la madrugada.
No sé por qué yo dejaba pasar todas estas actitudes como si nada. Simplemente me parecía costumbre, me parecía normal.
Hasta que recibí esa comparación con Raquel, que dejó ver cuánto invalidaba mi esfuerzo. Raquel, la verdad, me demuestra que en la vida vale más ser tan inútil que ni siquiera puedan aprovecharse de vos. También me había dicho que “no podía esperar a que mis arreglos eléctricos lleguen cuando no estuviera deprimida o con mi novio”. Literalmente tengo chats en los que le digo que estoy re deprimida, pero que voy a ir a ver si me animo más; nunca un “estoy deprimida” que desemboca en “no voy a ir”. Es más, tengo el último chat con ellas donde, qué casualidad, Raquel cancela en la hora en la que tuvo que haber llegado, no en la que tuvo que haber salido. Y dice que cancelaba porque tenía “ansiedad”. Es más, adjunto el último chat:
[23/2 18:11] Celeste: Andrea yo me baño y si no te jode voy
[23/2 18:20] Andrea: siii de una
[23/2 18:20] Andrea: conseguila a Raquel
[23/2 18:26] Celeste: Como
[23/2 18:26] Celeste: Bueno entonces ya en un ratito salgo para alla
[23/2 18:26] Andrea: es que no está viniendo y no contesta, la podes llamar y eso?
[23/2 18:29] Celeste: Oki
[23/2 18:30] Celeste: No atendio
[23/2 18:38] Raquel: al final no voy a ir 🫠
[23/2 18:38] Andrea: amiga veniiiii estoy haciendo 6 docenas
[23/2 18:38] Andrea: te pago un uber
[23/2 18:46] Celeste: Tengo mucha depresion
[23/2 18:46] Celeste: Bueno pero estoy muy decaida no sé si pueda vacer lecturas muy útiles [Andrea había dicho que lleve el tarot pero me olvidé de seleccionar ese mensaje]
[23/2 18:47] Celeste: Yo quiero mate y compañía nada mas
[23/2 18:51] Raquel: sinceramente no quiero ser mala pero me da un poco de amsiedad que vayan xadres tipo no tengo problema con ellos pero siento que puede serlo si es una comida donde uno va hablar quizas y no sé
[23/2 18:59] Celeste: Ay Raquel
[23/2 19:00] Andrea: amiga me podrías haber dicho antes de hacer una cantidad industrial de comida ☠️
[23/2 19:00] Andrea: si desde el primer momento plantee que venían xadres
[23/2 20:02] Celeste: Sinceramente estoy de acuerdo. No está mal cancelar pero por qué cancelás cuando ya tuviste que haber llegado
[23/2 20:02] Celeste: No entiendo
[23/2 20:02] Celeste: Al menos podías cancelar unas horas antes
[23/2 20:03] Celeste: Y no es ser mala, es ser respetuosa. O sea a nadie le jode que no vengas ni que vengas, pero para que decirlo a la misma hora de la cena del día que nos juntábamos 🤔
[23/2 20:05] Celeste: Y lo digo porque son las 8 y ya tenemos todo, estamos horneando y estamos todos acá, y vos cancelaste a las 7, tipo nada antes
[23/2 20:05] Celeste: No es ni reprochándote ni nada, de verdad
[23/2 20:05] Celeste: Es con amor y mucha paz
[23/2 20:05] Celeste: Posta que no entiendo, y te quería dar mi punto, pero bueno
[23/2 20:06] Celeste: Mi punto, mi opinión**
[23/2 20:07] Celeste: O sea porque a las 7 tendrias que ya haber salido hacia 3 horas jajjaja o sea ya sabias q no ibas a venir
Me dijo que iba a contratar a un electricista que “cobra más barato que yo” (todas las red flags; no la quiero ni como cliente si fuera una extraña), cuando yo le cobro gratis. ¿Cómo cobra más barato el otro? ¿Le da la plata directamente? Le tendría que arreglar y pagar él a ella para ser más económico que yo.
