Algo que no me gusta de los libros traducidos es que, si no te gusta el traductor, no te gusta el libro.
Yo pensaba que me gustaba un escritor, hasta que, de tres libros leídos, el cuarto se sintió abismalmente impersonal; fue un baldazo de agua fría el contraste de estilos con los libros que ya conocía del autor. En cambio, los libros que comparten mi lengua nativa me permiten vincularme con todo lo que ese escritor tenga para decir.
Creo que, a veces, uno se enamora más del estilo de escritura que de la historia, y que el detalle en la pintura puede superar la fidelidad con que los trazos retratan la realidad.
Pasé por tres libros pedidos en la biblioteca de mi universidad. Uno por semana.
Hay dos motivos por los cuales eso me tiene contenta. Primero, porque leés y devolvés: no acumulás polvo en estanterías de madera ya vencidas por los años, además de que hay muchas opciones muy buenas. Como es una biblioteca universitaria, tiene muchos libros clásicos de los que me gustan a mí, y también de electrónica, física y matemática. Segundo, porque tengo un tiempo limitado antes de tener que devolverlo, y eso me obliga a leerlo.
Veré qué sigo leyendo.
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