Esta noche no quiero dormir, como tantas otras. No ansío el momento de despertarme, así que evito provocarlo hasta que mis pobres y cansados ojos pesan demasiado, y conciliar el sueño se vuelve un acto inevitable.
A las tres y media —quizá cuatro, no tengo la menor idea— de la mañana me dirigí a la cocina. Tomé una milanesa de berenjena, le unté mayonesa y me la comí. Como si no bastara, inspeccioné la heladera y encontré media lata de duraznos en almíbar que me había sobrado de la otra vez.
“Podría hacer un daiquiri”, me dije, incómoda con la idea de encender la licuadora a semejantes horas, cuando todos yacían plácidamente en sus lechos; especialmente mi madre, que tiene un sueño tan ligero que podría despertarse con la caída de una pluma.
Tenía todo preparado. Saqué lo que quedaba de la lata, acomodé la licuadora y me escabullí —sigilosa como quien comete un delito— hacia el comedor para buscar el vodka, que descansaba sobre el modular de la televisión.
Cuando vuelvo hacia la cocina, con las luces encendidas, delatoras crueles de mi conspiración, me encuentro de frente con mi mamá, que con semejante mala suerte había bajado del piso de arriba para ir al baño.
La escena era evidente: la noche en absoluta calma, yo frente a ella congelada con un vodka incriminante en la mano y la licuadora estratégicamente ubicada sobre la mesada.
La saludé incómodamente, asumiendo mi culpa con la mirada, como si el acto de decir "hola" evadiera el panorama que, delator, se presentaba frente a sus retinas, y si eso pudiera evitar que se diera cuenta de lo que estaba por hacer, antes de que lo haga.
—Yo también quiero —exclamó ella, contenta. Como si hubiera al fin encontrado su salvación para esta noche tan larga.
—¿Vos tampoco te podés dormir? —le pregunté, ya tranquila de saberme excenta de las consecuencias que esperaba, con una sonrisa de complicidad. Me dijo que no.
Así que, ya convertida en cómplice de esta fechoría, le conté mi plan de licuar el daiquiri en la casa del fondo para no hacer ruido. Estuvo de acuerdo. Eso hicimos: ella me abrió la puerta al patio, y yo trasladé todo lo necesario.
Me quedó muy bueno el daiquiri de durazno.
Quizá no fue una charla muy ideal, no sé qué imaginaran ustedes: nosotras bardeamos a medio mundo. Pero estuvo bien, fue divertida la noche de chicas.
Con cariño,
Celeste Torres
que genia como contas tus cosas
ResponderEliminaryo hago durazno con sidra o anana fizz si señorrrr