No solo decidí cortar el lazo y dejar de entregarme a ese trato tan despectivo, sino no dejarme tratar más así por nadie.
La semana pasada, aunque recuerdo que pasó varias veces, le dije a mi psicóloga que me sentía muy abombada con las responsabilidades, que, aunque no las quiera, terminan apareciendo y que me sentía asfixiada. Le conté también de mi vision board y le había dicho que creía que todo lo apocalíptico tenía que ver, para mí, con la independencia y el desligamiento de todos esos problemas. Y sí, siempre mi familia me hace aparecer responsabilidades que no me corresponden y lo tratan como si lo tuviera que hacer.
Mis padres se enteraron de esto y, obviamente, estaban de acuerdo con Andrea y con que yo tendría que haber estado ahí para besarle los pies.
Además, le conté a Celeste lo de mi papá: que no entendía por qué, ahora que yo estaba aprendiendo de autos y le hice unos retoques al auto que les mencionaba en la entrada anterior, aun mi padre, sabiendo tanto de autos, no le había hecho un pequeño ajuste a ese auto que era de otra de mis hermanas (sí, muchas hermanas). Me parecía una actitud fea, porque así fue como ella se quedó tirada varias veces. Ella no sabía, pero a él no le costaba nada; literalmente nada. Mi psicóloga me dijo: “No tiene por qué hacer eso, aunque sea una pavada”, y me encendió la lamparita, porque tenía razón. Pero yo lo había normalizado, porque a mí, da igual cuánto me cuesten las cosas: siempre me hacen sentir como que son un deber.
Hace poco también, él mismo había desconectado (por error, supongo, no sé), el regulador de aceleración de mi camioneta. Le pedí que si, por favor, no lo podía conectar, y tardó como dos meses en hacerlo. Solo era enganchar un socotroco con otro socotroco, estaba arriba del todo, ni siquiera había que esforzarse mucho: la diferencia entre él y yo, para hacer eso, es que él fue dueño de esa camioneta veinte años, y él sabía cuál socotroco enganchar con cuál, y yo no. Obviamente no lo hizo sin pedirme millones de cosas a cambio.
Si alguien de mi entorno puede elegir entre hacer o no hacer un favor, por más insignificante que sea, eligen no hacerlo. Eso desemboca en que yo nunca recibo favores de parte de ellos: directamente no les pido; o, si alguna vez aislada lo hago por real necesidad, igual no lo hacen o tardan meses enteros, con muchas extorsiones y pedidos de favores mucho más grandes a cambio de un solo favorcito.
Tengan en claro que, si no hago uno de esos 18 favores que me piden en el medio, entonces no me harán el aislado favorcito; y así, supuestamente, vuelve a ser por mi culpa.
Me acostumbré a nunca contar con ayuda y a arreglármelas sola.
Cuando mis padres se enteraron de esta situación con Andrea, dijeron que seguramente ella tenía motivos por los que hizo todo; como si fuera Dios con un plan divino y no una hija de puta que me estaba despreciando. Ahí mi papá metió que quizá ella estaba enojada porque yo habré tardado mucho, como con unos tomacorrientes que él me pidió. Yo ya arreglé de todo en mi casa y muchas cosas más, y cada vez que le pedía algo a mi papá, nunca podía hacerlo; como lo del regulador que mencionaba. Le dije que eso se trataba de un favor y que yo no tenía por qué hacerlo. Esa fue mi primera declaración de un límite. Obviamente, esto lo hizo enfurecer y me dijo que entonces él no me arreglaría nada en mi casa. La verdad, fue incluso un poco gracioso, porque yo nunca le pedí nada. Le remarqué eso y también que las cosas que arregló no tenían que ver conmigo, sino con que son su casa, no mía; no pudo responder.
