Esta madrugada me encontraba leyendo mi novela en voz alta al grabador de voz, con mi micrófono dinámico, para reescucharla después con más distancia. El problema es que terminó teniendo la extensión de un libro corto, con más de noventa páginas; uno de esos que, pese a su delgadez, siguen ostentando con dignidad la palabra libro en el nombre. Una extensión así hace que cada repasada de corrección sea leer lo que podría ser un tercio de un libro común, o la mitad, o uno entero íntegramente: del calibre del libro Lo que no tiene nombre; libro que no me terminó de gustar. La escritora me pareció una pelotuda, pero, a la vez, no pude dejar de leer hasta terminarlo, y hubo frases con las que me identifiqué.
Para sobrellevar el tiempo que aún me faltaba por leer —llevaba veinte minutos e iba recién empezando por el segundo capítulo de catorce— decidí ir a buscarme una cerveza bien fría.
Me levanté, fui a la heladera más cercana y, cuando volví con mi botín, vi algo pequeño y oscuro cruzar la habitación a toda velocidad. Mi gata, Aiden, la perseguía con esa calma que tienen los felinos cuando no tienen verdadero interés, sino solo curiosidad; casi con amabilidad. Casi como si le pidiera permiso para matarla, a la señora cucaracha, que se había comprado una bombacha.
Rápidamente, con el pánico asentándose en mi estómago, saqué a mi perra guardiana, fiel compañera y soldado: Milanesa, de su cucha.
Contaba con que, pese a su tamaño minúsculo —razón por la cual, cuando hablamos, yo la apodo Pulga, porque es chiquita y saltarina— quizá triplicaba el tamaño de la cucaracha, y esa ventaja podría serle útil: si la cucaracha no la devoraba primero a ella.
Necesitaba a mi ejército dispuesto para la guerra.
Acto seguido, me alejé estratégicamente hacia el otro lado de la puerta de la habitación, desde donde podía supervisar las operaciones sin arriesgar mi integridad física ni mi salud mental —como todos los que organizan guerras, que obvio nunca van a pelear ellos, se quedan en la medida que pueden al margen de las masacres que acontecen en dichas disputas—.
La cucaracha se escondió entre mis dos zapatillas, que reposaban al lado de mi cama, en el suelo. Milanesa corría de un lado a otro, meneando la cola con ese entusiasmo desorientado que la caracteriza, y Aiden miraba al bicho con vago estudio. Lo molestó un poco con la pata y este salió disparado hacia la puerta. Aiden lo persiguió un trecho, hasta el umbral, y yo creí que lo echaría: contra mi expectativa, la cucaracha quedó justo en la puerta, de cara a la salida, pero sin terminar de salir.
—¡Ataque! ¡Milanesa, ataque!
Al escuchar su nombre, Milanesa vino corriendo hacia mí, feliz, agitando la cola, sin mirar siquiera en dirección al enemigo.
—¡Aiden, dale, vení!
Aiden se aburrió y se acostó en el piso. Milanesa iba y volvía, y en algún momento parecía que la gata tenía más entusiasmo por jugar con la perra, escondiéndose atrás del par de zapatillas y meneando la cola, con la cabeza gacha, anticipando el salto característico que surge como consecuencia de esta maniobra, antes que cazar a su objetivo real.
¡Y yo no iba a sacar a mi última soldada, Betillín, porque está retirada! Pero empezaba a dudar si no hubiera sido más efectiva, y si no había cometido un error grave de gestión del grupo de guerra al no convocarla. Al tener tres mascotas, ceder una tarea así comenzaba a parecerse a elegir a uno de tus pokémon para una batalla pokémon.
Intenté, con cuidado, hacer que la cucaracha se moviera para despertar el instinto de mi ejército de inútiles. No funcionó ni una cosa ni la otra. Mi temor era demasiado grande para intentarlo con más esmero, porque si arrancaba a correr hacia afuera vendría directamente hacia mí, y eso no podía suceder.
Finalmente me rendí. Mi grupo había desistido de la pelea desde antes de empezar: fui a buscar el veneno.
Se lo tiré y salió corriendo despavorida hacia adentro, hacia mi cuarto, mientras yo corría también, pero en dirección contraria. Aiden quiso retomar la caza, pero, contra toda mi fobia, entré y la agarré: el bicho ya había sido envenenado.
Así fue el fallecimiento de la señora cucaracha.
Con cariño,
Celeste Torres.
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