Hola amigos. A veces me pregunto si seguirán siendo mis amigos, a la distancia, por supuesto. Quizá el tiempo me convierte en alguien más aburrida y miserable que lo que supe ser en el punto de partida, y a veces siento que ya no sé ser nadie.
Cada día me desconozco más; al mirar mi reflejo, ya no entiendo quién está del otro lado, ni mucho menos comprendo la gran magnitud de cosas que la percepción humana nos admite. No entiendo qué es tocar algo, y quizá por ello ya no sé escribir. No comprendo qué es mirar, y quizá por ello ya no absorbo la información de los libros.
¿Qué más da leer si nada de ello recordaré? No recuerdo ya nada de muchos libros, y le veo el sentido a pocas cosas.
Estuve haciendo poco, o nada, y nada de eso me reconforta ni me entristece.
Hablaba de eso con Celeste, la psicóloga, y me dijo algo sobre bajar la exigencia, cuando me siento vacía de utilidad y proposito. No estoy haciendo nada, ni sirviendo para nada.
Soy una basura equivalente a la mucha gente que he sabido odiar, cuando aún sentía que me quedaba algo de eso.
Ahora solo quiero acallar mis pensamientos con un vaso de vino, y la insonorización de mi monólogo interno en auriculares que ya no saben qué reproducir; que cambian cada segundo su contenido porque ninguno me satisface, pero no puedo quitármelos, porque sino, probablemente, tendría que matarme.
Arrepintiéndome cada segundo de todo lo iniciado en algún momento de ánimo, ya no estimo un futuro ni esforzarme en lo efímero, que tan vasto su legado, que siembra frutos vitamínicos, en mi huerta jamás prospera, porque mi tierra es maldita y para siempre infértil.
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