Mientras me iba, lo escuché criticándome con mi mamá. Dijo: “Falta que diga que tengo que pagarle yo la nafta a mi auto porque se lo presté, solo porque es mío”. Y eso también fue gracioso, porque ni siquiera me presta su auto. Incluso cuando es para traerlo del garaje, porque me pidió que lo lave y ni siquiera tiene ganas de irlo a buscar, me amenaza y dice que si le hago un solo rayoncito, no sé qué. Después lo tengo que volver a guardar bajo la misma presión, no porque él quiera que lo conduzca sino porque no tiene ganas de hacerlo él. Yo le he dicho: “No me da miedo manejarlo, pero no digas que si ‘le hago un rayón’, porque siempre te puede chocar otro conductor y no tiene por qué ser tu culpa”. Pero bueno, andá a explicárselo con dibujitos.
En primer lugar, corté vínculo con mis dos hermanas. Con calma; no fue con rabia, fue con cansancio. Simplemente las bloqueé a las dos y nada más. Estoy muy contenta de que ya no vivan conmigo, porque eso me permite, al fin, separarme de uno de los vínculos que más me lastimaba.
Yo había intentado cortar relación varias veces antes y, si bien había resultados claros en mi estado de ánimo al no hablarles, era casi imposible porque vivíamos bajo el mismo techo. Por esa condición, había decidido que debía llevarme bien con ellas hasta que la situación fuera diferente. Cuando fue diferente, simplemente se convirtió en costumbre. Y cuando me di cuenta de que ya no necesitaba arrastrar más esto conmigo, no me quedó más que soltar esa mochila de escombros.
Pero ahora tengo otro drama: Menganita.
Bajo este mismo trato que ya se hizo costumbre, le estoy haciendo una instalación eléctrica completa. Voy por mitad del proceso y siempre me genera mucha ansiedad, porque es un trabajo grandísimo y sin un pago decretado. Ella es la misma del auto con el que charlábamos de comprar, el de la entrada anterior. Pero me lo puse a pensar a detalle y siento que me está re cagando: que le hago una instalación gratis y de paso le pago mil dólares. Eso siento yo. Para mí tendría que ser una permuta, porque son valores casi equivalentes, y lo peor es que incluso si fuera una permuta por el vehículo, se me quedaría debiendo plata ella a mí. Fue el favor más grande y más caro que pude haber aceptado en mi vida, y no sé cómo revertirlo con paz.
Ahora mismo estoy muy tranquila con ella; me encargo siempre de estarlo porque no tengo ganas de problemas con nadie. Entonces, las cosas que no me gustan las manejo con un nivel de “algodoncito y cristalito” que no pueden imaginar.
Por ejemplo, con un perrito que ella quería adoptar y yo sabía que, con ella, no sobreviviría ni un día. En lugar de decirle eso directamente, hice trabajo de hormiga hasta lograr que me lo diera y le encontré una dueña maravillosa que la ama. Eso me hace muy feliz, la verdad.
En vez de decirle: “No. Vos vas a matar a esa perra, dámela”, le fui trabajando la cabeza. Le dije que, como yo no sabía que ella la quería, ya había acordado darla a otro chico; que, si hubiera sabido, no se la habría ofrecido, que fue una desorganización y que el pobre se había ilusionado muchísimo. Incluso le mandé una foto falsa de una camita nueva y le dije: “Mirá, me mandó foto de las cosas que le compró”, como para que entendiera que dejarlo plantado sería muy cruel.
Al principio se enojó y me criticó con Andrea, pero después, cuando supe eso, le mandé otro mensaje muchísimo más leve, que dio resultado: se calmó y me entregó a la perrita. Y ahí empezó la parte real: tuve que conseguirle dueño, porque ese “amigo” en realidad no existía.
Encima me dijo que mi cuñado se iba a poner mal y que se iba a enojar. Siento que lo hizo para intentar generarme culpa, pero estuvo muy lejos de lograrlo. No sentí mayor satisfacción que cuando ya tenía a las perras en una zona segura. A partir de ese momento, aunque se enojara o dijera lo que fuera, ya estaban bajo mi protección. No me importaba que se enojara conmigo; solo me importaba que no les hiciera daño ni se les acercara.
A una me la quedé. Ella la quería eutanasiar solo porque no quería cuidarla y le parecía fea. En otra entrada puedo contar más sobre eso; acá ya no tiene sentido extenderme.
