lunes, 23 de septiembre de 2024

El Forastero Misterioso - Mark Twain

"no me producía efecto alguno. No, mi alma estaba llena de Nicolás; mis pensamientos giraban únicamente a su alrededor, acordándome de los días alegres que habíamos pasado juntos retozando y jugando por los bosques, los campos y el río durante los largos dias veraniegos, y patinando o esquiando durante el invierno, cuando nuestros padres nos creían en la escuela. Y ahora él salía de mi joven vida, y los veranos y los inviernos llegarían y pasarían, y nosotros seguiríamos vagabundeando y jugando como antes, pero su lugar permanecería vacio; ya no lo veríamos nunca más.

Mañana, él no sospecharía nada, sería el mismo de siempre; el oír su risa sería para mí un duro golpe, y el verlo hacer cosas ligeras y frívolas, porque para mí él era ya un cadáver, de manos de cera y ojos sin vida, y yo lo estaría viendo con la cara enmarcada en su mortaja; al siguiente día él no sospecharia nada, ni al otro, y en todo ese tiempo aquel puñado de días que le quedaba pasaría rápidamente, y el terrible suceso se iría acercando y acercando; su destino se iría cerrando cada vez más a su alrededor, y nadie sino Seppi y yo lo sabríamos.

Doce días. Sólo doce días. Era terrible pensar semejante cosa. Me fijé en que ya no lo llamaba en mi pensamiento con los diminutivos familiares, Nick y Nicolasito, sino que lo llamaba de una manera reverente con su nombre y apellido, como cuando se habla de los muertos. De la misma manera, siempre que acudían en tropel a mi pensamiento desde el pasado los recuerdos de los incidentes de nuestra camaradería, me fijaba en que, por lo general, se trataba de casos en que yo le había causado algún daño o alguna lastimadura; esos recuerdos constituían para mí una reprimenda y una censura; mi corazón sentíase retorcido por el remordimiento, lo mismo que nos ocurre cuando nos acordamos de las desatenciones tenidas con amigos que pasaron al otro lado del velo, y que nosotros desearíamos volver a tener a nuestro lado, aunque sólo fuese por un instante, para arrodillarnos ante ellos y decirles: «Compadeceos y perdonad».

...

No, yo no podía dormir. Aquellas pequeñas acciones ruines eran para mí una censura y una tortura, que me producían un dolor mucho más agudo que el que se siente cuando los actos injustos se han cometido con personas que están con vida."

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