Para la otra perra encontré a la dueña perfecta: una señora vecina mía. Le gustó la perra mientras la paseaba, la elogió diciendo que era muy tierna, y yo prácticamente le dije: “¿Ah, te gusta? Qué bueno. Tomá, te la regalo. Se llama Colita”.
Hace poco la vi paseándola y me morí de ternura. Me costó, porque siempre me cuesta dar animales en adopción; me encariño muy rápido. Pero sé que ahora es muy feliz y que, cada tanto, la voy a volver a ver por la calle.
Para volver al tema, porque sé que me voy, pero bueno, a veces soy una vieja loca que cuenta historias sin un hilo conector. Que las veces de estar en desacuerdo con ella intento llevarla con la ligereza de una pluma en lugar de expresar directamente lo que siento, porque nunca sabés cómo puede reaccionar porque está pirada: hablarle directamente como si tuviera la capacidad de un ser humano decente sería erróneo, y desembocaría en más bardo.
Entonces, quisiera poder acordar con ella algún tipo de pago por la instalación, pero no quiero pelearme. No quiero ni pelearme ni quiero dejarme seguir tratando así.
Todo esto desembocó en que, hace días, salgo lo menos posible de mi habitación. Es un acto reflejo al sentirme tan apretada, tan sin saber qué hacer. Definitivamente no veo la hora de poder mudarme. Lo establecí como meta para este año, pero necesito que me vaya bien en el trabajo. Así que estoy intentando de todo. Quisiera poder ser electricista por acá, no por capital. No quiero ni que insinúen llamarme de allá. No es fácil mantener el trabajo si siempre es lejos, y menos cuando tengo que ir con escalera o incluso con todas mis herramientas, que me podrían robar.
Hablé con Jesús y le pregunté si no podía segundearme en escaparme hoy de mi casa porque, en primer lugar, es insostenible quedarme acá encerrada y mi familia es muy conflictiva para lo que puedo soportar; pero, además, quería mandarle a Menganita un mensaje con mi decisión o inquietud respecto del auto y la instalación eléctrica, y hacerlo fuera de mi casa. Porque lo que me espero es un problema clarísimo, independientemente de cómo se lo diga: seguramente va a buchonearme con mis padres como si fuera una niña, diciendo que soy muy mala, que le quiero cobrar a la familia (un trabajo que, cobrado, sería de remuneración altísima porque es muchísimo el tiempo y los conocimientos que se han de invertir) y no sé qué. La verdad es que no quiero estar en mi casa cuando todo eso pase.
Lo curioso además, es que ella podría ofenderse porque yo le insinúe que mi trabajo vale plata, pero yo no puedo ofenderme porque me venda el auto. ¿No se supone que no se cobra entre familiares o me huele que esa regla solo me hacen aplicarla a mí? Porque a Andrea le pagan por corregir tésis, mi hermana me quería vender el auto, mi papá su auto a ella; acá venden todos sus servicios, pero cuando aparece mi trabajo en medio mágicamente hay que regalarlo... ¡qué casualidad loca!
Todo esto es hartazgo total de mi entorno. Sobre eso, también estoy pensando en volver a inscribirme al taller de literatura en el que estaba o algo de ese estilo, para conocer gente nueva.
Necesito cambiar muchas cosas y, aunque lo intente, hace semanas no duermo bien. Todo esto me tiene muy inquieta, pero al menos ya hice algo y me di cuenta de muchas cosas que tenía normalizadas. Lo de la psicóloga me sirvió como detonante; fue increíble. De verdad no pensaba que “no tenía por qué hacerlo”. Hasta me tatuaría esa frase, muy seriamente.
“No tenés por qué hacerlo”.
No les voy a mentir, después de escribir todo esto siento ganas de vomitar. Me siento muy incómoda con mi vida. Además quisiera bañarme pero no quiero pasar por mi casa ni siquiera un instante.
PD: Esperé un poco a que no hubiera nadie en el comedor de mi casa, y me fui a bañar. Soy feliz.
Con cariño,
Celeste Torres.